Texto: Raúl J. Fontecilla
Nos guste o no, el ánime ya es un tipo de entretenimiento que grandes y chicos identifican, sin importar si le llaman ánime o “monos chinos”. Para llegar a su auge actual, la animación japonesa entró a México no por la pantalla grande, sino por los tianguis y plazas comerciales.
Esta ocasión, Mochilazo en el Tiempo recuerda la época en que los fans del ánime, conocidos como otakus, acudían con su vendedor de DVDs de confianza para consumir sus series y películas favoritas.

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Durante los años 2000, una experiencia común para cualquier capitalino en el mundo del ánime era la de buscar un comercio, formal o no tanto, que se dedicara a la venta de series y películas en que aparecieran esos personajes de ojos enormes.
En la TV abierta eran pocos los títulos al aire y en horarios accesibles para los jóvenes: Dragon Ball y Pokemon llegaron a ser frecuentes en Canal 5 por la tarde, pero ánimes más maduros, como Evangelion o Ghost in the Shell eran contenido que había que “cazar” por las noches en Canal 22.
Ni hablar de ver series en internet, porque para entonces tan sólo encontrar una canción de tres minutos y descargarla al MP3 o al iPod ya era una odisea que sólo enfrentaban algunos valientes -quienes aprendían a usar esa tecnología.
Encima, fue hasta finales de esa década que era siquiera posible encontrar series en línea, y eso gracias a la difusión del internet doméstico. Tampoco ayudaba la censura de la TV abierta, que cambiaba cigarros por paletas y armas por juguetes.
Esto quiere decir que, así como los adultos les dicen a los niños cómo en sus tiempos era más difícil hacer la tarea porque había menos comodidades, las generaciones de los años 80 y 90 también podrían decirlo sobre ver series y películas que no eran del mainstream (la cultura dominante).
Como bien dice el escritor Alan Chazaro al abordar la historia del ánime en Latinoamérica para la revista GQ, estos contenidos son “un tipo de entretenimiento alternativo muy diferente al que estamos acostumbrados a ver”.
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Por ello es que la década de los 2000 quedó marcada por la pintoresca costumbre del peregrinaje del otaku promedio a un comercio donde pudiera encontrar DVDs… pero no cualquier DVD, sino uno con su ánime favorito, sin importar si era una película, una miniserie o una docena de episodios de un título sin final a la vista.
Un sábado por la tarde en la colonia Centro, abordamos a un hombre que sale del Barrio Chino con una dama y dos pequeñas. Él lleva una playera del popular Demon Slayer, con la imagen del “prota”, Tanjiro.
Con la bendición de las sonrisas de su familia, interrumpe el regreso a casa para responder unas preguntas. Su nombre es Alejandro Delgado y nos comenta que suele ver series japonesas desde finales de los años 90 y que recuerda el auge de los DVD, que llegó con el final del siglo XX.
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Delgado es fan de hueso colorado: solía comprar un nuevo DVD cada semana, con la facilidad de que “aquí en Ciudad de México, en los 2000, en cada esquina había un lugar donde te vendían discos y elegías lo que te gustaba”.
“Había de Mazinger Z y ya después había de Inuyasha, Sailor Moon, Los Caballeros del Zodiaco… por decir algunos, porque hay demasiados”, recuenta con una discreta sonrisa.
Si nuestro entrevistado dejó de comprarlos fue por el mercado y no por gusto propio, pues sólo lo hizo cuando los DVDs comenzaron a escasear, ante el arranque de las plataformas digitales.
Su experiencia además matiza el aspecto de la piratería, pues explica qué definía la decisión de comprar un DVD original o uno pirata: los discos originales eran más caros, pero aparte era muy común que una serie o película ni siquiera existiera en DVD original.
“Lo distribuían en pirata y por eso era más la difusión”, comenta para explicar que la programación de la TV abierta era “muy pobre” y que se veían más caricaturas que ánime como tal.
Alejandro aún ve ánime y no se conforma con la oferta de las plataformas de streaming, pues si no encuentra alguno ahí, todavía lo busca en DVD.
