El personaje no recula ni enmienda. Me refiero a Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, el joven y muy controvertido político morenista que es hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. López Beltrán no acaba de entender que, en política, cuando alguien anda tentando al destino, provoca que lo privado se vuelva público porque se convierte en algo de interés para la sociedad, y, por lo tanto, resulta periodísticamente atractivo. Él es carne para los leones cada vez que, torpemente, hace algo indebido, como su grosero berrinche en forma de insolente carta a Trump para protestar porque Estados Unidos le canceló su visa. En este país la oposición no está ya en los partidos (éstos se han vuelto testimoniales) sino en los medios de comunicación y en las redes sociales que pueden ser insaciables… y el chaval nomás no se entera. En el momento en que López Beltrán empezó a exhibirse gozando y ostentando (perdón por el eco) una vida que se contraponía con los principios de austeridad y recato no sólo de su padre sino del movimiento político y social del que forma parte, provocó que fuera auscultado hasta en sus calcetines, y más cuando sus presuntas amistades presumen no sólo tráficos de influencia sino la probable comisión de delitos. Para citar a un clásico, necesita serenarse, tomarte un tecito, tener corazón caliente, pero cabeza fría. Y no, no puede. No se le da. Se enfurece y su iracundia está mal conducida. Se hace la víctima y su guion es malísimo.

Su padre, Mr. Teflón, se podía permitir toda clase de excesos, insolencias y arrebatos porque su esencia como animal político era enorme y se la había ganado durante décadas de activismo y apoyo popular, pero él, López Beltrán, hasta ahora, sólo ha coleccionado fracasos electorales y escándalos mediáticos.

¿Por qué? Porque él no es AMLO y eso no lo entiende. De verdad, no entiende que no entiende, pero, sobre todo, no asimila que no asimila. Está en negación. Se mira en el espejo y encuentra a su padre tatuado en su cara, pero no sólo ahí: en su voz, en su risa, en sus frases, en sus cartas. Y no, date cuenta, amigo. La gente cantaba, gritaba, rezaba “Es-un-honor, estar-con-Obrador” porque eso jalaba, se pegaba, se tatuaba, rimaba por la procedencia indómita y guerrera, por el origen de lucha incansable siempre cerca de los modestos, de los humillados y ofendidos, de los fantasmas y olvidados, nunca de los machuchones. Su padre no andaba en los hotelazos, en las boutiques, en las gastronomías fifís, mucho menos buscando hacer negocios con cuates. No lo comprende López Beltran y todavía se queja: “No me quieren, no me respetan”, como si el liderazgo llegara a través de un notario. Nadie ha gritado ni cantará jamás “Es-un-honor, estar-con-Beltrán”. ¿Qué es eso? No, no suena. No vende. No es marca política promisoria ni ahora ni nunca, y no sólo por la atonía arrítmica sino porque no se lo merece. Y no lo digo yo, lo dicen muchas mujeres y hombres morenistas de cepa que mueren con AMLO y Claudia Sheinbaum pero que son muy críticos el hijo del ex y “sus desplantes que estorban, que ensucian, que no ayudan a nada en nada”. Parece que necesitaba un desafuero mediático para lanzarse a una campaña en calidad de víctima y mis amigas y amigos morenistas nomás niegan con la cabeza mientras preguntan una y otra vez: “¿A quién chingaos se le ocurrió semejante insensatez?”.

Con fingido acento tabasqueño imagine usted esto como intento de coro en una marcha y mitin apoteósico: “Amigas y amigos, Rubio y Landau me quitaron la visa. Soy un perseguido como mi papá”. Esteee… Silencio con fondo de grillos. No, mano, me quitaron la visa los pinches gringos comandados por su energúmeno Trump no es equivalente a Fox y sus canallas me persiguen y desafueran y me quieren meter a la cárcel para que yo no llegue a la Presidencia”. Un millón de personas no va a marchar porque el chaval no tiene visa. No sé quién sea su consejero o consejera, su asesor de imagen, a qué despacho contrató, pero vaya fiasco en su intento por erigirse en el nuevo Jean Valjean de la política mexicana para nutrir sus ínfulas de precandidato presidencial monárquico en 2030 (o 2036, da igual).

Le pesa mucho su padre y no se entera. Andrés Manuel, el llamado “Andy”, si persiste en ser Andrés Manuel II, acabará muy mal. No será el delfín, y por eso, para su desgracia, fracasará en todo, lo cual, paradójicamente, está siendo muy liberador para la 4T, que, en el fondo, y más allá de respaldos públicos, lo está dejando ahogarse sólo. Y hace bien.

