Luis Montaño Hirose

Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

Hace más de medio siglo, el filósofo francés Georges Gusdorf publicó un libro cuyo título vuelve hoy a interpelarnos: ¿Para qué los profesores? Durante mucho tiempo la respuesta parecía evidente: enseñan, investigan, forman nuevas generaciones y preservan el patrimonio cultural. Todo ello sigue siendo cierto. Sin embargo, en una época en la que la inteligencia artificial realiza muchas tareas asociadas con el acceso y la organización del conocimiento, conviene preguntarnos qué dimensión del trabajo académico continúa siendo específicamente humana.

Paradójicamente, cuanto más capaces son las máquinas de ofrecer información, más evidente resulta que la misión del profesor nunca ha consistido sólo en transmitir conocimientos. Una universidad puede ofrecer los mismos planes de estudio, bibliotecas y oportunidades a todos sus estudiantes; aun así, no todos concluyen imaginando el mismo futuro. Algunos descubren posibilidades inéditas; otros obtienen su título sin modificar el horizonte desde el cual piensan su vida. ¿Qué explica esa diferencia? La respuesta no reside únicamente en los conocimientos adquiridos, sino en los futuros que cada estudiante aprende a considerar posibles.

Cuando hablamos de desigualdad en la educación superior solemos pensar en el origen social, las becas o el acceso a la tecnología. Son factores decisivos, pero existe otra desigualdad menos visible: la de los futuros imaginables. No imaginamos cualquier destino, sino aquellos que nuestra historia familiar, la escuela y las experiencias acumuladas nos han enseñado a reconocer como posibles. Como señaló Pierre Bourdieu, la escuela nunca recibe estudiantes iguales; podríamos añadir que tampoco produce necesariamente los mismos horizontes para todos.

Ese horizonte no depende únicamente de las aspiraciones de los estudiantes. Las universidades no son sólo espacios donde se transmite conocimiento; también producen expectativas, vínculos y experiencias que configuran aquello que los estudiantes llegan a imaginar como posible. Los futuros imaginables constituyen así una construcción organizacional, resultado del encuentro entre trayectorias personales y condiciones institucionales.

La universidad pública ha realizado un esfuerzo extraordinario para democratizar el acceso a la educación superior. Sin embargo, ampliar el acceso no garantiza democratizar plenamente las expectativas. Las oportunidades existen, pero no todos logran reconocerlas como caminos abiertos para su propia vida.

Aquí aparece una función profunda del profesor. Más que transmitir conocimientos, actúa como mediador entre las posibilidades que ofrece la universidad y aquellas que el estudiante alcanza a reconocer como propias. A veces basta una conversación después de clase, una invitación a colaborar en un proyecto, solicitar una beca o la pregunta: “¿Has pensado en estudiar un posgrado?” para modificar una trayectoria de vida.

No basta con tener buenos profesores; también es necesario construir organizaciones que hagan posible esa labor. Requiere universidades que valoren el acompañamiento académico, favorezcan la colaboración y reconozcan institucionalmente esta dimensión formativa. Cuando predominan únicamente los indicadores cuantitativos de productividad, esa función tiende a debilitarse. Las universidades amplían horizontes cuando favorecen el encuentro y el aprendizaje compartido; también pueden restringirlos cuando sus propias dinámicas organizacionales estrechan el campo de lo imaginable. Imaginar un futuro distinto constituye apenas un paso.

Otro consiste en adquirir las capacidades para hacerlo realidad. El buen profesor alienta nuevas aspiraciones y proporciona herramientas intelectuales, metodológicas y éticas para convertirlas en proyectos viables. Enseña a pensar críticamente, investigar con rigor, dialogar, colaborar y perseverar frente a la incertidumbre. Así, la educación superior no sólo amplía el horizonte de lo posible; fortalece la capacidad de actuar sobre él.

Eso era, en el fondo, lo que Gusdorf sugería. El profesor no sólo comunica información; ayuda a formular nuevas preguntas y acompaña un proceso de descubrimiento. En eso consiste quizá la educación: no en responder todas las preguntas, sino en ampliar el mundo desde el cual pueden formularse.

Vivimos una época fascinada por la inteligencia artificial. Pero esa fascinación puede hacernos perder de vista aquello que las universidades han intentado hacer históricamente: constituir espacios donde las personas amplían el horizonte desde el cual comprenden el mundo y proyectan su propia vida. Esa tarea requiere instituciones que favorezcan el diálogo, el encuentro entre generaciones, la investigación compartida y el pensamiento crítico. La inteligencia artificial seguirá ampliando nuestra capacidad para acceder, organizar y producir conocimiento. Precisamente por ello puede convertirse en una aliada de la educación, para

liberar tiempo para que los profesores se concentren en aquello que ninguna tecnología puede sustituir: acompañar procesos de formación, ampliar espacios de posibilidad y fortalecer el juicio crítico.

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