Texto: Héctor Sapiña

Aunque la ciencia ficción suele asociarse más con el cine de Hollywood, en realidad se elabora en todo el mundo y ha existido en Latinoamérica desde hace más de un siglo; antes de que se inventara el mismo término “ciencia ficción”.

De hecho, en México nos enorgullecemos de contar con el primer relato del género escrito en el continente: Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la luna (1775) del fraile Manuel Antonio de Rivas.

Pero sólo se puede afirmar que, aunque la ciencia ficción en México no se ha dejado de escribir, adquirió bases sólidas hasta 1984, hoy te contamos el por qué.

En este viajaremos a las últimas décadas del siglo pasado para descubrir los factores que impulsaron un primer auge de la Ciencia Ficción Mexicana (CFM); cuando un circuito de artistas logró forjar una tradición.

Lee también

1984, el momento en que todo empezó

El año de 1984 tiene un peso simbólico en el ámbito de la CFM; pese a los múltiples antecedentes del género en nuestro país, ese año es recordado como el momento en que todo empezó.

Esto se debe a que, por iniciativa de Celine Armenta, el CECYT de Puebla (un “CONACYT chiquito”, según la expresión de Ruy Pérez Tamayo) convocó al Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción.

Como el lector habrá intuido, Armenta buscó que el premio se llevara a cabo precisamente en 1984 para hacer un homenaje a la famosa novela de George Orwell.

El ganador del certamen fue Mauricio-José Schwarz con el cuento La pequeña guerra, que dos décadas antes de Los juegos del hambre planteaba ya un futuro en donde los combates a muerte alimentaban el rating televisivo.

Por supuesto, el relato se ha vuelto un clásico, pero no es exagerado decir que ese año la victoria fue colectiva, pues el concurso dio pie a que varios escritores de ciencia ficción se encontraran.

Plana del 22 de enero de 1984 donde se observa la convocatoria del primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción, promovido por el gobierno de Puebla y el CECYTP. Foto: Hemeroteca EL UNIVERSAL.
Plana del 22 de enero de 1984 donde se observa la convocatoria del primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción, promovido por el gobierno de Puebla y el CECYTP. Foto: Hemeroteca EL UNIVERSAL.

Para este Mochilazo en el Tiempo, dos protagonistas de la CFM que, además, son tocayos, nos han compartido sus puntos de vista y experiencia: José Luis Zárate y José Luis Ramírez. El primero de ellos, presente desde que inició el Premio Puebla, nos comenta:

“La amplia participación permitió demostrar dos cosas: que existía un número considerable de personas que escribían ciencia ficción y que se encontraban distribuidas en toda la República (…) Funcionó como un punto de visibilidad y reconocimiento mutuo en un contexto que dificultaba cualquier forma de articulación nacional”.

Otro de los escritores que ayudaron a consolidar el género en México, Federico Schaffler, quien ha resaltado el esfuerzo para solidificar un circuito.

Desde el 85 hasta el 89 se organizaron encuentros de escritores de ciencia ficción con apoyo de Bellas Artes y de CONACYT. Se llevaron a cabo también en Puebla y el resultado fue una red de comunicación “por vía de carta o algunas veces por teléfono; olvídense del e-mail o del texting (…) todo esto era a la antigüita”, escribió Schaffler.

Lee también

A lo largo de los 80, Celine Armenta también impulsó la difusión de la CFM a través de la revista Ciencia y Desarrollo, una de varias revistas que el CONACYT utilizó para “crear una cultura científica”, un reto “necesario para el país”, según se comunicó en una nota de EL UNIVERSAL del 7 de marzo de 1985.

Otro espacio amigable para el género fue la revista El Cuento de Edmundo Valadés, quizá el órgano más importante de la literatura de la imaginación (o no realista) en las últimas décadas del XX.

Antología “Principios de Incertidumbre”, recopilada por Celine Armenta con los trabajos ganadores del Premio Puebla de Ciencia Ficción entre 1984 a 1991. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Antología “Principios de Incertidumbre”, recopilada por Celine Armenta con los trabajos ganadores del Premio Puebla de Ciencia Ficción entre 1984 a 1991. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

En los 90 se extendió a Latinoamérica

Al final de la década, hay cada vez más interés por el género en uno y otro punto del país; de hecho, se presentaba en toda Latinoamérica.

