Se dice feliz y libre. Probablemente porque no es la víctima, sino el victimario.
A Luis de Llano no le bastaron las casi 24 horas detenido en un centro de reclusión temporal en Tlalpan. Estuvo ahí, no por el abuso que cometió contra Sasha Sokol cuando ella tenía 14 años y él 39, sino por negarse, durante meses, a cumplir una sentencia: ofrecer una disculpa pública. Dos órdenes de arresto, quince horas acumulables cada una, y sólo declaró “me siento libre y feliz”. La escena ilustra lo que sabemos desde el feminismo y Sokol lleva diciendo desde 2022: el silencio, cuando lo sostiene quien tiene el poder, también es una forma de violencia.
El caso llegó a la Suprema Corte y, de acuerdo con la resolución de junio de 2025, sentó un precedente histórico: ya no importa cuántos años hayan pasado, una víctima de abuso sexual infantil siempre puede demandar y exigir justicia. El tiempo dejó de ser el aliado de los agresores. Sokol lo dijo con una claridad que todavía duele: tenía normalizada esa relación por el nivel de manipulación y grooming que vivió. Esa frase condensa lo que la evidencia confirma una y otra vez: el abuso sexual infantil rara vez se parece a la violencia que imaginamos. Se disfraza de cuidado, de oportunidad, de cariño desigual entre alguien que manda y alguien que apenas empieza a existir.
Los números son contundentes –y dolorosos–. Según el estudio publicado en la revista científica The Lancet en 2025, el primer análisis global del fenómeno con datos de 204 países, una de cada cinco mujeres y uno de cada siete hombres mayores de 20 años fue víctima de abuso sexual antes de cumplir la mayoría de edad. UNICEF documenta que más de 370 millones de niñas y mujeres vivas hoy sufrieron una violación o un abuso sexual antes de los 18 años. En México, las cifras son igual de crueles: de acuerdo con la ENDIREH 2021, 12.6% de las mujeres de 15 años y más –unas 12.4 millones–, vivieron violencia sexual durante la infancia. La organización Reinserta calcula que cada día más de 30 NNA son abusados sexualmente en el país. Y siete de cada diez agresores, según distintos estudios sobre el tema, son familiares o personas cercanas a la víctima.
El caso Sokol es polémico. Muchas personas señalan omisión de sus padres, otras el apetito de fama de la muy joven artista y algunas más se atreven incluso a decir que todo es un invento. Más allá de interpretaciones o repartición de culpas, el hecho es que la relación se dio en un contexto de asimetría de poder, terreno donde el abuso infantil prospera dentro de la familia, la escuela, el deporte, el espectáculo. Por eso la resistencia de Luis de Llano a pedir perdón funciona con la misma lógica de impunidad que durante décadas mantuvo callada a Sokol y a millones de mujeres cuyas historias nunca llegarán a una sala de la Corte.
Hoy, la ley ya no protege ese silencio. Sin embargo, la ley, por sí sola, no arregla nada si la sociedad sigue exigiéndole a las víctimas pruebas de su dolor, o disculpas a cambio de credibilidad. Sokol ha dicho que donará la reparación económica a organizaciones que atienden a sobrevivientes de abuso sexual infantil, como un modo de convertir su proceso individual en algo colectivo. Esa decisión es quizás el gesto más elocuente de todo el caso: la justicia no termina en una sentencia, empieza ahí. Sólo así podemos hablar de reparar, hasta la sonrisa.
@MaElenaEsparza
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