AL FONDO

Ahora déjeme le cuento una historia personal que nunca he narrado en una columna y que quizá ayude a entender lo que pesa (o no) tener un padre muy destacado. Noviembre de 1988 (hace como 38 vidas, pues). Carlos Salinas de Gortari recién asumió el poder luego de una elección dudosa, fraudulenta. Yo acabo de regresar a México después de casi dos años de vida en París, donde había hecho una corresponsalía de Europa Occidental. Mi tiempo en Ciudad de México oscilaba entre el reporteo de día y el trabajo de edición de notas ajenas en las noches, salvo cuando tenía que teclear un texto mío. Es la tarde-noche de un día cualquiera. Me llama a su oficina El Director. Así le decíamos: El Director, con mayúsculas. “Juan Pablo… te llama Don Manuel”, fue a buscarme hasta la Redacción nuestra querida Doña Angustias, como las reporteras y reporteros le decíamos a Angélica, su asistente, cuando ella suponía lo peor y empalidecía casi hasta la transparencia y sus pupilas se dilataban desmesuradamente. Manuel estaba, como siempre en las noches, casi en penumbra, con una pequeña lámpara flexible iluminando parte de su escritorio, el espacio exacto donde corregía cuartillas de papel Revolución, el artículo de algún colaborador que se sentía El Escritor, La Última Coca-Cola del Viejo Oeste, supe minutos después.

-Dime. -Siéntate por favor -dijo sin voltear a verme. Silencio. Cuando concluyó su trabajo levantó la cabeza, me miró, clavó su penetrante mirada de ojos azules en mí, sonrío pícaramente (ahí viene la travesura, me dije en silencio, espero que no contra mí). Se puso de pie, abrió la pequeña puerta corrediza que comunicaba su oficina con la Mesa de Redacción, entregó el texto al gran Jefe de Mesa, Don Carlos Narváez, regresó a su despacho y cerró la puerta.

-Este articulista que acabo de corregir es como aquel Mamín, que se sentía muy Mamín, y… ¡trompetillas!

Nos carcajeamos a costillas de ambos personajes.

- ¿Bebemos algo en Sacramento y cenamos? -propuso.

Horas después fuimos a su casa en la colonia Del Valle, que antes había sido de mis abuelos paternos, y al primer brindis con güisqui (“porque nunca se extingan los Mamines”, otra vez nos carcajeamos), me dijo:

- De lo que hablamos el fin de semana en Malinalco (ahí teníamos una pequeña casa con un buen terreno campirano antes de que el pueblo fuera invadido por foráneos), ¿quién va a ser tu subdirector?

- Néstor -respondí sin vacilar. Me escrutó, caminó a lo largo de la sala, tal como solía hacer mientras pensaba o hablaba, desanduvo sus pasos para coger su trago que descansaba sobre el lindísimo bar con rueditas y puertas de madera brillante, barnizada. Sorbió.

-Néstor Martínez -caminó asintiendo.

-Sí -reafirmé sin explicar nada desde mi sillón.

-Escribe bien. Redacta de forma casi impecable. Es muy buen tipo, me han dicho. -Sí, pero no se lo digas mucho, no se lo vaya a creer y no se nos vuelva otro Mamín, y además siendo futbolista con zurda diestra y con novia argentina, imagínate, peor… -volvimos a reír.

Otro sorbo, se acomodó la larga barba blanca, también los bigotes curveados, me miró complacido. - ¡Vaya! ¿Qué caray! Su tío (Gonzalo Martínez Maestre) es mi Subdirector en la Mesa y ahora el sobrino va a ser tu subdirector. ¡Muy bien!

-Sí, pero Néstor es mejor porque es de izquierda y tu subdirector es reaccionario -lo espolee.

-Insolente -se rio.

Manuel Becerra Acosta (así se firmaba él) ya quería dedicarse a escribir. Era muy joven, tenía 58 años, y deseaba consagrarse a sus tentaciones literarias en poco tiempo, un año más tarde, máximo en dos años, decía, y se trazaba una meta irrenunciable: cuando cumpliera 60. Hasta ese día ya había publicado cuatro libros: Dos poderes, estupenda crónica-ensayo sobre el golpe a Excelsior, Las primeras aventuras, novelita medio biográfica, Triple Función, de relatos sabrosos, y Sucesión en familia, una pieza magistral donde ridiculizaba al PRI a través de un personaje ominoso en el que seguramente se vio reflejado Carlos Salinas de Gortari.