Tras una búsqueda en el archivo de EL UNIVERSAL, encontramos una serie de notas publicadas por el argentino Guillermo Murray Prisant bajo el título ¿Qué ocurrirá con la ciencia ficción?, donde justamente se pregunta si este tipo de literatura funciona para la difusión de la ciencia y cumple un papel en países de hispanohablantes.

Algo que llama la atención de cualquier lector de la CFM de esta época es que, en general, sus relatos presentan visiones pesimistas sobre el futuro; muchas veces enfocadas en los peligros del desarrollo científico, y no tanto en las promesas de las nuevas tecnologías.

Lee también

Entre otras explicaciones, se ha dicho que, en Latinoamérica, la literatura de este género se distingue porque en nuestros países “no generamos tecnología…pero la padecemos”, como también ha escrito Schaffler.

José Luis Zárate y Gerardo Horacio Porcayo han elaborado esta idea así: “Una de las principales tendencias de la CFM no es mostrar a sus personajes como creadores de la tecnología, sino más bien, como sus usuarios. Hay más interés en mostrar la parte ‘humana’ de las sociedades”.

Quizá la fórmula que mejor expresa esta visión es la acuñada por Pepe Rojo y Bernardo “Bef” Fernández: “la CFM comenzó a madurar el día que se bajó de la nave espacial y se subió al metro”, afirmó “Bef” Fernández en Viajeros.

Fanzine “Anakrónica”, de Jorge Hughes, lanzada en 2012. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Fanzine “Anakrónica”, de Jorge Hughes, lanzada en 2012. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

Luego del 68 la desconfianza en el gobierno se proyectó en la literatura

Si tomamos en cuenta que, desde 1968, la sociedad mexicana perdía cada vez más la confianza en su gobierno, es lógico que el futuro proyectado en la literatura de la época mostrara una percepción desencantada del país.

La crítica política, desde luego, es inherente a la ciencia ficción, pero hacia el final del siglo se volvió una constante en el arte. Por un tiempo incluso se llegó a pensar que la CFM era sinónimo de distopías y postapocalipsis.

Sólo con leer algunos de los títulos publicados en estas décadas identificamos un síntoma de crisis: Pandemia de Gabriela Rábago Palafox, Pastillas de felicidad de Jorge Cubría, El día temido de Sergio Fernández Bravo, Lo último de nuestras vidas de Héctor Chavarría.

Al respecto, el prólogo de Gabriel Trujillo al primer tomo de Más allá de lo imaginado recuerda que incluso autores que antes no se habían acercado demasiado a la ciencia ficción tomaron sus recursos para representar una sensación de crisis.

El autor e investigador de la Universidad de Baja California menciona obras como Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes, Cerca del Fuego de José Agustín, Al norte del milenio de Gerardo Cornejo y La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco.

Lee también

También podemos añadir otros de tono apocalíptico como Memoria de los días de Pedro A. Palou, El temperamento melancólico de Jorge Volpi, La destrucción de todas las cosas de Hugo Hiriart o Cielos en la tierra de Carmen Boullosa.

¿Por qué, si ya había habido proyectos de ciencia ficción mucho antes, no fue hasta entonces que adquirieron continuidad? Antes de ver cómo se desarrolló la CFM en los 90, conviene identificar los factores socioculturales que fertilizaron el campo para el cultivo de la ciencia ficción.

Edición 128 de la revista Comunidad CONACYT para agosto-septiembre 1981, con temática centrada en ciencia ficción. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Edición 128 de la revista Comunidad CONACYT para agosto-septiembre 1981, con temática centrada en ciencia ficción. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

¿Qué impulsó la Ciencia Ficción Mexicana?

¿Qué ocurría en México en las últimas dos décadas del siglo XX? Hay cuatro factores cruciales en el caldo de cultivo que impulsó la CFM:

1. Crisis económica: contra todos los esfuerzos caninos de López Portillo, el peso mexicano se desploma. Esto marca el fin definitivo del Estado protector, pues el gobierno ya no es capaz de garantizar empleo, estabilidad salarial, ni expansión de los servicios públicos. Para los ciudadanos ya no hay expectativa de ascenso social como tres décadas atrás, durante el Milagro Mexicano (1940-1970) que Carlos Monsiváis miraba con suspicacia.

