Observo una “mañanera del Pueblo” por ver si me aclara los recientes acontecimientos, bastante más turbios que los anteriores. Para empezar, me pregunto si calificaré de “Pueblo” que amerita mañanera. Supongo que sí, pues soy mexicano, pago impuestos (muchos) y me precio de ser una partícula perdida entre los “todos y todas” que retacamos este país extraordinario que es el mejor del mundo.
Pero la presidenta me hace titubear cuando trata a sus huéspedes de “compañeros” y los invita cortesmente a culiatornillar y cuando emplea la misma categoría con los reporteros de la prensa plural. “A ver a ver a ver…”, musita repasando a la congregación hasta que ordena: “a ver el compañero”. Es ahí donde siento que he sido invitado a retirarme, porque compañero (lo que se dice compañero) no soy, ni de la presidenta ni de los reporteros. He sido expulsado del vasto “todos y todas” y remitido al segmento del compañerismo.
Rara palabra de semántica gorda. Moliner dice que nombra a quien comparte “colegio, profesión o partido político” y que lo mismo refiere a un equipero que a un calcetín perdido o a un concubinario. Casares dice que el compañero es “persona que acompaña a otra en las corporaciones o comunidades que se unen y se ayudan contra otros”, pero también al “criado que recibe manutención en dinero, o en trigo la ración de pan que le corresponde”.
¿En qué sentido emplea el término la presidente? Misterio. En todo caso, la complace que sus diputados y aduladores la traten de compañera. Quizás recuerda que así les gustaba ser llamados a Fidel y a su “Che”, al malogrado Allende y a su predecesor Echeverría. La idea de ser compañero o camarada es exaltante por principio, lo mismo en las barricadas de 1832 que en el CEU de 1988. Lo malo es que tal compañerismo suele culminar en héroes santificados.
A mí me parece que el o la presidente de una república debe resignarse a quedar excluido de todo compañerismo. Ser compañero de algunos supone que no lo es de todos y todas, como dispone la constitución, a la que viola cuando elige compañeros. No puede estar obligada ni sujeta a las veleidades siempre interesadas de cualquier grupo. La emoción del compañerismo es previa a la responsabilidad del liderazgo, pero si es al revés estamos en problemas.
Es presidenta de todo el país, no de un porcentaje del país. La presidente puede ser compañera de sus “siervos de la nación” y del manojo de partidos que cargan su pedestal, pero esos mismos partidos no la reconocen como compañera sino como líder nato (o nata). Y aún siendo tantos no dejan de ser partidos, es decir, “partes” de un todo que no pueden usurpar sino a costa del esencial republicanismo.
Lo ocurrido la semana pasada pone en evidencia que no existe tal compañerismo; que los “duros” del MoReNa son una camada de camaradas bastante tontos y caóticos, o corruptos y criminales, a los que la presidente detesta o tolera, pero trata de compañeros porque los necesita.
¿Sabe quiénes llaman siempre “compañero” a López Obrador? Los compañeros Ortega, Díaz-Canel, Maduro… Al Supremo morador de La Chingada se le alborota el gran simpático con esa palabra: al mismo tiempo que lo unge como el mero mandón mandamás, aplaca su ego disfrazándolo de voluntad grupal, de colectividad hegemónica. Es la ecuación orwelliana: todos somos compañeros, pero Yo soy más compañero que todos (usted incluida).
No soy ni quiero ser su compañero, presidente. Y aun si quisiera, sus “duros” me pondrían de nuevo en sus listas no compañeriles.
Y no. Yo prefiero ser un ciudadano.
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