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Morir en el siglo XXI: dos caras

21/04/2019
02:36
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Si se tiene la curiosidad de enterarse sobre las principales causas de muerte en el mundo, es menester acudir a los datos proporcionados por la Organización Mundial de la Salud. En 2016 fenecieron 56 millones de personas. Las diez principales causas de muerte ese año fueron, Isquemia del corazón*, infartos*, enfermedad pulmonar obstructiva (tabaquismo), infecciones de vías respiratorias, Alzheimer y similares, cáncer de pulmón, diabetes mellitus*, accidentes de tráfico, diarreas**, tuberculosis**.

Las marcadas con un asterisco se vinculan con malos hábitos alimenticios; las señaladas con dos asteriscos son más frecuentes en clases pobres: déficits proteicos en tuberculosis y falta de higiene o mala calidad de los alimentos en diarreas. Ni en esta gráfica, ni en la dedicada a las diez principales causas de muerte en los países de ingreso bajo en 2016 figura el rubro hambre.

¿Hay sesgo en la OMS? En países ricos es fácil efectuar estadísticas; en países pobres es difícil; los habitantes de los primeros importan, son objeto de estudio, consumidores de fármacos y usuarios de tecnología, en suma compran medicinas, gastan. Figuran en las listas de seres humanos. Quienes habitan en naciones pobres son transparentes: aparecen cuando epidemias o huracanes los dotan de rostros y nacionalidad. Figuran poco en las listas.

Fallecer por muertes evitables, intitulé mi último artículo. El texto hacía alusión a las dramáticas condiciones de vida de cientos de millones de personas pobres que fenecen a destiempo por ser víctimas de la coexistencia de subalimentación y sobrepeso.

En abril 2019, Christopher Murray y un equipo de 130 científicos afincados en 38 países, publicaron un extenso artículo en The Lancet, revista médica británica cuya virtud es mezclar ciencia, cultura, historia y literatura médica y problemas sociales. El artículo estudia los efectos sobre la salud a partir de dietas inadecuadas. Las conclusiones invitan: comer mal acaba con la vida de 11 millones de personas al año, la quinta parte de los 57 millones de defunciones anuales. La cifra supera a otras causas de muerte: cáncer (8.2 millones), tabaco (7 millones), infartos (5.5 millones).

El estudio, extenso, riguroso, multidisciplinario, con expertos en diversas áreas, diseca las razones por las cuales fallecen quienes ingieren dietas inadecuadas, ricas en grasas y en sal, carnes rojas y procesadas, bebidas azucaradas y pobres en granos integrales, verduras, nueces y semillas. Las evidencias científicas son contundentes, tan contundentes como la sabiduría popular: comer en exceso grasas acelera la muerte. A pesar de la cientificidad impecable del estudio, sus conclusiones y omisiones obligan a cuestionar.

El documento destaca “la necesidad de intervenciones integrales para promover la producción, distribución y consumo de alimentos saludables en todo el mundo”, afirmación veraz, imposible de cumplir: la miseria es sorda. Los estudios occidentales —el autor, Christopher Murray, es director del Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington—, sugieren ideas correctas. ¿Es posible implementarlas? En un mundo desbocado —robo el título del libro de Anthony Giddens—, no es factible materializar las ideas de Murray. Los hallazgos del artículo chocan contra la realidad: la pobreza no lee artículos científicos.

Omisión crítica es la ausencia de datos sobre las muertes por hambre. Si bien el texto estudia los efectos sobre la salud a partir de dietas inadecuadas, comer mal, no comer, o no ingerir suficientes proteínas y minerales forman parte del mismo universo: precaria es la salud cuando precaria o mala es la alimentación. Ejemplos sobran. Alrededor de 24,000 personas mueren cada día de hambre, esto es, 8.6 millones al año, cifra cercana a los 11 millones de muertes por dietas ricas en grasas y en sal; diez por ciento de los niños en los países en desarrollo mueren antes de cumplir cinco años e, inter alia, ochocientos millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición -11% de la población mundial-.

Algunas paradojas y realidades para alimentar la discusión. De acuerdo a los expertos es posible producir comida para 12.000 millones de personas. De los 7.500 millones de habitantes en el mundo, 1.000 millones padecen hambre, entonces, ¿qué sucede?: mejor tirar comida que abaratarla. Sostienen los estudiosos que la educación es el mejor antídoto para combatir el hambre. Fácil escribirlo: ¿y quién educará a los pobres?, ¿quién proporcionará el dinero? México y sus políticos rapaces como muestra del fracaso de la educación.

Hay quienes mueren por comer mal y en exceso, otros por falta de alimentos, muchos por ser inonimados. Entre unos y otros, políticas inadecuadas y políticos ladrones.

 


Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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