2. Federalización de las ciencias: en el ámbito de la investigación, CONACYT comienza a fundar microorganismos autónomos en diferentes estados de la República (los famosos CPI). Es también el periodo en que empiezan a surgir los Colegios hermanos del COLMEX (desde el Colegio de Michoacán en el 79 hasta el de San Luis en el 97).

Las nuevas universidades estatales o regionales se diseñan bajo la premisa de la autonomía, no sólo por el éxito comprobado del modelo –sinónimo de prestigio–, sino por la independencia que conlleva respecto al gobierno.

3. Descentralización de la cultura: en paralelo, empiezan a surgir instituciones de fomento a la cultura y las artes que amplían las posibilidades de publicación y exposición de los artistas.

Un caso clave de los 80 es el IMER, o la reorientación del INAH hacia la difusión cultural, así como varios consejos o institutos estatales que se propagan. Ya hacia los 90 aparecen, entre otros casos, CONACULTA, el FONCA, el CENART, y se busca la expansión de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas.

4. A los factores previos se suma el incremento gradual de la infraestructura de telecomunicaciones que alcanza su propia coyuntura con el internet público en 1994. Tal incremento acelera el proceso de comunicación entre los artistas, los proyectos ya no dependen tanto de la cercanía regional. Además de la CFM, un caso notable en México es la autodenominada Generación del Crack, cuyos integrantes trabajaron y mantuvieron contacto desde Europa y EE. UU. a través del correo electrónico.

Lee también

Para el ámbito cultural esta serie de factores se sintetizan en una cualidad: diversificación de propuestas. El aspecto geográfico es donde primero se manifiesta este paso hacia la diversidad.

Desde la mitad del siglo XIX y durante todo el siglo XX, el tronco principal del arte y la literatura se había concentrado en el D.F. ¡Vaya!, por mucho tiempo ni siquiera era la ciudad completa, sino el Centro Histórico.

Portada de “Mexicoland”, libro de Jaime Alfonso Sandoval, sobre una distopía con dos versiones de México: el perfecto y colorido, cual parque de diversiones, contra el destruido por la violencia. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Portada de “Mexicoland”, libro de Jaime Alfonso Sandoval, sobre una distopía con dos versiones de México: el perfecto y colorido, cual parque de diversiones, contra el destruido por la violencia. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

Y aquí el lector estará preguntándose “bueno, pero en cada época encontramos grandes escritores que vienen de las provincias”. Claro, están Altamirano, Nervo, Reyes, Owen, Castellanos, Godoy, Rulfo, Garro, etc.

El modelo cultural del siglo XX estaba centralizado, pues. Lo cual no significa que las letras ignoraran lo que sucedía en provincia, sino que tendían a filtrarse por el núcleo; como si sólo hubiera una antena de emisión nacional. ¿Qué produjo el cambio? ¿En qué momento dejó de concentrarse la escena cultural en el D.F.?

Como en muchas otras cosas, el punto de quiebre fue la crisis sociopolítica del 68. En la economía todavía no se alcanzaba la inestabilidad del 82, pero el pacto del Estado con la población se rompió ese 2 de octubre.

Fernando Curiel, gran analista social de la literatura, añadiría a esta observación una adenda. Antes del 68, la revolución cultural ya estaba hirviendo; el cambio era de esperarse, Tlatelolco fue la gota que derramó el vaso.

En los años que siguen, CONACYT se vuelve clave porque nace como un esfuerzo del gobierno post-Díaz Ordaz por reconciliar al Estado con la comunidad científica. Así también universidades fundadas en los 70, como la Autónoma Metropolitana, ofrecieron a la población estudiantil una bandera de tregua.

Lee también

Y, como Marty McFly en Volver al futuro, regresamos a los 80. Para 1984, la tregua llevaba poco más de una década y, en medio de una crisis económica, la imaginación crítica de científicos y artistas trazó nuevas vías.

El Premio Puebla es un estímulo y un punto de reunión para que se gesten una serie de iniciativas extrainstitucionales, fue el Big Bang de la escena cienciaficcionera.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no hubiera CFM antes. Nunca dejó de escribirse. Lo que no existía era continuidad, relevo, intercambio entre grupos, un circuito que aspirara a visibilidad nacional y tradición propia.

