Esta semana, Estados Unidos reunió a los ministros de innovación de las principales economías del mundo y a algunos de quienes protagonizan la revolución de la inteligencia artificial (IA). En Chapel Hill, el G20 acordó los Principios de Carolina para Tecnologías Emergentes. La sede no pudo ser más apropiada: forma parte del Triángulo de Investigación de Carolina del Norte, referente tecnológico de la costa este estadounidense, como Silicon Valley lo es de la costa oeste.

La reunión forma parte de la agenda impulsada por la administración Trump durante la presidencia estadounidense del G20 en 2026, con el objetivo de colocar nuevamente el crecimiento económico y la prosperidad en el centro de su agenda. Sus tres prioridades: reducir cargas regulatorias, asegurar energía accesible e impulsar la innovación en IA y tecnologías emergentes.

Lo acordado en Chapel Hill confirma algo que en este espacio hemos señalado en múltiples ocasiones: innovación que no llega al mercado difícilmente puede considerarse como tal. Los Principios de Carolina contemplan el ciclo completo de la innovación: desde la investigación básica hasta la adopción y comercialización del conocimiento generado. Incluso proponen crear vías integradas “del laboratorio al mercado”, capaces de conectar investigadores, MiPyMEs, industria e inversionistas. Investigar genera conocimiento; innovar exige llevarlo a la práctica y explotarlo para generar desarrollo.

En ese tránsito del conocimiento al mercado, la propiedad intelectual (PI) desempeña un papel fundamental. De ahí que uno de los seis pilares de la declaración ministerial esté dedicado expresamente a la PI y la IA. El G20 reconoce que este sistema puede apoyar a innovadores, creadores y titulares de derechos, preservando al mismo tiempo oportunidades para el desarrollo y despliegue de la IA y la inversión necesaria para su progreso. La conclusión es clara: las políticas y la legislación de PI deben seguir de cerca el papel de la IA en la innovación.

Howard Lutnick, secretario de Comercio de Estados Unidos, resumió bien el equilibrio: un sistema de PI que funcione debe apoyar a innovadores y creadores y, al mismo tiempo, preservar las oportunidades para la competencia y comercialización de la IA. Importa, dijo, porque será la inversión privada la que impulse el progreso tecnológico. En otras palabras, la PI no debe convertirse en freno de la IA, pero tampoco ésta puede desarrollarse al margen de los derechos que incentivan la creación y la innovación.

Que China haya coincidido con estos Principios resulta significativo. La IA se ha convertido en terreno de competencia económica, tecnológica y estratégica entre las grandes potencias; que Estados Unidos, China, la Unión Europea y las demás economías participantes compartan una visión sobre cómo impulsar la innovación no elimina sus enormes diferencias, pero sí revela un terreno común: la innovación será determinante para la competitividad y el desarrollo.

México, congruente con el reto de llevar el conocimiento al mercado y convertirlo en innovación, estuvo presente con su secretario de Economía. Marcelo Ebrard comparó la irrupción de la IA en la economía con lo que significó la llegada de la electricidad a la industria y destacó también el incremento de casi 50% en el otorgamiento de nuevas patentes por el IMPI entre 2024 y 2025. Es una buena noticia, pero conceder más patentes no significa, por sí mismo, innovar más.

La pregunta es qué sucede después de otorgarlas. ¿Cuántas llegan al mercado? ¿Cuántas se licencian? ¿Cuántas atraen inversión, crean empresas, aumentan productividad o generan bienestar? Una patente protege una invención, pero adquiere verdadero impacto cuando ésta se explota. Ahí está precisamente el reto que los Principios de Carolina colocan sobre la mesa: construir las vías que permitan llevar el conocimiento al mercado.

Jensen Huang, fundador y CEO de NVIDIA, recordó a Ebrard que las supercomputadoras de su empresa se fabrican en México y expresó su intención de visitar nuestro país para ayudar a impulsarlo hacia la era de la IA. El reto es aprovechar esa manufactura para avanzar también hacia la mentefactura: generar, proteger y explotar el conocimiento que le da valor.

Chapel Hill es una escala rumbo a Miami, donde en diciembre se reunirán los líderes del G20. Para México, sin embargo, la ruta debe ir mucho más allá. La carrera de la innovación no se ganará solamente con más chips, mejores algoritmos o más patentes, sino con la capacidad de generar conocimiento, protegerlo, llevarlo al mercado y convertirlo en desarrollo.

No partimos de cero. Jalisco, con el clúster tecnológico de Guadalajara, es uno de los ejemplos de que México sabe construir autopistas de innovación. El reto es ampliarlas y construir muchas más.

*Especialista en propiedad intelectual y protección de innovación

X: @MA_Margain

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