Néstor y yo teníamos la misma edad, 25 años, pero habíamos empezado pronto en el oficio (a los 19 años en mi caso), y yo ya había hecho trabajo de editor en aquella extraordinaria Mesa de Redacción plagada de diestros artesanos de la pluma donde aprendías no sólo a corregir sino a editar, a formar páginas, y, sobre todo, el arte de cabecear.

Manuel me heredaba el compromiso de modernizar el unomásuno, aquel diario que fue un parteaguas del periodismo nacional entre 1977 y 1989, luego del golpe a Excelsior de Luis Echeverría contra Julio Scherer (Director) y mi padre (Subdirector). Pero en México la vida ligada a la política siempre tiene otros planes, así que unos meses después, en enero-febrero de 1989, por órdenes del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, que detestaba a mi padre, nos arrebataron el periódico y nos exiliamos, primero mi Manuel, luego yo hasta 1991.

Sucesión frustrada, pero heredar era muy válido, se trataba de una empresa, Editorial Uno S.A. de C.V., en la cual mi padre tenía la mayoría de acciones y hasta en su testamento asentaba que el mayor porcentaje del paquete accionario para controlar la sucesión era para mí, lo cual era un honor, pero representaba un descomunal reto. Mi abuelo había sido un gigante del periodismo, de la vieja guardia, cofundador del Excelsior y director del periódico a partir de 1965 y hasta su muerte en 1968. Mi padre era el mejor periodista mexicano de la segunda mitad del siglo veinte y un director incomparable, con un olfato periodístico irrepetible, así que la forma de abordar mi propio destino era muy sencilla: tuve el privilegio de tener a Manuel no sólo como padre y amigo sino como maestro personal durante los primeros seis años de mi vida periodística, lo gocé a tope, pero yo debía emprender un camino propio, nunca tratar de ser él, ni siquiera osar pensar en ello, sino, en todo caso, honrar su legado y el de mi abuelo. Nada más, nada menos.

En el unomásuno ya teníamos preparado un nuevo y extraordinario inversionista que representaba también el vínculo con quien pocos años después se convirtió en uno de los hombres más ricos de este país. Íbamos a adquirir una rotativa a color, a contratar más reporteras y reporteros y fotoperiodistas jóvenes para hacer una nueva con una nueva generación de periodistas después de los extraordinarios elementos que habían estado ahí desde el inicio, pero, sobre todo, la idea era desprendernos lo más posible del gobierno federal, de cualquier gobierno, y de sus amenazas de siempre a través del papel requisado, de la publicidad negada, de los ataques fiscales. La confianza de la iniciativa privada y los lectores era la visión para hacer sostenible el diario en el siglo veinte, a punta de reportajes de investigación sin concesiones, pero sin el amarillismo que otros tenían en sus procesos.

El secreto cuando uno tiene un padre descomunal es no imitarlo sino agradecer sus enseñanzas, enorgullecerse de lo que fue y aportó, y construir en libertad un sendero propio. Ante la desolación por el despojo del unomásuno la vida seguía, tenía que seguir, y fundé una revista con otros colegas (Macrópolis) y luego como reportero, en un segundo aire, me especialicé en crónicas, entrevistas, reportajes de las zonas miserables del país, después en la política, y finalmente en las zonas del riesgo del crimen organizado sobre todo desde el 2006 y hasta la pandemia, todo distinto a lo que habían hecho mi abuelo y mi padre. Más adelante, tuve subdirecciones y direcciones de otros medios.

Y tantán. Ya está. Buena, mala, regular, la obra propia compete al juicio de los lectores y televidentes, pero lo relevante es jamás cargar el peso de querer ser tu papá. Ahí están las historias impresas o en video, pero jamás pretendí ser otro Manuel. Y en cambio el joven llamado Andy sí quiere ser otro Andrés Manuel. No lo será, y por eso, para su desgracia, fracasará porque un movimiento social no es una empresa privada, es complicadísimo heredar en una democracia, en la política.

O quizá López Beltrán ande confundido y no sepa que la 4T y México no son monarquías políticas.

jp.becerra.acosta.m@gmail.com

Twitter: @jpbecerraacosta