Antología de cuentos “Dictadura de Vapor”, de corte steampunk y posicionada en un México alternativo en tiempos del siglo XIX y XX. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Antología de cuentos “Dictadura de Vapor”, de corte steampunk y posicionada en un México alternativo en tiempos del siglo XIX y XX. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

Revistas que apoyaron a creadores de contenido en los cybernoventa

Hoy podemos hablar de la CFM como un solo fenómeno, pero en realidad siempre ha sido un esfuerzo colectivo que emerge de múltiples núcleos. Aunque CONACYT abrió un espacio inicial, en realidad, la labor recayó en los mismos artistas.

José Luis Zárate sostiene que “pesó el trabajo personal (…) el cuidado y crecimiento dependieron del esfuerzo de quienes amábamos el género.”

Así, se empezaron a formar grupos regionales en Puebla, Tamaulipas, Guadalajara, Baja California, entre muchos otros estados.

En tanto que José Luis Ramírez, quien cuenta con la nutrida página , recuerda cómo se integró a este circuito. “Todo comenzó en el Tecnológico de Puebla. Gerardo Sifuentes tuvo la iniciativa de colocar un volante en un tablero de anuncios para convocar a quienes se interesaran en la ciencia ficción y reunirse después de clases", comentó.

“De ahí surgió la idea de lanzar el fanzine Fractal, junto con Caín Kuri. En ese contexto conocí a Gerardo Porcayo, José Luis Zárate, Juan Hernández Luna y Rodrigo Pardo, quienes vivían entonces en la ciudad y ya habían ganado el Premio Puebla. En 1998 lo gané yo y, a partir de ese momento, comenzaron las invitaciones a publicar”, aseguró Ramírez.

Lee también

El hecho de que la Ciencia Ficción Mexicana creciera en distintos frentes le permitió llegar cada vez a más lectores, Ramírez nos dice “en los ochenta (…) existía un público lector en la comunidad científica y tecnológica".

Comentó, “en los noventa se dio un auge de autores y publicaciones que amplió la audiencia, en particular con los libros del fondo editorial Tierra Adentro, tanto las antologías de Más allá de lo imaginado como novelas [por ejemplo] La primera calle de la soledad de Porcayo o Que Dios se apiade de todos nosotros de Wolffer. También se llegó a otros públicos mediante colecciones de Selector, Ramón Llaca, Times Editores o Grupo VID.”

Asimismo, proliferaron las revistas y los fanzines, el corazón latente de los movimientos literarios.

Edición 93 de Blanco Móvil en 1985, centrada en la ciencia ficción mexicana. Su contenido incluyó textos de Miguel Ángel Fernández Delgado, José Luis Zárate y Gerardo Horacio Porcayo. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Edición 93 de Blanco Móvil en 1985, centrada en la ciencia ficción mexicana. Su contenido incluyó textos de Miguel Ángel Fernández Delgado, José Luis Zárate y Gerardo Horacio Porcayo. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.

“Quienes las editaban organizaron también los festivales de cultura alternativa y subterránea que daban espacio a ‘subgéneros’ literarios [a todos, desde el terror y la fantasía hasta la ciencia ficción y la literatura que se perfilaba hacia el posthumanismo], ofrecían obras de teatro y espectáculos musicales y, sobre todo, permitían encontrarse con gente de gustos afines, intercambiar material o datos, prestarse libros entre sí o recomendarse discos poco conocidos.”, según se lee en el artículo de Libia Brenda, El ABC de la CF, publicado el 28 de julio de 2019, en el suplemento Confabulario de EL UNIVERSAL.

Algunas revistas estaban dedicadas a la ciencia ficción, mientras otras la acogían junto a otro tipo de géneros: Esta cosa. Revista de libre especulación (1991), Equipo Mensajero (1991-2000), Umbrales (1992-2000), Laberinto (1993-1998), Asimov (1994-1999), Complot Internacional (1994-2004), fractal'zine (1995-1997).

Una de las más llamativas fue La langosta se ha posado (1992-1996), que es un homenaje al libro ficticio inventado por Phillip K. Dick en su novela El hombre en el castillo.

El soporte de la revista era un diskette que, al introducirse en una computadora, abría un programa con los contenidos; el disco se pasaba de mano en mano, lo cual le daba un aire underground de secreto difundido a voces.

Lee también

Estas revistas independientes son, quizá, uno de los productos que mejor evidencian las ventajas y desventajas de una sociedad que comenzaba a sumergirse en la tecnocracia.

