La noticia en las primeras planas del mundo fue ayer el avance de la extrema derecha en el estado de Sajonia-Anhalt, en el este alemán. Fue calificado como un “terremoto”, como una “conmoción” y como un “knock-out”. No es para menos, pues le dio la vuelta al mapa político germano. Se sabía por la consistencia de las encuestas que el partido Alternativa por Alemania (AfD) podría salir victorioso de estos comicios, pero no con esa contundencia, y el resultado tendrá implicaciones para las elecciones futuras en otros estados y casi con seguridad en las federales… además de que impulsará a los movimientos radicales en el resto de Europa.

Empecemos por recordar que en Alemania los sistemas políticos de los estados, o lands, también son parlamentarios, por lo que una victoria de cualquier partido, así sea aplastante, no significa de manera automática que ese partido vaya a gobernar, pues necesita hacer alianzas con otras formaciones. A menos, claro, que ganen con una ventaja tan aplastante que con sus propios votos obtengan la mayoría parlamentaria.

  1. ¿De dónde salió AfD?

Alternative für Deutschland fue creado en 2013 con una agenda muy cargada a la derecha y en contra de la Unión Europea, aunque eran tiempos distintos, pues enfrente tenían a una política titánica, Angela Merkel, conservadora también pero racional y moderada, y con una innegable fuerza para establecer consensos. Ese fue el año de la crisis del euro y precisamente la canciller decía que no existía “alternativa” al rescate de Grecia (luego sería el rescate al resto de los P.I.G.S.: Portugal, Irlanda, Grecia y España). De ahí provino el nombre de “Alternativa” para Alemania, connotando que efectivamente, habría una opción distinta, o sea ellos mismos.

Posteriormente, cuando en 2015 Merkel dejó entrar a un millón de inmigrantes, la mayoría asilados de la guerra civil siria, en un gesto de grandeza que será recordado por la historia, AfD se movió hacia la agenda xenofóbica, siguiendo (o liderando) la ola de descontento con la migración en prácticamente cada rincón europeo.

Por sus filas han pasado personalidades impresentables, algunas abiertamente filo-nazis, como Björn Höcke, líder del partido en Turingia, quien fue condenado por la justicia por utilizar conscientemente en sus mítines el lema nazi de las SA (Todo por Alemania) y llegó a calificar el Monumento al Holocausto de Berlín como un “monumento a la vergüenza”. O Alexander Gauland, cofundador del partido, quien relativizó el periodo nazi al describirlo como una simple “caca de pájaro” en más de mil años de gloriosa historia alemana. Otro de sus candidatos y parlamentarios regionales han sido expulsados o investigados tras revelarse su vinculación con grupos neonazis y por comentarios justificando a miembros de las SS, lo que llevó a las agencias de inteligencia a clasificar a varias de sus filiales regionales como “organizaciones extremistas”.

  1. El peligro de la normalización

Pero la labor de blanqueamiento del partido que han hecho algunos de sus líderes ha dado resultado. Algunos politólogos del país han dicho que el mismo Adolfo Hitler no aprobaría a AfD, porque le parecería poco radical, y que no serían a su gusto lo suficientemente fanáticos, racistas y antidemocráticos. Alice Weidel, una de las líderes más visibles, ciertamente no parece una figura típica a la que apoyaría el pintor austriaco, dado que es abiertamente lesbiana y vive en Suiza (¡en Suiza!) con su esposa, nacida en Sri Lanka.

También el mismo Ulrich Siegmund, el ganador en la pasada contienda, es un improbable nacionalsocialista, dada su eterna sonrisa, con la que terminó de normalizar al partido, haciéndose amigable ante los electores (hay muy pocas fotos de él en las que no aparezca sonriendo). Esta labor de blanqueamiento se ha atestiguado en otras latitudes en donde van ganando terreno los partidos ultraderechistas, como pasa en Francia, con la “humanización” que hizo Marine Le Pen del partido Agrupación Nacional. Lo preocupante es que AfD ya contaba con el 28% de las preferencias de voto a nivel nacional, o sea, el primer lugar, antes de la elección del domingo, y con toda seguridad este triunfo le dará un impulso de algunos puntos más (¿o provocará, al revés, una bajada en su aprobación por el miedo a que llegue a la cancillería en Berlín?).

También preocupa que haya ganado entre los jóvenes, quienes no tienen la memoria de la dictadura totalitaria que fue el nazismo y, por lo tanto, se pueden dar el lujo de votar por opciones que coquetean con este tipo de opciones políticas. Ciertamente están influidos por el miedo que inoculan en la población partidos como AfD, puesto que en el land casi no hay inmigrantes: apenas un 7% de la población. Es el poder de los mensajes en redes sociales que infunden odio, temor y teorías conspirativas (como la del “gran reemplazo” de la raza blanca por las otras etnias).

  1. Lo que proponen

La agenda de la AfD está basada en impedir que lleguen más extranjeros a Alemania, e incluso que los que ya están ahí, sean deportados, concepto que algunos llaman “remigración”, con lo que pretenden ir tan lejos como expulsar a residentes legales o ciudadanos “que no se hayan asimilado”. Es la versión germánica del etnonacionalismo tan en boga en diferentes capitales, empezando por el Washington actual.

