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Las morgues como México

14/10/2018
04:38
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En la mayoría de las culturas, enterrar o disponer de los muertos es crucial. Cremar, sepultar, dispersar las cenizas en mares o desiertos, o permitir que los buitres ingieran los restos son algunas de las costumbres cuyo fin es despedirse del ser querido. El acto permite finalizar y decir adiós. Sin el cadáver, cerrar el ciclo vida-muerte es imposible. La palabra desaparecido es una necesaria y desastrosa invención para denotar que el vivo no está muerto pero tampoco está vivo. sepultar, para quienes buscan a los suyos, es un término indigerible y vivencia cotidiana, dolorosa, sin fin.

El sufrimiento de quienes aguardan a su desaparecido nunca termina. Sin el cadáver, el ciclo nacer-morir no se cierra y el duelo ni empieza ni finaliza. Sin el muerto, la esperanza pervive. Sin la tumba, el dolor no cesa. México 2018 es un país de desaparecidos. Entre las naciones “con paz”, “sin guerras”, tenemos la triste distinción de ser el primer lugar en el número de desaparecidos. De acuerdo con el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, al 30 de abril de 2018 había un total de 37 mil 435 personas registradas como no localizadas.

En México dudar de las cifras es obligatorio: la desconfianza in crescendo e infinita de la población hacia el gobierno orilla a la ciudadanía a no reportar. Hacerlo no sólo no sirve, humilla, incomoda, consume tiempo-vida e incluso puede ser peligroso. ¿Cuántos desaparecidos han sido localizados por sus familiares? Desconozco la cifra, pero, sin duda, deben ser muy pocos. La pregunta no es banal: si el gobierno hubiese contribuido a localizar a la mayoría de los desaparecidos, su culpabilidad, como corresponsable o actor principal en muchos casos afloraría y sería motivo de “denuncias objetivas”.

Pocas personas o instancias tienen agallas y se autoculpan. Nuestros gobiernos (casi) nunca aceptan sus pifias y su irresponsabilidad. Mea culpa no es término de la política mexicana. De ahí las muy escasas dimisiones de políticos en activo así como el nimio número de políticos impunes y corruptos en la cárcel.

Las morgues no deberían representar a ninguna nación. En México, nuestras morgues lo hacen. El affaire Guadalajara, por tratarse de la segunda ciudad de la nación, es la punta del iceberg de un problema generalizado. Tras los escándalos de los tráileres que transportaban cadáveres por las calles de la ciudad, la información procedente de la capital tapatía continúa abonando desesperanza e incredulidad. Ya no se trata ni de surrealismo ni de nuestra aproximación al mundo kafkiano. Se trata de la realidad mexicana, la del sexenio que fenece y la de los previos, la de las herencias pasadas y presentes del PRI/PAN/PRD. En el México contemporáneo Kafka y Breton no tendrían respiro.

En las cámaras frigoríficas de la morgue y en los tráileres utilizados para almacenar cadáveres hay 444 cuerpos en espera de ser identificados. Muchos llevan ahí más de tres años. Todos pertenecen al grupo desaparecidos mexicanos. La inoperancia de la morgue tapatía se hizo manifiesta tras el escándalo de los tráileres. El 14 de septiembre la prensa dio cuenta de un tráiler repleto de cadáveres circulando por la ciudad. El hedor llamó primero la atención de la ciudadanía y después del gobierno estatal. El orden de los factores sí altera el resultado: el gobierno debería ser el encargado de evitar y prevenir sucesos como el descrito.

Las morgues nos resumen. Sus pasillos y salas de espera suman un mundo sólo conocido por quienes empeñan su vida en busca de su otra vida: la de hijas, padres, esposas y seres amados cuyo final no es, como sucede con los desaparecidos, ni la vida ni la muerte. Sin el muerto, la vida de los vivos deviene dolor: pesadilla y esperanza al unísono. Destapar un cadáver y después otro en busca del rostro imprescindible devasta la vida.

En las morgues y en los tráileres utilizados como cementerios rodantes, los muertos representan la inoperancia de un Estado fallido. Para quienes acuden a las morgues, mexicanos hundidos por la injusticia de nuestras autoridades, y tienen la “suerte” de encontrar a su desaparecido, el dolor nunca finaliza. Tras la sepultura empieza una nueva tortura: ¿cuándo falleció?, ¿cómo fue su final?, ¿tardó en morir?, ¿quién lo mató? Preguntas humanas en busca de respuestas humanas. Preguntas cuyas respuestas deben ser provistas por el gobierno mexicano. Preguntas que inquietan: ¿por qué Peña Nieto crea un sistema de búsqueda de desaparecidos a dos meses de dejar su cargo y no hace 70 meses?

 

Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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