Hacia un liberalismo moderno

Enrique de la Madrid

Hace un par de semanas, en el blog de la revista The Economist, leí un extenso y muy interesante artículo sobre la crisis que vive hoy día el liberalismo como doctrina filosófica desde la perspectiva inglesa del Brexit, pero que arroja luz sobre esta crisis ejemplificada con otros sucesos ocurridos en los últimos años, como lo son el triunfo de Trump, la elección del gobierno populista en Italia, el incremento de gobiernos autoritarios en Europa y otras regiones, así como la revuelta catalana.

El liberalismo se puede resumir como la supremacía de la libertad individual acotada únicamente por el derecho y libertad ajenas, y que siempre sospecha de cualquier concentración de poder, sea político o económico.

Sin embargo, estos ideales se han diluido ante la percepción de que los gobiernos parecen cada vez más ajenos a la realidad cotidiana de sus gobernados, lo que ha provocado una crisis generalizada contra los gobiernos de corte liberal.

Ante estos movimientos, el artículo sugiere que el riesgo estaría en presentar oídos sordos ante los “fanáticos” populistas, actitud que, según este texto, agudizó la crisis política en varias regiones del mundo.

Por esto, en el artículo se plantean una serie de soluciones tendientes a darle un enfoque moderno al liberalismo, el que es a juicio de muchos la mejor filosofía de gobierno.

Con relación a la obsesión liberal de imponer a la globalización en todos los ámbitos, la sugerencia de este texto es que se le de más poder de influencia a los gobiernos locales. Si pensamos que los gobiernos locales son el primer contacto ciudadano con el poder político, sería bueno que estos gobernantes tuvieran representación en decisiones que generalmente han sido centralizadas, al final ellos debieran tener una mayor sensibilidad de los problemas cotidianos de la ciudadanía.

De igual forma, estos gobernantes locales podrían ser representantes en organismos internacionales, lo que le daría una mayor voz a los ciudadanos que por lo general se sienten ajenos a las grandes organizaciones internacionales, como lo son el FMI o el Banco Mundial.

Si bien el libre comercio y sus bondades nacen de la filosofía liberal, no debemos olvidar que el liberalismo también defiende el principio de autodeterminación nacional, como fue parte de la política exterior del presidente estadounidense Woodrow Wilson.

En otras palabras, el autor sugiere buscar el balance entre lo local y lo global al retomar el enfoque positivo del nacionalismo, ya que es lo que da identidad a los grupos sociales y brinda también estabilidad.

Vale la pena recordar que en la era de la postguerra, el nacionalismo se asocia con posturas extremas, xenofobia y cerrazón, razón por la cual una corriente de la filosofía liberal rechazaba toda postura nacionalista.

Asimismo, el artículo menciona que el liberalismo debiera dar mayor peso a un sistema menos piramidal. La organización liberal ha tendido en dividir en automático a dos grupos: los administradores y los que obedecen órdenes. En vez de asumir que la sabiduría de una organización proviene de la persona en la punta de la pirámide, pudiéramos empezar a pensar en como aplicar ejemplos como los de la filosofía de Toyota, en donde se forman grupos que se auto administran y a los cuáles se les asignan diversas tareas con cierto grado de responsabilidad, sistema que por mucho ha resultado más eficiente y productivo que el jerárquico, y en donde se han encontrado más y mejores soluciones a los problemas de una organización.Finalmente, lo que más deben hacer los liberales es retomar sus principios de apertura para construir un debate constructivo con sus contrarios, sean estos populistas o marxistas. Es sólo a través de este debate como se puede nutrir aún más el liberalismo para que adopte una faceta más moderna y funcional. 

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