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Históricamente, México ha sido considerado como país destino de grupos que fueron obligados a emigrar de sus países. Gracias a una política de apertura a la inmigración, desde el siglo XIX y hasta la fecha, nuestra nación ha recibido a miles de personas de todo el mundo que, por diferentes causas, dejaron sus hogares.
En el contexto actual, en el que la fortaleza de las democracias está a prueba debido, en buena medida, a que grandes grupos sociales se mantienen críticos frente a los beneficios de la globalización y en el que los nacionalismos se exaltan, cobran fuerza aquellos que ven con recelo compartir el mundo con otros que aparentemente son distintos.
La llegada a México de miles de hondureños con rumbo a Estados Unidos, que marchan hacia el país vecino en busca de una mejor calidad de vida, revela los claroscuros que conviven en el imaginario colectivo. Por un lado, existe empatía hacia los migrantes hondureños y la condición que viven; por otro, los mexicanos han manifestado claramente sus prejuicios en contra de los migrantes indocumentados provenientes de Centroamérica.
De acuerdo con una encuesta realizada por EL UNIVERSAL con el fin de conocer la percepción sobre la caravana de migrantes hondureños que llegó al país, aunque casi la mitad está de acuerdo en que las autoridades les permitan el paso y se les dé refugio, más de 60% percibe negativamente un hipotético arribo de migrantes indocumentados de Centroamérica a su comunidad.
El tema polariza las posiciones entre los mexicanos. Mientras casi la mitad está de acuerdo en permitirles el paso a México y que reciban refugio, casi cuatro de cada diez se manifiestan en contra. En tanto, casi 50% está de acuerdo con las medidas tomadas por el gobierno mexicano, que impidió el paso a migrantes que intentan ingresar sin documentos y una proporción similar está en contra.
Una parte de los mexicanos aborrece a los centroamericanos del mismo modo que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sus simpatizantes lo han hecho con nuestros compatriotas. En el país del norte, estas cuestiones han acarreado división entre quienes rechazan y quienes aceptan a los migrantes, además de que evidentemente se han multiplicado los casos de racismo y discriminación contra la población latina que ahí habita. ¿Vive nuestra nación una situación similar?
Todo lo anterior muestra que queda un largo camino por recorrer para que en México se arraiguen la tolerancia y el respeto al recién llegado, a pesar de los avances logrados en materia de derechos humanos y en el combate a la discriminación. La autoridad podría ser la primera en mostrar más empatía hacia los migrantes. Al final, el nuestro es un país construido también por quienes han llegado de fuera.
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