Cuando Schumpeter hablaba de “destrucción creativa” traía implícita la idea de que la tecnología era deflacionaria: las empresas hacen más con menos, los márgenes suben y los precios bajan. En ese sentido, la IA se parece al sueño perfecto del economista austriaco: más crecimiento, más utilidades y menos inflación; y durante estos últimos años, la historia que nos han contado tiene ese ángulo, sin embargo, ¿qué pasaría si para lograr esto, primero hay que pagar un precio?

Para que la IA pueda llegar a ser deflacionaria, primero tiene que construirse, y construirla implica gastar en centros de datos, chips, memoria, electricidad, enfriamiento, transformadores y generación. Antes de existir en la nube, tiene que pasar por el mundo físico y, a diferencia del mundo digital, éste tiene cuellos de botella. La promesa de la IA se está convirtiendo, al menos temporalmente, en una fuente de demanda constante, y cuando la demanda crece más rápido que la oferta, el resultado no es productividad, es inflación.

Los grandes jugadores tecnológicos están elevando su gasto para asegurar capacidad de cómputo. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de centros de datos creció 17% en 2025 y que el de los centros enfocados en IA creció todavía más rápido. También advierte que su consumo podría duplicarse hacia 2030. Esto no es menor: la electricidad, un insumo aburrido, se está volviendo un activo estratégico y costoso. Por otro lado, cuando todos quieren los mismos insumos tecnológicos en las mismas regiones, suben los precios de equipos, permisos e infraestructura. Lo que empezó como una historia de software terminó siendo una historia de gasto de capital fijo.

¿Esto quiere decir que la IA será estructuralmente inflacionaria? No necesariamente. El escenario más probable sigue siendo que, en el largo plazo, ayude a reducir costos, mejorar procesos y elevar productividad. Pero los mercados no viven sólo en el largo plazo; también viven trimestre a trimestre, y la inflación más importante es la de hoy, no la de dentro de 5 años.

Y ahí está el dilema. Si la IA impulsa el crecimiento, pero también presiona precios de corto plazo, la Fed podría encontrarse con una economía más fuerte de lo esperado, pero con una inflación más incómoda de lo deseado. En ese escenario, la narrativa de recortes se complica.

Para los inversionistas, esto introduce una pregunta incómoda: ¿qué parte de las valuaciones descansa en una IA que reduce costos y qué parte descansa en una IA que todavía los eleva? En el primer caso, las utilidades futuras podrían justificar múltiplos altos. En el segundo, los márgenes podrían presionarse si es que ya están incorporando demasiadas buenas noticias.

La conclusión no es que la IA sea una burbuja, ni que el entusiasmo esté equivocado. La conclusión es más simple: toda revolución tecnológica tiene una etapa de inversión, y esa etapa puede ser inflacionaria. Antes de cosechar productividad, hay que pagar infraestructura. Antes de ver eficiencia, hay que absorber costos. Y antes de celebrar que la IA cambió la economía, habrá que ver si la realidad no se termina imponiendo y termina cambiando el enfoque que nos han vendido acerca de la IA.

VP/Co-Director de Inversiones en Franklin Templeton México

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