En los cines de nuestro país, lleva varias semanas exhibiéndose el último éxito de Disney, Toy Story 5, cuya primera parte fue presentada hace 35 años y sigue dando de qué hablar. Pareciera que es una película dirigida a las niñas y niños, pero tiene un gran mensaje para el público adulto en esta era tecnológica donde las “máquinas” han cobrado gran influencia en todos los seres humanos: niños, niñas, padres, madres y abuelos.
En la película, los pequeños dejan de lado a sus juguetes, aquellos que cobran vida cuando no los ven los humanos —como Jessie, Woody y Buzz Ligthyear—, y en su lugar utilizan tabletas y teléfonos celulares. La era de los juguetes ha terminado, lamenta Jessie, la vaquerita.
En efecto, hoy los infantes han dejado de jugar y con ello de socializar, aunque estén juntos, están aislados, cada uno en su dispositivo. La imaginación ha pasado a un segundo plano y la suplanta una serie de contenidos, principalmente en formato de video, para ser consumidos al infinito y más allá, y en este caso, justo me refiero al scrolling, esa función de las redes sociales de mostrar imágenes sin fin.
En marzo pasado, en este espacio referí el fallo de la justicia de California en contra de Google y Meta, por su negligencia y por inducir a la adicción en la infancia, de acuerdo con la sentencia. Son múltiples los juicios que hay en torno a las redes sociales y en el fondo, por supuesto, a las tecnológicas que las gestionan con prioridad en un criterio comercial.
El inagotable menú de imágenes que niñas, niños y adolescentes encuentran, los coloca en riesgos claros de anticipar etapas de su vida y mirar contenidos que no son para su edad, desde pornografía, mensajes de odio, contra la defensa de género y otros igualmente violentos.
Toy Story 5 alerta precisamente sobre ese tema: el rápido crecimiento de los niños por el uso de los dispositivos. Y no estoy anticipando el desenlace de la película, en absoluto, sino motivando a mirarla con nuevos ojos para identificar todos los mensajes que ahí están.
En realidad desde hace mucho está definida nuestra relación con la tecnología. Javier Serrano Martínez en su libro Un mundo robot, indica que el cambio de paradigma se sitúa solo en que las máquinas acaben conociendo dónde se encuentra la producción de todos los bienes que utilizamos, para producir sin descanso bajo la dirección y orquesta de capaces algoritmos.
Así hoy los pequeños y los mayores estamos determinados por los algoritmos que nos proveen de contenidos, y de manera consciente o no, nos generan una dosis de adicción a la tecnología y a la Inteligencia Artificial.
Vale la pena mencionar a José Ignacio Latorre en el libro, Ética para máquinas, quien nos hace reflexionar: los primeros autos causaron sensación, los aviones fascinaban a todo el mundo. En cambio, los ordenadores que ejecutan complejos algoritmos nos atemorizan porque parece que pueden decidir por sí mismas y someternos a su voluntad.
En el fondo, lo que está en juego es la esencia de nuestra naturaleza. No por nada la presidenta Claudia Sheinbaum anunció un debate nacional —abierto a todos los sectores— sobre las posibilidades de regulación de las redes sociales y la Inteligencia Artificial, con el propósito de elaborar una propuesta que proteja niñas, niños y adolescentes sin incurrir en censura.
Adelantó que el gobierno presentará encuestas sobre la opinión de madres y padres de familia respecto al uso por parte de niñas, niños y adolescentes, en el entorno escolar. Se trata de impedir que menores tengan fácil acceso a contenidos que afectan su desarrollo.
Así, la era tecnológica ha cambiado la infancia de los niños de hoy. El mensaje de la Toy Story 5 es oportuno, toda vez que los dispositivos están borrando la imaginación en la niñez, y no solo vayan a nulificar una parte de nuestra vida, sino lo hagan con toda nuestra existencia.
Abogado y activista, maestro en Ciencias Penales. Autor del libro “El ciudadano digital. Fake news y posverdad en la era de internet”. @UlrichRichterM