Están contra la ayuda económica a Ucrania, y buscan un acercamiento a Moscú. En esto se acercan a los ultraizquierdistas, siempre tan dispuestos a justificar las carnicerías de Vladimir Putin. Lo que sí es un hecho es que los precios de la energía han subido desde la invasión rusa, dado que primero Scholz y después Merz tomaron la decisión soberana de cortar el cordón umbilical que abastecía de gas barato su economía, pero a costa de depender en ese rubro de una potencia extranjera que, además, como se acabó constatando, tiene intenciones belicistas y expansionistas.

El tema energético es crucial en la Alemania de hoy, y hay que reconocer que en esto se equivocó Merkel, al cerrar las plantas nucleares luego de la histeria antinuclear de los Verdes y ecologistas, después de lo ocurrido en Fukushima. La canciller cerró ocho plantas importantísimas de una de las fuentes de energía menos contaminantes que existen (junto con la eólica y la hidroeléctrica), mismas que hoy le hacen tanta falta a su país y que explican en parte su baja de productividad, por lo cual ha perdido su lustre exportador.

En lo cultural, proponen cambiar la narrativa que ellos llaman de derrotismo, de la memoria del pasado nazi, queriendo modificar la historia. En esto hay claramente una intención de negacionismo de los crímenes nazis.

  1. A un paso de formar gobierno

Con la victoria de ayer, AfD llegó a 43.8 de los votos, con lo que obtendría 39 escaños, a solo tres diputaciones de alcanzar la mayoría absoluta. La CDU (Unión Demócrata Cristiana), el partido del canciller Fredrik Merz, que en este land contaba con más de 40 asientos, se quedó apenas con el 17.2% de los votos, con 15 escaños. Los socialdemócratas, partido en coalición actualmente en el poder, se quedó con 9.3% de la votación; los Verdes, otrora poderosos, con 8.9%; el partido de izquierda Die Linke, con 8.6% y una sorpresiva BSW (Alianza Sahra Wagenknecht, una política de izquierda radical y nacionalista que se escindió de Die Linke), se queda en el parlamento, pues logró superar la barrera mínima exigida para ingresar.

Con esto queda la gobernabilidad en el aire, puesto que, a pesar de no tener la mayoría absoluta para gobernar en solitario, el altísimo porcentaje dificulta numéricamente cualquier otra coalición. Si logra formar gobierno, Ulrich Siegmund se convertirá en el primer ministro presidente de ultraderecha en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. Esto debilita fuertemente la figura del canciller Merz, lo que ya está provocando repercusiones y tensión dentro de su coalición. De hecho, algunos diputados díscolos de la CDU han manifestado que estarían dispuestos a votar en favor de que AfD llegue al gobierno, en contra de su propio partido. No sabemos si lo harán, pero lo cierto es que con tres o cuatro escaños que se cambien de posición, será suficiente. Lo único que podría llegar a detener a los alternativos es la estrategia política conocida como “cordón sanitario”.

  1. El cordón sanitario

En toda Europa se conoce con este término al bloqueo político hacia los partidos de corte antidemocrático, antiliberales o con tendencias al autoritarismo. Es lo que ha impedido que agrupaciones como la de Marine Le Pen hayan llegado a la presidencia en Francia, y también sucede en España, en donde Pedro Sánchez se volvió a imponer en las últimas elecciones gracias al temor de que el Partido Popular, de derecha moderada, formara gobierno aliándose con el partido xenófobo Vox. Todo esto augura negociaciones complejas e inestabilidad en el estado, pero lo que más apremia son las implicaciones que tendría económica y socialmente si su influencia se extiende.

El Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW Berlín) advirtió que la agenda económica de AfD provocaría un verdadero “desastre económico”, alertando de que sus propuestas desmantelarían el estado de bienestar, encarecerían la energía al frenar la transición verde y estrangularían el mercado laboral con sus políticas de deportación masiva. Más aún, un aislamiento proteccionista y la eventual salida del euro, que plantea el partido, costarían millones de empleos, desincentivarían la inversión extranjera y conducirían a una grave fuga de talento, lo que constituiría un clavo más en el ataúd económico en el que se ha metido Alemania, incapaz ya de competir con China como exportador, por sus altos costos, y en un franco proceso de desindustrialización. Ante este panorama, ¿habría sido mejor actuar preventivamente y proscribir al partido, como lo pedían tantas voces autorizadas?

6. Ilegalizar o no ilegalizar: ¿usted qué haría?

Apenas hace unas semanas, mil juristas enviaron una carta al Gobierno federal y al Bundestag para exigir que se declare ilegal al partido, dado que su ideología atenta directamente contra el principio democrático y la garantía de la dignidad humana. Advertían que esperar más tiempo para actuar exponía al país a un grave daño institucional. Ahora, todo esfuerzo en ese sentido llegaría demasiado tarde. Y claro, está la eterna discusión sobre qué se debe hacer con un partido antidemocrático que quiere llegar al poder por medios electorales para después atacar las libertades y la división de poderes: ¿ilegalizarlo lo haría más poderoso y popular?

Apenas hace unos días la prestigiosa revista Der Spiegel publicó en su portada la foto del candidato Ulrich Siegmund, con el titular: “¿el hombre más peligroso de Alemania?”. El problema es que eso resultó contraproducente para las intenciones de los editores de Stern, puesto que lo aupó mucho más, al convertirlo en un “perseguido por las mismas élites de siempre”. El peligro, una vez más, reside en el blanqueamiento y la normalización. Llegó a instalarse en el corazón de Europa el lobo con la piel de cordero…

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