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Inteligencia artificial

22/07/2018
02:14
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La ficción literaria siempre ha sido buen resguardo. Se accede a ella por placer o por necesidad. Hay quienes lo hacen por ambas razones —yo soy uno de ellos—: La realidad requiere dosis de ficción para aminorar su peso. Abunda la literatura al respecto. Leerla abraza y pregunta, ¿la ficción siempre será ficción?

Entre otros, Julio Verne —La vuelta al mundo en ochenta días—, Mary Shelley —Frankenstein—, Aldous Huxley —Un mundo feliz—, plantearon, desde la ficción, mundos y entes diversos. Sus ideas, citadas y vueltas a citar, dan cuenta, a partir de la ficción, de algunas ambiciones y deseos humanos. La ficción permite todo: ingenio y papel son ilimitados. La realidad no permite todo, pero permite demasiado. Ver el mundo es suficiente. La lucha entre conocimiento útil e inútil, entre tecnologías provechosas y destructivas, retrata algunas caras de la realidad. Ver el mundo es, agrego, casi suficiente: Vivirlo es crucial. Para quienes tienen resueltas las necesidades mínimas, responsabilizarse por el presente y el futuro debería ser obligatorio.

Desde tiempos inmemoriales sobran advertencias acerca de lo permisible o no permisible. La Primera epístola a los corintios —año 55 después de Cristo—, capítulo diez, versículo veintitrés, dice…: “Todo es lícito, pero no todo es conveniente. Todo está permitido, pero no todo hace bien”. La carta escrita por Pablo de Tarso sigue vigente: es uno de los dilemas de la ética contemporánea. Los eticistas, preocupados por la salud de la Tierra y del ser humano, suelen compartir la siguiente ecuación: El conocimiento puede ser infinito, sin embargo, sostienen, investigar sin preguntar la validez de los estudios no siempre es adecuado y muchas veces no es útil. Preguntar es imprescindible: ¿es lícito y adecuado investigar sin preguntarse si tiene o no sentido hacerlo? Han pasado casi dos mil años desde que Pablo de Tarso publicó su epístola; su inquietud, tal y como la expresan los eticistas contemporáneos, sigue viva.

La inteligencia artificial —IA— ha rebasado el mundo de la ficción. Es una realidad, bienvenida para algunos, inquietante para otros. Quienes la aprecian consideran que sus beneficios son mayores que sus posibles perjuicios. Distinguen: las máquinas automáticas nada tienen que ver con la IA. Las primeras hacen su labor sin cuestionar: cobran en estacionamientos, en bancos y en calles. Siguen reglas estrictas. La IA va más allá: es una forma de “automatización avanzada”; a diferencia de las máquinas, la IA tiene la posibilidad de modificar y generar respuestas eficaces. Por ejemplo, qué camino escoger para viajar de una ciudad a otra dependiendo de factores mensurables por la IA, i.e., hora de salida, mantenimiento de las vías automovilísticas, accidentes, etcétera. La IA se utiliza en un sinnúmero de actividades: proveer información médica, interpretación de radiografías por medio de computadoras, robots para “trabajos “peligrosos” en industria pesada, robots diseñados para cumplir oficios repetitivos, asistencia automatizada vía telefónica, seguridad nacional, reconocimiento de habla y gestos, computación, etcétera. Los expertos en IA aseguran, para tranquilidad de sus detractores, que las máquinas nunca llegarán a tener sentido común, y, por ende, no podrán competir con la inteligencia natural.

Quienes la miran con recelo aseguran que al igual que otras formas de tecnología, su mal uso puede ser nocivo, peligroso e intrusivo. Dentro de muchas advertencias, comparto tres. La violación de la privacidad a partir de la IA es quizás la más difundida afrenta: el control de la ciudadanía es una de sus metas principales. Segunda. Sustituir al ser humano por medio de máquinas atenta contra el ser humano, incrementa el número de desempleados, genera más ganancias a empleadores y más desigualdad. Tercera. Las siguientes cuestiones inquietan y preguntan: ¿Cómo será el ser humano cuando los y las robots sexuales sean asequibles?, ¿desaparecerá o mermará el contacto entre seres humanos y se modificarán aún más los principios éticos mínimos?

En una entrevista reciente se el preguntó a Antonio Damasio, neurólogo de prestigio internacional, profesor de la Universidad del Sur de California, su opinión acerca de la IA y la posibilidad de volcar nuestra mente en un ordenador: “Los ingenieros están convencidos que el sustrato no cuenta. Y eso es un gran error porque no prestan atención a los sentimientos. La IA opera en el mundo del intelecto. En un mundo muy preciso. Pero nosotros somos mucho más blandos, operamos en un mundo vulnerable… en Silicon Valley… piensan que todo el mundo es un código… un ordenador no tiene enfermedades… nosotros estamos hechos de un material muy vulnerable”.

La IA no es ficción. En el ya avanzado siglo XXI, empalmar IA y ética, y leer o releer a Pablo de Tarso es imprescindible.

 

Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).