Texto: Liza Luna
Con los días de la Revolución Mexicana desapareciendo en el horizonte, la comunidad científica y académica de comienzos de siglo XX encaminó sus esfuerzos en llevar al país hacia la modernidad y progreso, poniendo gran atención a uno de los sectores más desprotegidos: la infancia.
A comienzos de los años 20, EL UNIVERSAL convocó al Congreso Mexicano del Niño, un ejercicio de iniciativa privada para proteger y estudiar las necesidades de los más jóvenes. Se reunió a expertos e interesados para abordar las principales preocupaciones sobre la infancia, ya fuera en materia de salud o educación.

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El Congreso del Niño sólo tuvo dos ediciones, pero logró abrir el debate sobre lo que la sociedad mexicana debía hacer para que sus niños crecieran lo mejor posible.
En 1917, esta casa editorial lanzó un concurso para presumir a los niños más robustos y sanos de México, pero lo que inició como una muestra de ternura por los infantes se enraizó en un interés más profundo por el desarrollo de la infancia mexicana.
Para el 23 de enero de 1920, EL UNIVERSAL expresó su deseo por “coadyuvar en su esfera de acción y resolver los grandes problemas que afectan directamente el porvenir de la patria”, anunciando el Primer Congreso Mexicano del Niño, un espacio de conferencias y debates para comprender el desarrollo integral de la infancia.
Su objetivo era “el advenimiento de una raza fuerte, moral e inteligente, a la altura del papel que está llamada a desempeñar en los destinos de la patria”. La fecha planeada para este evento era el 17 de septiembre de 1920, con la posible asistencia del entonces presidente de la República, Venustiano Carranza.
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A consideración de EL UNIVERSAL, los principales responsables de las carencias en salud, educación y moralidad infantiles eran los padres y su “ignorancia”, atribuyendo a su negligencia la alta mortalidad e incidencia criminal en menores. Tan sólo para 1921, la capital registró más de 5 mil muertes de niños y se duplicó para 1922.
En aquella convocatoria de enero de 1920, se leyó: “se necesita que los más conscientes ciudadanos preserven al niño y lo amparen, substrayéndolo a la nociva influencia del propio hogar. [...] ¿Cómo podemos aspirar a la formación de una patria fuerte, moral y digna, si dejamos al niño entregado a la perniciosa influencia de tan inconvenientes y por desgracia incontables ejemplos?”.
El error en ese entonces fue ignorar que la economía y educación nacionales mostraron un marcado sesgo entre el ámbito rural y el urbanizado; no todos los niños vivían en mismas condiciones, mucho menos sus padres.
En su investigación, Niño, Trabajo y Salud en el México de los Veinte, Patricia Díaz Hernández indicó que para 1921, “México era un país rural en 50% de su territorio, [...] con poca educación en parte por la incapacidad del gobierno para colocar escuelas en todos los lugares o porque las personas debían trabajar largas jornadas laborales”.
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Las disciplinas que abordó el congreso fueron higiene, pediatría médica y quirúrgica, legislación, enseñanza y eugenesia. Se propuso que los participantes se enfocaran en temas como el tratamiento de amigdalitis, tumores, tuberculosis y sífilis en menores; la obligatoriedad de la educación primaria, problemas en la dentición, alimentación neonatal, puericultura o en la organización de tribunales para niños delincuentes.
Tras la muerte de Venustiano Carranza, en mayo de 1920, y debido a retrasos en la organización, el Primer Congreso Mexicano del Niño se trasladó a la primera semana de 1921, del 2 al 9 de enero.
Como dirigente del evento quedó Félix F. Palavicini, fundador de esta casa editorial, acompañado por el doctor Ángel Brioso Vasconcelos como jefe de sección para las ponencias de eugenesia; de higiene infantil, el doctor Rafael Carrillo; en pediatría médica, el doctor Joaquín Cosío; para pediatría quirúrgica, el doctor Roque Macouzet; en enseñanza, Ezequiel A. Chávez; y en legislación, Antonio Ramos Prudeza.
El Primer Congreso Mexicano del Niño se realizó en la Escuela Nacional Preparatoria de la entonces Universidad Nacional de México. El entonces rector, José Vasconcelos, inauguró las actividades en nombre del presidente Álvaro Obregón.
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Durante la apertura, Palavicini describió como “hermoso” que, “después de diez años de divisiones incesantes entre hermanos, [...] de combate y de sangre, hombres de ciencia se reúnan a tratar la enseñanza, higiene, cirugía, medicina y belleza del niño”.
