La caravana de más de 7 mil migrantes centroamericanos que está pasando por el sur de México ha acaparado la atención no sólo de mexicanos, centroamericanos y estadounidenses, sino de personas de todo el mundo. Para muchos hay una simpatía natural y justificable con miles de personas que están arriesgando sus vidas para buscar un mejor futuro para sus familias y, en algunos casos, escapar de una violencia persistente e incontrolable en sus comunidades de origen. Para otros, la caravana es un símbolo de la impotencia de los Estados para controlar sus fronteras y un desafío al orden regular de tránsito entre países.

Sin duda estas dos visiones, tan contradictorias, son ambas ciertas. La caravana es el resultado de una crisis humanitaria en Centroamérica pero también de la falta de políticas bien pensadas y sensatas en temas migratorios y fronterizos. No hay una solución fácil. Se tendrá que tener una combinación de políticas de desarrollo, de protección humanitaria a los que huyen de la violencia y de capacidad en los sistemas migratorios.

La propuesta del presidente electo Andrés Manuel López Obrador de invertir en los lugares más pobres del sureste mexicano y de Centroamérica es un buen inicio a un dialogo necesario. Se puede construir sobre los esfuerzos ya existentes de la Alianza para la Prosperidad, convocada por los gobiernos de México y Estados Unidos para invertir en Centroamérica, pero hay que ir más allá en ayudar a los países vecinos a construir las instituciones de procuración de justicia y defensa de los derechos humanos e invertir en la agricultura y en esfuerzos productivos que dan esperanza a la población que de otra forma quiere migrar. Las similitudes con la realidad de los estados del sureste mexicano no son pocas, así que se vale considerar cómo hacer frente a los dos al mismo tiempo.

Pero en el corto plazo, también se necesitará ver qué hacer con los migrantes que salen, a veces en grupos pequeños, a veces en grupos grandes como la caravana actual. Ahí uno de los primeros pasos es invertir en el sistema de asilo en México y Estados Unidos, sistemas que ya están sobrecargados y volviéndose ineficientes frente a la necesidad de miles de centroamericanos huyéndose de la violencia en sus países. En México, ACNUR, la asociación de Naciones Unidas para Refugiados, ha jugado un papel clave en aportar asesoría y está dispuesta a hacer mucho más, pero también se necesitarán de recursos para tener suficientes oficiales para atender los miles de casos de asilo que ahora llegan cada año.

Además es posible considerar algunos tipos de cooperación entre México y Estados Unidos en tema de asilo, en que México asume un mayor ritmo de aplicaciones de asilo, pero el gobierno de Estados Unidos acepta llevar a algunos de los asilados a Estados Unidos como refugiados, para así compartir la carga. Las ideas creativas para la cooperación abundan, pero quizás la situación política en Estados Unidos dificulta realizarlos en estos momentos.

Finalmente, no hay duda de que hay que tener políticas de control de quienes entran el país, algo que gran número de mexicanos quisiera ver según la encuesta de EL UNIVERSAL.

La respuesta no radica en la mano dura para prevenir la entrada a los migrantes a golpes, sino en modernizar al Instituto Nacional de Migración, para que pueda ejercer controles con apego a las leyes nacionales e internacionales y con respeto para los derechos humanos, al mismo tiempo que se usan nuevas tecnologías y procesos de manejo de riesgo para tener mayor capacidad para identificar a quien entra al país. A final de cuentas, los países soberanos necesitan saber quien entra y sale, si bien les beneficia crear formas legales para esto para mucho más gente para que no intentan dar la vuelta a los controles.

Dudo mucho que esta sea la última caravana de migrantes que busca entrar a México, cruzar por el país y llegar a la frontera con Estados Unidos. Es la cara más visible de un movimiento de personas desesperadas de los vecinos países que ha existido en los últimos años y probablemente se agrave la situación antes de mejorarse. No hay soluciones únicas o fáciles, pero una combinación de inversiones en el desarrollo, protección a los que huyen de la violencia, acceso al trabajo legal para algunos y control fronterizo será necesario para frenar esta ola migratoria a largo plazo mientras se atiende humanamente a sus causas y consecuencias en el corto plazo.

Presidente del Instituto de Políticas Migratorias

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