El mexicano tiene la tendencia a buscar la legitimación a sus dichos en el otro, entiéndase en el afuera. Se busca que otras naciones respalden el discurso de los de adentro y a medida que los de afuera, extranjeros, apoyan la postura, este parece tomar cierta legitimidad.

Quizá, sería necesario preguntarse: ¿Hasta qué punto al mexicano le da más confianza lo dicho por otra nación que lo mencionado por sus compatriotas? Súmesele, a lo anterior, una pregunta oportuna y necesaria: ¿Qué tan importante es que nos den o quiten la VISA norteamericana? O mejor aún, ¿Tener VISA es un elemento probatorio de que se está en la ilegalidad? No lo creo, y anticipo que no defiendo a quiénes se las han quitado, pero me parece que el tema es más profundo, y bastaría hacer memoria para mencionar personajes que les negaron el documento, digo el nombre de Carlos Fuentes, un intelectual progresista que por sus ideas y en un primer momento su cercanía a la Revolución Cubana se le negó el acceso a Estados Unidos, llegaron al extremo de vigilar las reuniones que sostenía, vaya entonces nimiedad si el parámetro es que una nación otorgue o no un documento, y más si es una nación como Estados Unidos que guarda silencio y no detiene, a los estadunidenses, que de manera ilegal venden armas al crimen organizado mexicano; una nación que persigue y asesina a nuestros compatriotas. Nos debería de preocupar y avergonzar construir un ideal de justicia basado en nación que únicamente protege sus intereses sin importar los derechos que tenga que pisotear, ahí no se encuentra la solución a nuestros males.

¿De dónde proviene esta necesidad a que lo exterior legitime nuestra política nacional? Ejemplos podemos tener muchos. Podríamos encontrar una primera raíz en los españoles que se alinearon con los grupos indígenas para vencer a los mexicas; deberíamos de rastrear, también, en los dos imperios fallidos que tuvimos; o en el lamentable golpe contra Francisco I. Madero donde intervino de manera descarada la embajada de Estados Unidos en México. Hay una tendencia histórica a buscar en lo extranjero una solución a nuestros males, aunque los resultados sean catastróficos para nuestra nación.

El trasfondo es la impunidad que ha existido, siempre, en nuestro sistema de justicia, donde el poder político se ha impuesto a la ley, nulificando, así, toda posibilidad de actuar apegados al Estado de derecho.

La impunidad y corrupción son los males que han azotado a nuestra nación. Van de la mano y ambas no permiten que construyamos un sistema de justicia basado en derecho. El ADN priista nos legó la falsa idea de que con palancas y dinero todo se podía resolver. Nunca un alto funcionario ha pisado la cárcel, en secreto existe un pacto de impunidad entre la clase política que no permite se castiguen los delitos de enriquecimiento ilícito, el presupuesto público se ha utilizado como el patrimonio personal de los grupos políticos.

La lentitud de nuestro sistema de justicia responde a la necesidad de hacer que se olviden los delitos. La sociedad todos los días se pierde en una nueva noticia de corrupción y se olvida de exigir se castigue el suceso anterior. Es así como la cadena de corrupción se ha hecho infinita.

Hipócritamente nuestros políticos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Que bueno que Rocha Moya haya pedido licencia, ojalá que se le investigue y si es responsable se le castigue; pero también, esperamos que tanto Jorge Romero, por la corrupción inmobiliaria, o Alejandro “alito Moreno, por el daño que hizo al erario de Campeche, sean investigados y llevados a la cárcel por sus delitos, solo así podremos tener un verdadero Estado de derecho.

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…