La sección de Enseñanza fue la más amplia dentro del Congreso Mexicano del Niño de 1921, con 31 ponencias. Uno de los trabajos atemporales y dignos de mención fue “El Ejemplo y Castigo como Medio de Educación de los Niños”, de Fernando Breña Alvírez.
El investigador tildó de “bárbara costumbre” la tendencia parental de recurrir a la violencia física contra sus hijos para reprender sus fallas, pues la labor de los padres no sólo implicaba instruir a sus descendientes para convertirse en seres sociables, sino "modelar su carácter y tendencias de forma adecuada, [pero] el dolor físico se emplea como medio de corrección sin meditar en ulteriores consecuencias”.
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Breña Alvírez indicó que la efectividad de la violencia física se debe a que el niño “no repite la falta que cometió [...] por temor. [Los golpes] sólo irritan al menor, excita los malos sentimientos, le encoleriza y en vez de hacerle reflexionar sobre su falta y convencerle del mal que ha hecho, le suscita aversión contra quien le castiga”.
Su análisis arrojó que los castigos duros y humillaciones tenían serias desventajas al momento de forjar la personalidad del infante. A su consideración, lo mejor para asegurar la integridad del menor era que los padres predicaran con el ejemplo y no cometieran los mismos actos que intentan reprimir en el hijo.
Otra de las ponencias fue del doctor Alberto Lozano Garza, con el trabajo “Algunas Palabras en Favor de los Niños Anormales”. El ponente era jefe de la comisión del Distrito Federal para investigar las escuelas de “niños anormales” instaladas en Estados Unidos, con la intención de aplicarlas en México.
Según su investigación, había categorías divisorias entre “niños anormales”: los que tenían afecciones en oído o vista; los “anormales de palabra” y problemas de locución, así como lisiados con problemas motores.
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También enlistó a los tuberculosos; nerviosos cardiacos, quienes sufrían problemas en el sistema circulatorio; anémicos; débiles mentales, “imbéciles e idiotas”, llamados así por tener deficiencias mentales cuantitativas y no lograr aprender. Por último, los amorales, tildados de irrespetuosos, indisciplinados y con tendencia al delito.
Su investigación propuso varios puntos para cumplir con la educación de “niños anormales”: lo principal era aislarlos de infantes “normales” y dividirlos según sus “deficiencias”. También aplicar métodos y procedimientos pedagógicos propicios, preparando a los profesores con cursos específicos dentro de la Escuela Normal.
Otra de las presentaciones sobre enseñanza infantil abordó las diversiones, asegurando que uno de los peores males que azotaba a la infancia mexicana eran las “diversiones inadecuadas”, aquellas que promovían la violencia y agresividad.
Los asistentes y especialistas del congreso hicieron la petición formal a las autoridades para prohibir la entrada de menores de edad a espectáculos como corridas de toros, peleas de gallos, exhibiciones de box, frontones y hasta funciones de cine que proyectaran material no hecho para infantes.
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También se exigió “no llevar a niños de pecho a estas diversiones, así como reglamentar las películas para niños y procurar que los cinematógrafos para niños se instalen al aire libre y no en lugares cerrados”, a fin de tener un sitio propicio y amigable con los menores, nada oscuro.
La rama legislativa del congreso fue muy prolífica, con 11 trabajos, aunque toda la atención se la llevó la propuesta de modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial y establecer un Tribunal para Menores. Su autor fue el entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Manuel E. Cruz.
Su proyecto propuso la creación de dos tribunales para niños para la jurisdicción del DF; sería uno penal y otro civil, que atenderían “asuntos relativos al régimen de las familias en que haya niños, así como los derechos legales de estos”.
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En el juzgado penalista, se atenderían averiguaciones, correcciones y castigos pertinentes a delitos cometidos por menores de edad. Se visualizó como institución de “rehabilitación moral para jóvenes que, abandonados económica o moralmente, se convierten prematuramente en un peligro para la sociedad”.
Cabe destacar que todos los procedimientos penales contra menores de 9 años sentenciarían “irresponsabilidad penal”, es decir, el infante no era responsable de su actuar. Para niños de 9 a 14 años, se les llevaría a juicio para determinar si cometieron el delito de forma consciente y condenarlos según ameritaba su actuar.
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Este proyecto pasó a revisión de las Cámaras de Diputados y Senadores a mediados de 1921, ejecutándose en 1926 con varias modificaciones. Fue el resultado más destacado del Primer Congreso Mexicano del Niño.
