Mery Hamui Sutton

La problemática del profesorado en las universidades parece limitarse a la proporción entre aquellos que son de tiempo completo y los que son de asignatura. O bien, la relación entre número de profesores y cantidad de alumnos. Sin duda son temas relevantes y destacan condiciones de trabajo muy distintas. Pero no son los únicos. Hay otras dimensiones que vale la pena explorar.

Por ejemplo, están las actuales exigencias del trabajo académico y su influencia en la subjetividad de los profesores. Porque ¿qué hacen o cómo resuelven el uso de la IA en las aulas universitarias? O bien, ¿utilizar un currículo que claramente está desactualizado?, ¿cómo manejar una relación sensible y a la vez respetuosa con los estudiantes que abren brechas insalvables?, ¿o la adecuación de métodos de aprendizaje y, a la vez, cumplir con los indicadores de desempeño? Todas estas condiciones, exigencias y retos han significado un desgaste emocional en los académicos y a que piensen en cosas como: ¿son compatibles el rol de profesor(a), la nueva tecnología y la materia que dan?, ¿se pueden y es correcto implementar estrategias innovadoras?

Los docentes han tratado de incorporar la tecnología en la medida de lo posible, se dan cuenta de que es difícil sostener los cursos de la manera en la que lo hacen, incluso piensan que pueden ser remplazados por la tecnología, también en algunas de las funciones que realizan en la universidad en la que trabajan, pues las modalidades de gestión también han cambiado. La tensión es inevitable en ese escenario cada vez más amenazante, pues confronta su estilo de vida, la toma de decisiones, los métodos de trabajo y la forma de evaluar. Además, sienten la presión de cumplir con los objetivos, el aumento en la carga de trabajo y, se agrava más la situación ante la limitación de recursos.

Las funciones académicas en las universidades conllevan realizar actividades de aprendizaje, investigación, gestión, difusión o servicio a la comunidad, también de fomentar competencias y habilidades para cumplir con las exigencias laborales en los estudiantes, en la disciplina, en la institución y en la sociedad. Entre los retos que enfrentan están la adecuación del conocimiento con las exigencias laborales, la organización del tiempo en el programa del curso, la adaptación a nuevas tecnologías, tener confianza en el desempeño de estas funciones y cumplir eficaz y responsablemente con las exigencias profesionales.

Un profesor de tiempo completo no sólo prepara y da clases, también investiga, hace gestión y difunde el conocimiento haciendo uso de la tecnología y generando estrategias para que los alumnos aprendan, pues ya tienen al alcance los resultados por la IA. Entonces, deben centrarse en las estrategias y procesos para alcanzar estos resultados, es decir en el proceso lógico que lleva a esos resultados. El reto crece, pues implica desarrollar competencias y capacidades propias y de los alumnos y de hacerlos empleables en el ámbito profesional. Esto puede llevar a algún desajuste entre lo que queremos y hacemos o a no tener la preparación necesaria para hacerlo, que desgasta emocionalmente (burnout) a los académicos.

¿Por qué sucede esto? Bakker y Demeroti (2017) plantean que en el trabajo se procesan dos fuerzas: las demandas laborales y los recursos para enfrentarlas. Las primeras incluyen exigencias físicas, sociales y de organización que deben realizarse en el momento y lugar adecuado. Las segundas son los recursos con los que contamos, son procesos inherentes al trabajo, como la autonomía en la tarea, la variedad en las actividades que realizan, retroalimentación, formación y desarrollo, participación en la toma de decisiones, apoyo entre compañeros y liderazgo. Si bien, las personas tienen estrategias y defienden como pueden lo que tienen, cuando se ven amenazadas experimentan estrés, insatisfacción laboral, falta de motivación, conductas extraviadas y menor rendimiento laboral.

Estos múltiples factores llevan al desgaste emocional, aunque también haya académicos más proclives a experimentarlo que otros. El criterio común lleva a pensar que quienes se sienten respaldados por su preparación profesional y están en entornos más seguros pueden innovar más fácilmente. También en la importancia que tiene el ambiente organizacional en las universidades, pues parece lógico que cuando éste es favorable permite que se atrevan más a implementar nuevas ideas, estrategias o herramientas de apoyo para que aprendan los estudiantes y a enfocarse mejor en las prácticas académicas.

Sin embargo, como académicos requieren de análisis, tiempo para reflexionar en lo que hacen y en lo que experimentan en la práctica para darse cuenta de que están agotados o desgastados emocionalmente. Entre las cosas que podrían ser útiles para identificar el desgaste emocional está el analizar su práctica docente, la experiencia de otros profesores e investigadores, el apoyo que reciben de sus autoridades, el poder procurarse de los recursos necesarios, vivir en armonía con colegas en el espacio de trabajo y con colegas de otras instituciones, capacitarse y sobre todo reflexionar sobre su práctica ya sea en investigación, docencia o gestión. Esto podría ayudar a afrontar el estrés, a elevar la satisfacción en lo que hacen y a reforzar la lealtad a la universidad. Cada uno tiene estrategias propias para reducir la tensión y hacer compatible la tarea y enfrentar como pueden los retos y su estado emocional.

Tal vez la dimensión subjetiva y emocional de la actividad académica se pierda en las individualidades, pero sus efectos pueden ser rotundos y notables para la vida universitaria. Valdría la pena volver a poner en el centro a los alumnos, a los profesores y al tipo de relación que establecen; sus incentivos y motivaciones para estar en las aulas. Quizás, en un ambiente más agradable y la convergencia entre condiciones y prácticas aminore el agotamiento emocional de los académicos, aunque éste varíe según la personalidad, la tarea y la propia capacidad para enfrentar el estrés.

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