Por un lado, dan testimonio de cómo el acceso a una computadora personal podía democratizar la producción artística, pues los autores ya no dependían completamente de una institución o una empresa para difundir su obra; los artistas se convertían así en pioneros del fenómeno del prosumidor o de la figura del creador de contenido hoy generalizada.

Instrucciones para acceder al contenido de “La Langosta se ha Posado”. Un fanzine guardado en un diskette que pasaba de mano en mano. Foto: ESPECIAL/LadoBe.
Instrucciones para acceder al contenido de “La Langosta se ha Posado”. Un fanzine guardado en un diskette que pasaba de mano en mano. Foto: ESPECIAL/LadoBe.

También emergieron los riesgos de la tecnología, pues al interior de las revistas aparecen cuentos que tematizan los peligros de una sociedad altamente tecnologizada.

Para impulsar la presencia de la CFM a nivel nacional, un paso que se consideró lógico en ese momento fue la creación de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCYF).

Este organismo buscaba mantener el contacto entre los escritores, circular las noticias, establecer alianzas institucionales, impulsar certámenes y publicaciones; sin embargo, hacia el final de los 90 entró en declive luego de controversias administrativas.

Lejos de perder su impulso, los siguientes años dieron paso al fortalecimiento de los proyectos individuales y locales, así como una crítica especializada. En lugar de formar una gran institución, la escena se ha confirmado como un esfuerzo colectivo.

La ciencia ficción escrita en nuestro país nació y se consolidó en la periferia de la escena cultural. Aunque, a primera vista, esto parecería una desventaja, en realidad es una condición que ha dotado de herramientas a sus artistas para adaptarse y proliferar en cualquier tipo de escenario.

Si a finales del siglo XX, todavía se dudaba que una nación latinoamericana pudiera producir un género tan vinculado a las conquistas científicas, a estas alturas del XXI no sólo se ha demostrado lo contrario, sino que se ha vuelto de interés más allá del ámbito literario.

Tal vez la ciencia ficción nos ayude a analizar la actualidad y abra la posibilidad de resolver los problemas de nuestro entorno.

Con información de Liza Luna/EL UNIVERSAL

Antología de ciencia ficción solarpunk “Astronautas mexicanos”, lanzada por Fantasías para Noctámbulos; aborda historias sobre escenarios y conflictos en el espacio. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
Antología de ciencia ficción solarpunk “Astronautas mexicanos”, lanzada por Fantasías para Noctámbulos; aborda historias sobre escenarios y conflictos en el espacio. Foto: ESPECIAL/Tomada de Ciencia Ficción Mexicana.
  • Fuentes:
  • Entrevista con José Luis Zárate (Puebla, 1966). Escritor mexicano de ciencia ficción y fantasía. Estudió Lingüística y Literatura Hispánicas en la BUAP. Ha publicado novela, cuento, poesía y ensayo; entre los cuales destaca su libro La ruta del hielo y la sal por el cual obtuvo el premio Fantasía MECyF en 1998.
  • Entrevista con José Luis Ramírez (Puebla, 1974). Escritor y editor mexicano de ciencia ficción. Ingeniero en electrónica y maestro en ciencias de la computación. En 1998 obtuvo el Premio Puebla de Ciencia Ficción por el cuento “Hielo”, ha publicado cuentos en revistas y antologías especializadas. Es administrador del sitio cifi.mx, un repositorio de acceso libre donde se catalogan todas las producciones de ciencia ficción del país.
  • Hemeroteca EL UNIVERSAL
  • Sitio Ciencia Ficción Mexicana.
  • Ciencia Ficción México. (s. f.). Blog.
  • Fernández, B. “Bef”. (2010). Los viajeros: 25 años de ciencia ficción mexicana. SM Ediciones.
  • López Castro, R. (2001). Expedición a la ciencia ficción mexicana. Lectorum.
  • Martré, G. (2004). La ciencia ficción en México (Hasta el año 2002). IPN.
  • Shaffler, F. (3 de noviembre de 2012). II Conversatorio Grupo Hiperespacio [Archivo de Video]. YouTube.
  • Zárate, J. L. y Porcayo, G. H. (2009). “Perspectiva de la Ciencia Ficción Mexicana”, La langosta se ha posteado.
Google News

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios