Dicen por ahí que no hay nada nuevo bajo el sol. No lo creo, pero… Hace 120 años exactos (vean la fecha por favor) G. K. Chesterton escribió: “como nos hemos tomado muy en serio las cosas frívolas, naturalmente que nos tomamos las cosas serias muy frívolamente”. El 25 de agosto de 1906 apareció en el semanario gráfico Illustrated London News, su artículo “Sobre los quesos locales. La seriedad en el baile y los deportes”, en el cual desarrolla esa idea. (El fin de una época. Ediciones Encuentro. Madrid, 2019).

1) Un integrante de la Cámara de los Comunes había pedido la palabra para preguntar al presidente del Comité de Intendencia “si el queso de Cheshire que se sirve habitualmente en el comedor de la Cámara es realmente un producto de Cheshire, o si es una imitación…”. La crucial interrogante, realizada en el pleno de la Cámara, no podía desatar en Chesterton más que un cotorreo sabroso: por esa vía apuntaba, algunos preguntarían también si la ensaladilla rusa era “un producto ruso genuino” y, ¿por qué no?, demandarían que la salsa holandesa “que los miembros de la Cámara soliciten se les proporcione directamente de Holanda”. (Por mi parte, me sentí defraudado al saber que las enchiladas suizas no eran de Suiza, la pizza hawaiana no era de Hawái y el pan francés tampoco era de Francia).

El recinto en el cual está presente la representación del pueblo en la Gran Bretaña, diseñado para procesar las más diversas iniciativas de carácter legislativo, elegir al primer ministro, controlar al gobierno, convertido en un espacio para certificar o no el origen de los alimentos que consumían sus miembros. Lo importante nublado y sustituido por lo frívolo.

2) Por el contrario, decía Chesterton, “la mayoría de los deportes se toman con demasiada seriedad”. “Tengo la sospecha de que los deportes físicos eran mucho más efectivos y beneficiosos cuando no se tomaban tan a pecho. Uno de los rasgos fundamentales del deporte para que sea saludable es que se pueda disfrutar, se está convirtiendo en una religión falsa a pasos agigantados, con sacrificios y mortificaciones”. Los deportes eran en el pasado “juegos”, y “esta seriedad aterradora con la que se les considera es la causa real de toda la corrupción que ha surgido en él”. “El críquet y el futbol… los hemos hecho profesionales porque queremos que sean perfectos”.

Las cosas frívolas se asumían demasiado en serio. Si usted siguió el campeonato mundial de Futbol por televisión o radio o cualquier plataforma no podrá desmentir a Chesterton. Los narradores creían que estaban dando cuenta de una epopeya trascendente, un enfrentamiento no entre dos equipos sino entre dos naciones, de ahí los himnos y las banderas. Mientras, el público seguía el rumbo de sus respectivos equipos con pasión e incluso adoración. Los asuntos de cabeza: la incapacidad para jerarquizar convirtiendo lo importante en irrelevante y lo anodino en central.

Ahora bien, ¿quién es uno para señalar qué es lo frívolo y qué lo serio? Si las personas siguen con atención el desarrollo del futbol y le dan la espalda a lo que sucede en el Congreso, razones tendrán. Si los propios legisladores no se respetan a sí mismos, si suben a la tribuna a hacer chascarrillos y desatar broncas primitivas y lamentables, ¿quién los puede tomar en serio? ¿Si millones de personas siguen con ardor e interés cada una de las jugadas de sus respectivos equipos, quien los puede juzgar? La tendencia descrita hace 120 años creció. Quizá a estas alturas no exista salida. (Casi) nadie la quiere.

Profesor de la UNAM

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.