Para él, reproducir un disco es una experiencia diferente, donde se disfruta incluso la portada del objeto. Además señala que sigue siendo más barato, pues ver ánime en streaming implica primero pagar el internet y después las suscripciones de cada plataforma.
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La afición puede durar toda una vida, y lo que hace veinte años podía ser un DVD más, hoy se atesora. Cuando Delgado comenta que aún guarda muchos de esos discos, sólo explica que lo hace “por la nostalgia”.
Alejandro no es un caso aislado, es ejemplo fiel de un estilo de vida que gira en torno a las animaciones niponas y, hasta antes de la pandemia, alrededor de discos que se vendían entre una hoja tamaño carta impresa a color, como portada, y envuelto en un sencillo celofán.
El consumo de DVDs pirata, en especial los de ánime, tuvo detrás otro fenómeno conocido como los fansub. El término, a partir de las palabras “fan” y “subtítulos”, se refiere a la tarea de subtitular contenido audiovisual, que la mayoría del tiempo se hacía de fans y para fans.
En un artículo para la Revista de Traducción Especializada, Jorge Díaz (Universidad de Roehampton) y Pablo Muñoz (Universidad de Granada) definieron al fansub como “una versión traducida y subtitulada, producida por fans de un programa de ánime japonés”.
Más importante aún, el mismo texto reconoce a los fansub como una tradición entre aficionados que se remonta a los años 80 y que en 2006 ya se habían convertido en un fenómeno social masivo del internet, sin mencionar que, aunque no es la norma, muchas veces ofrecen calidad profesional.
La piratería es un aspecto más complejo, pues de acuerdo con Jorge Díaz y Pablo Muñoz, los fansub de finales de los 90 a mediados de los 2000 tenían la regla autoimpuesta de detener la difusión de un ánime traducido por ellos cuando surgía la licencia comercial para su distribución.
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Por otro lado, el artículo se enfoca en los fansub de manera general y a nivel internacional, por lo que no precisaron qué países tomaron en cuenta, detalle a considerar porque los autores mencionan la difusión de ánime en VHS y por internet, pero no en DVD.
En México, la forma más usual de consumir ánime fue el DVD pirata, quizá en gran parte por la difusión del internet en los años 2000. El servicio aún no llegaba a muchos hogares, por lo que familiarizarse con la red también era otra brecha de por medio.
Fue así que se creó un puente que dio vida a los DVD de ánime, hechos por fans y para fans, aunque a diferencia de los casos estudiados por los catedráticos, la difusión sí tomó la forma del comercio.
Se sabe que la producción arrancaba al otro lado del océano, con la “grabación” de las transmisiones de TV japonesa, pero lo que algunos vendedores confirmaban es que los discos con subtítulos en español muchas veces salían de España.
Tampoco era muy difícil de imaginar, pues no pocos fans recordarán haber conocido palabras como “cabrear” y modismos como “tío” al reproducir sus DVD de ánime. Además del idioma, los subtítulos también resaltaban por sus efectos especiales, desde colores y tipografía variados hasta animaciones.
El siguiente punto en la cadena de producción era el contacto entre España y la CDMX, pero ese punto ya tenía más secretismo, aunque Alejandro Delgado menciona que en los 2000 los distribuidores se encontraban en Tepito.
Hoy en día, entre todos sus pasillos, sólo un comercio de la Frikiplaza de esta capital continúa con la venta de DVD. Cuenta con todo lo que se pueda imaginar, desde clásicos de los años 80 hasta series estrenadas hace menos de medio año.
Aunque pareciera que ya es un producto olvidado, ahora que la plataforma Crunchyroll ofrece cientos de títulos de ánime y tras la reciente sociedad entre Netflix y los estudios MAPPA (famosos por Jujutsu Kaisen y Chainsaw Man), los fans más nostálgicos aún se acercan a preguntar por DVDs de las series que los marcaron.
Sin embargo, la petición de una entrevista no tuvo éxito, por lo que toca quedarse en el misterio, a veces colorido y fascinante, de quiénes son los ingeniosos artífices del DVD que logran poner en un disco series enteras que los fans promedio no podemos ni guardar como una captura de pantalla.