A Guillermina Escoto

Hace una semana murió uno de mis amigos más queridos, Carlos Martínez Rentería. La muerte ayuda a recordar el peso que las personas han tenido en nuestras vidas: lo ordinario se transforma en un acontecimiento y el pasado se ilumina. Entonces uno puede ver y continuar. En más de 30 años de amistad se acumulan aventuras, desencuentros y momentos milagrosos en los que uno logra atisbar algo de sentido en este fluir absurdo de acciones que sólo en apariencia poseen un rumbo, o alguna coherencia. Y entonces comienza el mito y cada uno edifica su versión del pasado.

Ha sido, la muerte de Carlos, un hecho muy doloroso e inesperado para mí ya que, pese a sus continuas reclusiones en el hospital durante la última década, jamás pensé que la guerra culminaría tan pronto. Sus proyectos fueron innumerables, pero él eligió, como centro de sus pasiones y de sus actos públicos la noción de contracultura, es decir una estrategia contra la dominación de cualquier cultura canónica e impuesta. La revista Generación, que Rentería dirigió hasta su muerte estuvo orientada a la reunión festiva, accidentada y absolutamente incluyente de cualquier propuesta que le pareciera lúdica e impertinente. Nunca despreció el azar. Lo que deseaba hacer se llama simplemente abrir el mundo, dotarlo de actividad frenética y desacralizarlo a partir del epifenómeno y del trabajo continuo. Los alardes cultos o eruditos, si no se acompañaban de la celebración, el festín ecléctico y el ejercicio, a veces agotador, de la vivencia, le parecían un desperdicio, aunque de ningún modo los despreciaba, sino que más bien los aproximaba a ese eterno experimento que es la dialéctica maleable, el encuentro de lo diverso y la acción romántica. La contracultura suponía para él una renovación, un renacimiento cotidiano y una manera de vivir más libremente. Su optimismo llegaba a tomar dimensiones colosales, ya que de la nada obtenía siempre un estímulo, una razón cínica que demandaba complicidad y acción.

El trabajo duro, ese que requiere de una pasión desmedida y que te empuja a seguir bregando aun en las peores condiciones, fue sin duda la fortaleza de Carlos. Las deudas lo perseguían, así como también su horario impredecible, su generosidad amistosa y su debilidad física; mas no obstante los obstáculos que se le presentaban, él persistió en bosquejar, definir y representar una idea positiva de contracultura con el propósito de dotar a su época de una atmósfera menos miserable o predecible. Los continuos descubrimientos que hacía de su ciudad y de sus rincones, cantinas, tugurios desconocidos, su debilidad por la belleza femenina y el énfasis que ponía en la sorpresa y el hecho inesperado como fuentes de una inspiración vital situada más allá de lo predecible, se convirtieron en parte de su armadura periodística, humana y literaria. A unos cuantos les parecía sencillo despreciar su quehacer cultural como si se tratara de un episodio más del espíritu romántico; sin embargo, casi nadie podía seguirle el paso: su proyecto no era una ecuación o un algoritmo desarmable, sino la puesta en escena del caos creativo, la única manera, según mi opinión, de aproximarse a la característica estética de lo humano.

Carezco de espacio para nombrar aquí a sus cómplices o siquiera relatar un par de anécdotas que nos conciernen. Fueron más de treinta años de discutir, disentir, coincidir y entregarnos a la noche como soldados de una legión destinada a perder casi todas las batallas. Ganamos, sin embargo, algo preciado: una amistad. Los desencuentros fueron continuos, pero no lograron separarnos; al contrario, le dieron peso a tantos años de reírnos de la brújula y de acompañarnos como lo hacen quienes coinciden en un camino. No debí asistir a su funeral, pues estaba yo demasiado afectado y ya una multitud de muertes nocturnas nos perseguían: no se requería otra más. Los funerales no son despedidas, al contrario, son continuación del aquelarre mundano, de la reunión que no cesa y del teatro de las pasiones honradas y ficticias.

Carlos, en compañía de sus cómplices, ha hecho mucho más por la cultura y la creación artística que un puñado de instituciones atadas a los compromisos o directrices del poder: no es poca cosa. Nos vemos en un rato, desgraciado.

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