Esta semana en uno de los más emblemáticos territorios indígenas del país (San Juan Chamula, Chiapas), se desarrolla la celebración mundial del 60 Día Internacional de la Alfabetización, con la presencia de funcionarios de la UNESCO y la reunión de la Alianza Mundial para la Alfabetización. Los diplomáticos del mundo llegan a un estado que ha puesto en marcha “Chiapas Puede”, el esfuerzo del gobierno estatal para reducir el analfabetismo. Y en un espacio dedicado a analizar los retos de la educación superior, no puedo dejar de destacar la participación activa de las universidades de la entidad en dicho programa. Es importante porque en México, mientras las instituciones de educación superior (IES) presumen índices de titulación, rankings internacionales y posgrados de vanguardia, millones de adultos permanecen sin educación básica completa. La brecha no es nueva. La pregunta que hoy interpela a las universidades es si están dispuestas a asumirla como propia y en Chiapas han contestado afirmativamente.

Datos presentados por la ANUIES muestran el tamaño del desafío, pues solo la mitad de las instituciones asociadas realiza acciones de alfabetización o regularización a través del INEA o de los institutos estatales equivalentes. De quienes lo hacen, el 24% opera bajo servicio social, el 20% mediante voluntariado y el 66% con alguna combinación que incluye prácticas profesionales. En la mayoría de los casos no hay política institucional sólida, sino esfuerzos dispersos sostenidos en la buena voluntad de estudiantes y docentes. Un tercio de las IES que alfabetizan no cuenta con sistemas de registro vinculados al INEA; el 70% realiza estas acciones fuera de sus instalaciones, lejos de su comunidad universitaria; y no existen padrones oficiales confiables de quienes requieren ser alfabetizadas o regularizadas. Se hace algo, pero sin arquitectura que garantice impacto, seguimiento y escala.

Frente a ese panorama, “Chiapas Puede” apunta en la dirección correcta y merece reconocimiento y réplica. Chiapas concentra comunidades indígenas con acceso limitado a servicios educativos, poblaciones rurales dispersas y condiciones de marginación que convierten el analfabetismo en un mecanismo que reproduce desigualdad generación tras generación. Las universidades de la entidad atendieron la convocatoria del gobernador Eduardo Ramírez y desplegaron a estudiantes y académicos como agentes de ese esfuerzo, vinculando servicio social, prácticas profesionales e investigación aplicada a la reducción del analfabetismo, trabajando con pertinencia lingüística y territorial, y buscando no solo enseñar a leer y escribir, sino dignificar trayectorias interrumpidas. Ello ha sido un acierto, porque las IES deben dejar de ver el rezago como un problema ajeno. El analfabetismo adulto y la precariedad de la educación inicial no son fallas del sistema básico que a las universidades no les competan. Son la base rota sobre la que se construye, o se intenta construir, todo lo demás.

La presencia de la UNESCO en San Juan Chamula (con ministros y la mirada de decenas de países), convierte a Chiapas en evidencia pública y mundial de que sí se puede articular gobierno, comunidades y universidades. La pregunta que queda no es si el reconocimiento al programa chiapaneco es merecido. Lo es. La pregunta es cuántos estados de la República estarán dispuestos a convertir esta política institucional en eje de su responsabilidad pública. Porque queda claro que estamos ante un tema de voluntad y decisión política, no de insuficiencia técnica. Como advirtió Séneca, no es que las cosas sean difíciles y por eso no nos atrevamos, es que no nos atrevemos y por eso se vuelven difíciles. Por ello corresponde reconocer al gobernador Eduardo Ramírez por haber colocado la alfabetización y la reducción del rezago educativo como prioridad de gobierno, y por convocar a todas las instituciones, incluidas las universidades, a salir del recinto académico y operar en territorio. Aristóteles recordaba que la educación no es un asunto privado sino una tarea de la comunidad política; sin esa conducción pública, “Chiapas Puede” no habría alcanzado la escala ni la visibilidad que hoy atrae la mirada de la UNESCO. Chiapas puede, y si hay voluntad comparable, todo México también podrá.

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