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Carta a un juez

31/01/2018
02:15
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El clima de inseguridad en nuestro país ha generado una percepción en muchos mexicanos de que nuestro sistema legal está rebasado por la delincuencia y que no existe respeto y cumplimiento de la Ley, de acuerdo con los resultados de la Segunda y Tercera Encuesta Nacional de Cultura Constitucional: Legalidad, legitimidad de las instituciones y rediseño del Estado, realizada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. La mayoría de los entrevistados consideraron que el problema de la impartición de justicia se debe a la corrupción, jueces incompetentes, leyes deficientes, tráfico de influencias, nepotismo y tramites largos y complicados; lo peor es “encarcelar al inocente”, mientras que el resto consideró que es “dejar libre a un culpable”. No debemos olvidar, que el mejor juez no es ni el que condena ni el que absuelve al mayor número de reos, sino el que absuelve al inocente y condena al culpable.

Los poderes judiciales locales y el federal han hecho importantes esfuerzos para cambiar dicha impresión, entre otros, la implementación del Nuevo Sistema de Justicia Penal, la transformación de la interpretación de la Constitución y las leyes en relación a los derechos humanos y el cumplimiento de las nuevas exigencias en materia de trasparencia y acceso a la información; sin embargo, la percepción del ciudadano no ha mejorado.

Rodolfo Luis Vigo sostiene que en el actual siglo claramente se visualiza que el Poder Judicial está llamado a cumplir funciones definitorias. Los problemas políticos, económicos y sociales cada vez se judicializan más y la sociedad ha tomado conciencia que es en los tribunales donde finalmente se dilucidarán sus derechos y deberes. Pero debemos comprender que el juez como ciudadano no sólo ha sido dotado del imperio jurídico por el Estado para dirimir una controversia a través de una sentencia, con fuerza vinculativa legal para las partes en un conflicto; está llamado a ser, como escribió Piero Calamandrei, sencillo y humilde en su trabajo, el juez es el Derecho hecho hombre, ya que sólo de este nombre se puede esperar en la vida cotidiana la tutela que en abstracto promete la ley; sólo si ese hombre sabe pronunciar a nuestro favor la palabra justicia, podremos comprender que el Derecho no es una sombra vana. Aristóteles señaló “Ir al juez es ir a la justicia; porque el juez nos representa la justicia viva y personificada”. El ministro Juan Díaz Romero dijo que lo menos que un juez debe hacer es decidir con prudencia e imparcialidad, lo que implica que sin imponer cargas inhumanas a los subalternos, el juez debe dedicarse al trabajo de manera sostenida y apasionada.

Antes de 1980 el sueldo de los jueces no era suficiente, quienes se mantenían en el puesto lo hacían por vocación, el ser juez no era una profesión, era una forma de vida, orgullosamente hay jueces que después de impartir justicia por más de 40 años lo siguen haciendo con pasión, dedicación, se siguen preparando, más aún, enseñando a las nuevas generaciones, tratando de inculcar los mismos valores, honestidad, imparcialidad, tomando en cuenta que no se trata de resolver miles de expedientes al año para justificar el sueldo, cada caso es de la mayor relevancia para los seres humanos que reclaman justicia, esta alta responsabilidad implica desvelos, muchas horas de trabajo, a veces tienen que dejar de ver a su propia familia, o fracasan en su matrimonio, pero nada de esto se les reconoce, los jueces no son considerados héroes, a pesar de que algunos han perdido la vida en ejercicio de su función o la han dejado en los tribunales impartiendo justicia hasta su último aliento.

El reto es recuperar la confianza en el sistema de justicia, sólo los jueces con vocación serán capaces de sostener las instituciones de justicia, a todos ellos, los de excelencia, profesionalismo, la patria los necesita, escuchen los sabios consejos que el ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha, daba a Sancho hace ya varios siglos, pero que siguen vigentes en la actualidad: “Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre…. Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros”.

 

Consejero de la Judicatura Federal

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