Entre las ponencias sobre oftalmia purulenta en recién nacidos, recomendaciones para cuidar de la dentición y propuestas para mejorar los “kindergarden”, el Congreso Mexicano del Niño presentó temas de eugenesia.
Según recuperó el doctor Francisco Castillo Nájera, esta disciplina era la “ciencia que estudia todos los factores biológicos y sociológicos con el fin de buscar la integridad de la raza humana”. Es decir, el cuestionable “mejoramiento de la raza”, uno de los principales argumentos ocupados por el nazismo décadas después.
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Fabiola Villela Cortés y Jorge Linares Salgado indicaron en su texto, Eugenesia, un análisis histórico y una posible propuesta, que esta perspectiva científica promovió tres conceptos básicos antes de la Segunda Guerra Mundial: "la idea de que es posible perfeccionar al ser humano; la existencia de 'subhumanos', seres no considerados como personas; y la idea de perfección biológica y psicológica ligada al progreso".
De acuerdo con sus datos, el movimiento eugenésico se popularizó en E.U. e Inglaterra a finales del siglo XIX, llegando a México en la época postrevolucionaria, entre los años 20 a 40, "con la institucionalización [y modernización] del Estado Revolucionario”.
Según indicaron Villela Cortés y Linares Salgado, los eruditos mexicanos solicitaron el “mejoramiento” de nuestra raza a través de la discriminación de extranjeros considerados “no adecuados”, junto con la práctica y difusión del cuidado infantil, y la “profilaxis médico-sanitaria, interesada en prevenir las patologías clínicas y sociales”.
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En el Congreso Mexicano del Niño se dio libertad de discurso y debate, presenciando ponencias como “Herencia Eugénica y el Futuro de México”, del doctor Antonio F. Alonso. El médico no titubeó al sostener que los “hombres blancos son a los que más debe el mundo y deduce su utilidad de favorecer su inmigración para provocar cruzamientos favorables para nuestra raza [...]; por el contrario, deben evitarse las uniones con hombres de raza negra y amarilla [por considerarlas inferiores]”.
Antonio F. Alonso también alertó sobre “toda falange de degenerados: epilépticos, histéricos, alcohólicos, imbéciles, vagos y criminales, que tienen derecho a casarse y a tener sucesión, degenerando la especie, sin que una voz se levante por la sociedad que tiene derecho a defenderse de esta plaga”.
Lo único rescatable de la ponencia del doctor Alonso fue la propuesta sobre educación femenina, pues respaldó la necesidad de educar a las madres mexicanas, a fin de que los niños tuvieran “cultura científica y progreso intelectual” desde nacimiento.
Una segunda conferencia sobre eugenesia la protagonizó Esperanza Velázquez Bringas, periodista y primera mujer en estudiar esta disciplina en México. Su ponencia se llamó “Influencias Psíquicas Maternas sobre el Niño durante la Gestación”.
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Su investigación aseguró que “las emociones, estados psíquicos-depresivos, neurosis y trastornos neuro-cerebrales sufridos por la madre encinta repercuten en el niño [...], quien será terreno propicio para que en él florezcan desequilibrios y degeneraciones”.
A consideración de la especialista, no era justo juzgar a las mujeres que padecieran desequilibrios emocionales por posibles afectaciones a su neonato. En su lugar, se podía ayudar “a lograr el mejoramiento de la raza” a través de “Casas Maternidad científicamente instaladas, donde las madres pueden permanecer meses antes y después del alumbramiento para regenerar a la mujer y mejorar la condición del niño”.
La principal conclusión de la sección eugenésica en el Primer Congreso Mexicano del Niño fue solicitar a las autoridades gubernamentales destinar fondos e interés en investigaciones o medidas legales para “proteger a la raza mexicana”.
Este proyecto de debate y análisis fue semillero de algunos proyectos de cuidado infantil de gran relevancia, como el mencionado Tribunal de Menores, así como la creación de la Sociedad Mexicana de Pediatría en los años 30 y la apertura del departamento de Puericultura en el Centro de Higiene y Salubridad Pública en 1922.
El legado del Congreso Mexicano del Niño patrocinado por EL UNIVERSAL encaminó proyectos educativos y de salud, pero en especial atrajo la atención de expertos y padres para hacer prioritario el cuidado de la infancia mexicana.
Con información e investigación de: Montserrat Callejas