Vamos al grano: en México ya no vivimos una normalidad democrática. Las leyes e instituciones que con tanto esfuerzo, cesiones recíprocas, diálogo político, estatura de miras y generosidad nos dimos las distintas fuerzas a lo largo de casi tres décadas, y que permitieron la alternancia en el poder, han sido destrozadas por el régimen de Morena. Peor aún, habiendo llegado a la cúspide del poder, lo concentraron en una sola persona y procedieron a hacer todo aquello que tanto criticaban: capturaron al árbitro electoral; corrompieron las Fuerzas Armadas; se hicieron de una mayoría calificada en el Congreso con una tramposa sobrerrepresentación que el electorado no les dio en las urnas, más la cobarde colaboración de un puñado de traidores. Se niegan al diálogo con los distintos y polarizan a diario. Hablan de soberanía con mero afán patriotero y demagógico pero no reparan en que ellos ya entregaron el territorio y buena parte de nuestras decisiones al crimen organizado. Los instrumentos de procuración e impartición de justicia están para proteger a los suyos y perseguir a los adversarios políticos. Y, por si fuera, poco, sus resultados en la gestión gubernamental son patéticos. Todas su pifias y actos de corrupción encuentran su explicación en culpar al pasado o en ridículos eufemismos para disfrazar la realidad. Abundan las encuestas a modo para hacernos creer que ya no hay nada que hacer. Presumen una supuesta popularidad de la encargada del despacho presidencial que no corresponde con los golpes de realidad que se lleva cada fin de semana. La pregunta es: ¿hay remedio? Y sí. ¡Claro que lo hay! siempre y cuando cada quién haga su parte. Primero, resulta imperdonable que tengamos un abstencionismo del 40 por ciento. Eso se llama negligencia y valemadrismo. La sociedad se dice ajena a la política y a los jóvenes no les hemos contagiado de ese espíritu rebelde que debe caracterizarlos para no quedarse fuera de la jugada. Finalmente será su país y su destino lo que, aquí y ahora, se comience a construir. La mezquindad de algunas fuerzas políticas es lamentable. Prefieren sus prerrogativas y plurinominales. Simulan ser oposición con palabras que topan con los hechos. Y, así, de manera indirecta, sirven como esquiroles del régimen, por lo que se ofrezca. Los empresarios y gran parte de los medios de comunicación —con sus honrosas excepciones— ven más por sus intereses temporales que por la trascendencia y el largo plazo. Concluyo convocando a una gran alianza entre partidos políticos y sociedad civil; a una votación masiva; que haya representantes de partidos de oposición en todas las casillas; que se cuenten los votos y se firmen y fotografíen las actas; a cuidar la cadena de custodia de los paquetes electorales; y a que haya un ejército de observadores electorales que no permitan la consumación de un fraude más. De no actuar así, seremos cómplices de la demolición de la república, la democracia y nuestras libertades. La misión es una: salvar a México.
Abogado. @JLozanoA
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