En estos días andamos de fiestas patrias porque México conquistó su independencia hace más de dos siglos. Pero en 2026, la verdadera cuestión se centra en ver si tenemos o no, el poder suficiente para ejercerla.

Las palabras independencia, soberanía y patria resuenan el 15 de septiembre, mientras se agita la bandera, se toca la campana, y nos sentimos victoriosos dentro de la ilusión óptica, que generan los ecos del Siglo XIX. Pero se nos olvida, que en el Siglo XXI ninguna potencia extranjera necesita desembarcar en Veracruz, para limitar la capacidad de decisión del Estado mexicano.

Porque hoy la soberanía se disputa en las cadenas de suministro, en las fronteras, en los mercados, en la inteligencia y, sobre todo, en quién tiene la capacidad efectiva de controlar el territorio, y ahí el sentido de nuestras fiestas patrias se vuelve más interesante. Porque enfrentamos esa disputa en dos frentes.

El primero tiene que ver con Estados Unidos, el segundo con el crimen organizado, y el verdadero problema comienza cuando ambos se encuentran.

En lo que respecta a EU, el problema se centra en nuestra asimetría. En julio, 85.7% de las exportaciones mexicanas tuvieron como destino ese mercado, y de acuerdo con Bloomberg, al revisar el acumulado del periodo enero-julio, las exportaciones mexicanas hacia la economía estadounidense totalizaron una cifra récord de 358 mil 700 mdd, lo que significó un aumento del 16 por ciento respecto al mismo ciclo del año previo. Nuestra dependencia económica es evidente. Pero también lo es el hecho de que buena parte de la industria estadounidense, depende de cadenas de producción que cruzan diariamente la frontera mexicana.

Por eso defender la independencia mexicana no puede significar alejarnos de Estados Unidos -aunque el nacionalismo nos diga lo contrario-. Porque tanto la geografía como la economía, lo hacen imposible. Entonces, nuestra estrategia, tiene que centrarse en convertir esa geografía en poder, produciendo semiconductores, automóviles, energía, infraestructura, manufactura y cadenas de suministro, que conviertan a México en un país demasiado importante como para ser tratado simplemente como un subordinado.

Pero aquí entra en la ecuación, el segundo frente en el que se disputa nuestra independencia, y las cosas se complican. Porque un Estado no puede decir que ejerce plenamente su soberanía, cuando organizaciones criminales pueden disputar territorios, economías y rutas estratégicas. En Sinaloa, por ejemplo, el gobierno mantiene desplegados más de 16,000 elementos federales para recuperar presencia territorial frente a organizaciones criminales, y más allá de que la paz para sus habitantes aún parece muy lejana, aquí la política interna se convierte en geopolítica.

Porque cada espacio que el Estado mexicano no consigue controlar, amplía la capacidad de Washington para argumentar, que lo que ocurre dentro de México amenaza su propia seguridad nacional. De ahí la operación conjunta que se llevó en estos días en Tijuana contra los drones utilizados por organizaciones criminales para vigilar autoridades y facilitar el tráfico de personas y drogas, en la que ambos ejércitos actuaron simultáneamente, pero cada uno de su lado de la frontera.

Esa es la línea invisible que contiene buena parte del dilema mexicano de 2026: necesitamos capacidades estadounidenses para enfrentar amenazas compartidas, pero necesitamos suficiente capacidad propia para decidir hasta dónde llega esa cooperación.

Porque la independencia ya no consiste solamente en impedir que otros entren. Consiste en controlar nuestro territorio, reducir nuestras vulnerabilidades y transformar nuestra geografía en poder de negociación.

Internacionalista

TEMAS RELACIONADOS