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Sergio González Rodríguez contaba en España con premios y buena acogida crítica pero, sobre todo, con el reconocimiento de autores y amantes de la literatura.
El escritor español Jorge Carrión resalta su aportación a las letras en castellano. Carrión, un estudioso de la crónica periodística que en 2012 editó la compilación Mejor que ficción. Crónicas ejemplares (Anagrama), considera que con la muerte de González “se ha perdido a un gran cronista que aún tenía por delante libros que escribir”. Destaca de su obra “el rigor en el trabajo de campo y el giro que había dado al ensayo-crónica”. Carrión abunda: “A partir de El hombre sin cabeza, González mezcla crónica, ensayo y autobiografía; ese, intuyo,era su proyecto de futuro”.
La influencia que tuvieron los trabajos de campo de González en la escritura de 2666 de Roberto Bolaño es uno de los puntos que destacó la prensa cultural española. Autores consultados reconocen esa impronta que la obra de González dejó en otros, y la evolución de su trabajo periodístico hacia un ensayo cultural más complejo, atento a las diversidad de componentes de la violencia. Esta investigación lo llevó a incorporar en sus últimas obras elementos de geopolítica. Es el caso de Campo de guerra, galardonado en 2014 con el premio Anagrama de Ensayo por su reflexión sobre cómo Estados Unidos aprovecha la corrupción en México. Jorge Herralde, editor en España de González, lo calificó entonces como “un periodista de enorme prestigio en México y América Latina. Un reportero valiente”.
Juan Pablo Villalobos, escritor mexicano residente en Barcelona y último ganador del premio Herralde con la novela No voy a pedirle a nadie que me crea, comparte con González la preocupación por la violencia. A González lo recuerda como “un ensayista agudo y atento a lo que sucedía en México”. Agrega que “puso temas sobre la mesa que desde entonces son discusiones fundamentales. En esta etapa en la que vivimos, lo echaremos de menos”.
Villalobos opina que “los libros de González son una demostración de que el análisis profundo no tiene que estar reñido con lo ameno. Tomó decisiones arriesgadas, como la posición que le da al yo y a sus reflexiones sobre la cultura popular en su último relato sobre Ayotzinapa, pero eso requiere un valor, porque a menudo esos análisis parece que no los ha escrito nadie, y él daba el paso de ponerles ese punto personal”.
En su etapa como directora de los suplementos literarios de ABC y El País, María Luisa Blanco fue una de las primeras impulsoras de González. “Perdimos a un gran intelectual y persona”, dice apenada: “Pudo haber tenido una vida literaria más cómoda, pero dedicó su obra a la investigación y la denuncia, asumiendo riesgos físicos e intelectuales”.
La relación personal entre los dos se prolongó durante 20 años. “Nos conocimos en México y guardamos el contacto. Lo invité dos veces al festival literario internacional de Bilbao Gutun Zuria y conmovió a la audiencia”, dice Blanco. “Aposté literariamente por él porque hay mucho lirismo en su denuncia, en cómo logró metabolizar esa violencia, ser objetivo y verbalizarla”.
Para Blanco, González aceptó con valentía el sacrificio de apartarse de otros caminos culturales que le interesaban. “Lo hizo a cambio de construir un instrumento eficaz contra la violencia y la corrupción. Su trabajo tuvo un componente de renuncia, porque entendió que a veces uno tiene que despojarse de ropaje verbal para funcionar como revulsivo y ser directo”.
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