La noche del 7 de abril de 1907, el expresidente de Guatemala Lisandro Barillas fue asesinado a puñaladas en la calle del Seminario, a espaldas de la Catedral Metropolitana. El crimen causó consternación en la ciudad. En memoria de ese hecho, la calle donde este se cometió fue bautizada como Guatemala.

Los agresores, Florencio Morales y Bernardo Mora, enviados a cometer el crimen por el gobierno de Manuel Estrada Cabrera, concretamente por el general José M. Lima, fueron juzgados y sentenciados a muerte en septiembre de 1907.

El cuerpo del expresidente Barillas fue inhumado en el Panteón del Tepeyac, situado a un lado de la Capilla del Cerrito, en la Villa de Guadalupe. Luis Reed Torres afirma que este cementerio es el más antiguo de la ciudad de México. Hay datos de que en 1660 ya se llevaban a cabo enterramientos en ese sitio.

Tal y como hoy lo conocemos, el Panteón del Tepeyac fue abierto en febrero de 1865 y el primer cuerpo que cruzó sus rejas fue el de su fundador: el canónigo Juan María Quintana y Ronda. Era uno de los cementerios más caros de la ciudad: la perpetuidad costaba 250 pesos.

Al Panteón del Tepeyac lo favoreció la clausura del que era entonces el cementerio más solicitado de México: el Panteón de San Fernando. El del presidente Juárez fue el último cadáver que se inhumó ahí, en julio de 1872. Durante el medio siglo siguiente, muchos de los personajes que protagonizaron las tormentas políticas en que México estuvo sumergido, bajaron a la nada en el Tepeyac.

En 1931, el historiador José L. Cossío –su libro Del México viejo debería ser reeditado–, recordaba que el 21 de julio de 1876, parado en una esquina al lado de su padre, vio pasar un pobre entierro: un féretro que solo era seguido por un coche. En el féretro iba el cuerpo del viejo general Antonio López de Santa Anna, del que Nemesio García Naranjo escribió: “El tipo más peligroso en la América española es aquel que injerta en su ser algunos elementos de héroe con ciertas cualidades de histrión. Las multitudes se enamoran de los payasos épicos. Por eso México se enamoró de Santa Anna, el clown heroico de las primeras revoluciones”.

Unos meses antes de morir, decrépito, sordo, cojo y casi ciego, Santa Anna visitó a la Virgen de Guadalupe, de la que era muy devoto, y logró que quitaran el cristal que la protegía para poder besar el ayate. Ordenó ser sepultado en el Tepeyac, y que su caja la llevaran solo cuatro cargadores.

Diez años después lo alcanzó su esposa, la bellísima (según se ve en el cuadro pintado por Juan Cordero) Dolores Tosta, 35 años más joven que él y célebre por su afición a los lujos, las fiestas, los saraos. Ambos descansan en la fosa 17 del Lote A.

En el mismo cementerio están los restos del arquitecto favorito de Santa Anna, Lorenzo de la Hidalga, uno de los introductores del neoclasicismo en México y uno de los arquitectos más desgraciados, pues la mayor parte de su obra ha desaparecido: el Teatro Nacional, el Mercado del Volador, la casa de los Escandón en la Plaza de Guardiola y una columna dedicada a la Independencia de la que solo se hizo el zócalo (y por eso llamamos de ese modo a la Plaza de la Constitución).

De la Hidalga murió de “fiebres perniciosas” en el palacete que él mismo se había construido en un tramo de Puente de Alvarado y que fue derribado para abrir una calle.

El periodista Victoriano Agüeros, fundador del periódico católico El Tiempo, y editor de los 78 tomos de la Biblioteca de Autores Mexicanos; Vicente García Torres, el legendario fundador del gran diario liberal El Monitor Republicano, que registró la vida de México entre 1844 y 1896 –y en el que colaboraron las grandes plumas de entonces, Manuel Payno, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Juan A. Mateos y José María Vigil–, así como Filomeno Mata, quien se encargó de abrir una de las grandes trincheras contra el Porfiriato, a través de las páginas de El Diario del Hogar, y quien pasó la mitad de su vida en la redacción y la otra mitad en la tenebrosa cárcel de Belén, también fueron al Tepeyac a poner fin a sus trabajos: García Torres en 1894, Mata y Agüeros en 1911.

El coronel Miguel López, cuya triste celebridad, escribe Alonso Junco, se debe a que entregó por unas monedas las llaves de Querétaro al general Mariano Escobedo, con lo que salvó la vida a cambio de las del trágico emperador Maximiliano y de los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fue sepultado en el Lote M en 1891, luego de llevar en la frente durante un cuarto de siglo el estigma de traidor.

Muy cerca de su tumba está la del general Pedro A. González, uno de los jefes del Regimiento de la Emperatriz, que odiaba al coronel Miguel López porque una vez lo vio huir de la batalla de San Salvador, y luego lo encontró escondido en una troje. González vivió casi un siglo y murió cuando la Guerra de Reforma, el Porfiriato y la Revolución habían terminado y Álvaro Obregón llegaba al poder.

El historiador Alfredo Chavero, el bibliófilo Genaro García (editor de la Colección de documentos inéditos o muy raros para la historia de México), el periodista Joaquín Piña (autor de las memorias apócrifas de Victoriano Huerta), el general Bernardo Reyes (el primer muerto de la Decena Trágica) y Luis Segura Vilchis (fusilado tras atentar contra Álvaro Obregón).

El general Lauro Villar (que al desatarse el cuartelazo en contra del gobierno de Madero rescató con un puñado de reclutas el Palacio Nacional), el director de Minería, Manuel María Contreras, el torero Ponciano Díaz (que sobrevivió a una terrible cornada pero no a la enfermedad hepática que le provocó su afición al alcohol), el doctor Rafael Lucio (el médico que firmó el certificado de defunción de Juárez y dirigió durante años el hospital de leprosos de San Lázaro), el expresidente Félix Zuloaga: media historia de México podría escribirse caminando por las tumbas del Panteón del Tepeyac.

Perdida en un rincón, invisibilizada por mausoleos, cenotafios y toda clase de sepulcros, encuentro la tumba de Xavier Villaurrutia, muerto en condiciones oscuras durante la Navidad de 1950.

“Dicen que he muerto. No / Moriré jamás ¡Estoy despierto!”, se lee en su epitafio.

Corre el silencio en el Tepeyac. Se está haciendo tarde. Solo algunas gentes con flores en las manos caminan entre las tumbas.

Cuando llegue la noche, ¿de qué platicarán estas personas?