En Estados Unidos existe un movimiento que se ha denominado “tradwives” que hace referencia a mujeres que desean revivir roles que existieron en el pasado y que están ligados a estereotipos de género. Regresar a lo que supuestamente le corresponde hacer a las mujeres atendiendo a su biología. Así, se valora, antes que nada, su capacidad reproductiva, satanizando todo aquello que vaya en contra de esa “virtud”. Las tradwives regresarían a los roles de limpieza de la casa, de preparación de la comida y, en general, del cuidado de los hijos y del marido. El rol de ellas se acoplaría con el de un marido proveedor, natural jefe de la familia. Del espacio privado son ellas las dueñas como amas de casa, del público, totalmente ellos.

No se trata, sin embargo, sólo un regreso en los roles. Sino de nuevo, de cuestionar los derechos que con lucha de siglos han conquistado las mujeres, en especial, al voto, al trabajo y al ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos. En especial, el control natal que les ha permitido decidir sobre sus proyectos de vida.

Cada mujer debería tener la posibilidad de elegir qué tipo de vida quiere y, entre otras opciones, está el de realizar el rol tradicional, pero como elección personal. Otra cosa es, sin embargo, que se proponga como un patrón ideal que haya que seguir socialmente.

El modelo reafirma que la época de la preminencia del varón sobre la mujer era mejor y que las ideas de igualdad no sólo no tienen sentido alguno, sino que han provocado daños a nivel social. ¿Alguien puede creerlo seriamente? El movimiento está cobrando fuerza en Estado Unidos con mujeres líderes que, curiosamente, tienen presencia en el espacio público y no han desempeñado, para nada, roles tradicionales como es el caso de Erika Kirk.

El movimiento no es solo de la época oscura de Trump, sino que ha buscado permear en espacios de Europa del Este y, desafortunadamente, en América Latina en lugares como Brasil, Paraguay y la mayoría de los países centroamericanos. Detrás de ello hay grupos evangélicos con enorme potencial económico que predican la existencia de un mandato divino que debe llevar a que hombres y mujeres cumplan los roles tradicionales previos a las conquistas del malvado feminismo. Muchos hombres, sobre todo los más jóvenes, se ven ahí en el papel privilegiado de pater familiae y algunas mujeres, las menos, se ven aceptando estoicas su destino.

Hay que apuntar también que el movimiento está impregnado de una visión blanca con privilegios de raza y clase. Para muchas mujeres trabajar o no fuera de casa no es opción, es necesidad. Y muchos hombres, aunque quieran porque el modelo les da poder, no pueden ser ya el único sostén del hogar. Eso es parte del propio modelo capitalista en el que están insertas las líderes del tradwives. Habrá que preguntarse si esas mujeres blancas, preponderantemente del centro de los Estados Unidos, llevarán gustosas la carga del hogar o contratarán a afrodescendientes y latinas para aligerar sus tareas y cumplan satisfactoriamente su rol. De ese modo se seguirán reproduciendo las desigualdades y las injusticias que ya se han venido desmontando desde hace varias décadas.

Más de cien años de lucha por la igualdad no desaparecerán de un plumazo. La propuesta es hasta económicamente inviable. Lo que más asombra es, sin embargo, que estas ideas encuentren complacencia entre mujeres y hombres de hoy.

Catedrática de la UNAM @leticia_bonifaz

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