Trump le quitó a México probablemente su recurso extra-comercial más sólido, antes de que lo pudiera capitalizar en el .

España lo ha vivido en Ceuta dos veces en cinco años: en 2021 y otra vez en julio de 2026, Marruecos aflojó por un par de días el control de su frontera y miles de personas cruzaron de golpe hacia territorio español, justo en medio de sendas crisis diplomáticas con Madrid. Cuba lo hizo antes, y con más descaro, en 1980 con el éxodo del Mariel y en 1994 con la crisis de los balseros: la válvula migratoria se abrió y se cerró casi al mismo ritmo que las negociaciones con . Ningún gobierno lo admite nunca, el discurso oficial es siempre el mismo, "no controlamos por qué la gente migra", "son causas estructurales que nos rebasan", pero los números, revisados con cuidado, muestran un patrón demasiado consistente para ser casualidad: los flujos migratorios suben justo antes de una cumbre o una negociación, y bajan en cuanto el gobierno "sin control" decide, de pronto, que sí puede controlarlos.

México ha jugado esa misma carta, con matices, desde hace más de tres décadas. Y hoy, cuando más la necesitaría, ya no la tiene.

Un patrón con historia propia

Durante las negociaciones del TLCAN, a inicios de los noventa, el gobierno de instaló una fórmula que se volvió célebre en la mesa de negociación: "queremos exportar bienes, no personas". No era solo una frase de campaña. Era el argumento explícito que México llevó a Washington: si Estados Unidos no abría su mercado a los productos mexicanos, el país seguiría exportando lo que a Washington le incomodaba mucho más, migrantes ilegales, porque sin empleo ni crecimiento en México, la gente se iba a ir de todas formas. Fue, en los hechos, la primera vez que un gobierno mexicano convirtió el tamaño del flujo migratorio en moneda de cambio explícita frente a Estados Unidos: la amenaza no era "vamos a mandar más gente a propósito", sino algo más sutil y más efectivo, "si no negocian con nosotros, más gente se irá igual, y ustedes se quedarán sin nada a cambio".

Entre ese antecedente y las caravanas del hubo otros momentos de tensión y acercamiento migratorio entre México y Estados Unidos, sin que ninguno alcanzara el peso político del que se desató a partir de 2018, cuando miles de personas cruzaron México con relativa libertad de tránsito, en un trato oficial más cercano a la tolerancia que a la contención. Trump llegó a tuitear que la frontera sur le importaba "más que el comercio o el T-MEC", en plena ratificación del tratado recién firmado. Esa tolerancia terminó de golpe el 30 de mayo de 2019, cuando Trump amenazó con un arancel si México no frenaba el flujo. En días, Marcelo Ebrard cerró un acuerdo: despliegue de la Guardia Nacional en la frontera sur y expansión de "Quédate en México". El resultado documentado fue una caída de alrededor del 46% en la migración irregular. Pero México no sólo evitó el arancel: en la misma declaración conjunta del 7 de junio de 2019, Estados Unidos reiteró el compromiso de inversión de 5,800 millones de dólares para el sur de México y Centroamérica, como respaldo al Plan de Desarrollo Integral que AMLO había impulsado desde el arranque de su gobierno. El flujo tolerado, otra vez, le compró a México algo más que la ausencia de aranceles.

El ciclo se repite con datos duros

Trump dejó la Casa Blanca en enero de 2021 y con él se fue la presión constante. Sin la amenaza arancelaria encima, volvió a relajar el control: los encuentros de la Patrulla Fronteriza pasaron de 1.6 millones en 2021 a 2.2 millones en 2022, hasta un récord de casi 225 mil en un solo mes en diciembre de 2023 (hubo una visita de emergencia de Blinken y Mayorkas a la Ciudad de México ese diciembre, y los cruces cayeron más de 50% en las semanas siguientes, según la propia CBP, pero fue una tregua puntual, no un cambio de fondo). El verdadero punto de quiebre llegó hasta que Trump volvió a la Casa Blanca.

La diferencia esta vez es que Trump regresó en 2025 con la lección ya aprendida: sabía que México solo controla el flujo cuando hay presión real encima. No esperó a que hubiera una negociación formal en la mesa: apenas ganó la elección, en diciembre de 2024, México ya reportaba el mayor decomiso de fentanilo de su historia como respuesta anticipada a la amenaza arancelaria. El 1 de febrero de 2025, once días después de la toma de posesión, Trump impuso aranceles del 25% a México invocando fentanilo y migración, antes de que existiera cualquier agenda formal de revisión del T-MEC. Desde entonces, la presión no se ha detenido: llamadas telefónicas constantes entre Trump y , prórrogas de 90 días, amenazas de intervención militar contra los cárteles, y aranceles sectoriales de hasta 50% en acero, aluminio y cobre que siguen vigentes en pleno 2026, mientras el T-MEC entra en su primer periodo de revisiones anuales tras el 1 de julio.

El arma que ya no está

Ese es el problema de fondo. Trump no esperó a la revisión del tratado para presionar a México sobre migración y seguridad: lo hizo antes, con fuerza y de manera sostenida, precisamente para que ese tema no llegara "fresco" a la mesa como recurso de negociación mexicano. Cuando arrancó formalmente el proceso de revisión del T-MEC, México ya llevaba año y medio conteniendo flujos, extraditando narcotraficantes y reduciendo homicidios bajo amenaza constante, sin que nada de eso se hubiera guardado como carta para el momento decisivo. La que en 2019 le compró a México noventa días y evitó un arancel, en 2026 ya no compra nada: fue gastada por adelantado.

Cabe incluso preguntarse si el propio mecanismo de revisiones anuales que hoy inquieta a inversionistas y cadenas de suministro en toda la región se habría evitado (o negociado en mejores términos) si México hubiera llegado al 1 de julio con ese instrumento todavía disponible, en lugar de haberlo entregado por partes desde el retorno de Trump a la Casa Blanca.

¿Jugada maestra o golpe de suerte?

Probablemente no haya una respuesta limpia. Pero el resultado es el mismo, sea cálculo o accidente: México negocia hoy la revisión de su tratado comercial más importante con Washington sin el instrumento que históricamente le dio margen de maniobra fuera de lo estrictamente comercial. Y en la mesa donde se define el futuro económico de tres países, llegar sin esa carta (aunque nunca se vaya a aceptar el haberla tenido o jugado) no es un detalle menor.

Queda la pregunta de fondo: ¿Fue una estrategia deliberada de Trump, anticipar que necesitaría negociar el T-MEC en 2026 y por eso neutralizó desde el inicio de su segundo mandato la palanca migratoria mexicana? ¿O fue simplemente una consecuencia no calculada de su obsesión con la frontera y el fentanilo, que terminó beneficiando de rebote su posición en la mesa comercial años después?

Sobre el Autor:

Walter Piñeiro es analista de asuntos internacionales y riesgos globales; asimismo, es abogado.

Cuenta con una licenciatura en Derecho por la Universidad Iberoamericana, así como con una maestría en Gobernanza Internacional y Diplomacia con especialidad en riesgos globales por el Instituto de Estudios Políticos de París de Sciences Po.

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