Tengo la sospecha de que mis líneas siguientes harán bostezar a filósofos, neurólogos e incluso budistas. Y mucho más a los zapateros (espero que ese noble oficio continúe existiendo). Sin embargo, cultivar la repetición tiene sentido. El onanismo es una forma de conocimiento. ¿A dónde me dirijo? El centro, comienzo y fin del mundo, de mi literatura, de mi pensamiento... soy yo. La idea o concepto tan repetido de que “yo es el otro”, resulta ser una espléndida consigna ética. La he cultivado y confiado en ella durante tantos años y aún no termino de morirme o arrepentirme de mi buena voluntad. En verdad creía en ella. Así la sostuvo Marcuse, Emmanuel Lévinas, Jürgen Habermas, e incluso la FIFA, etc... Y lo más escandaloso del asunto es que ustedes, mis escasos lectores, han hecho suya esta idea o, al menos, le prestan una atención humanista como si al hacerlo fueran miembros de una religión civil. Doy un paso de costado, me hago a un lado y pienso que todo lo que existe (o parece existir) me sigue, me acompaña o va conmigo. Ni Alejandro Magno, Julio César, Moctezuma o Carlos V, quienes extendieron su poder e influencia hacia los confines de su mundo, poseen nuestra fortuna. Basta morir para que el mundo se acabe y entonces habitemos el caos, el todo, o la nada. Quiero recordar un cuento del antipático Vladimir Nabokov (espero que la memoria sea mi cómplice esta vez), en el que alguien quiere matar al tirano que gobierna su país, y solamente se suicida. El problema terminó para él. Aclaro: no soy apologista del suicidio mientras quienes lo cometan sean los otros.
Lo que describo es una vieja idea, masticada, discutida, desechada tantas veces, pero que, sin embargo, posee un sentido que continúa perturbándome. Es distinto desear el bien que acabar con el mal. Lo primero es loable, lo segundo extravagante. El poder de la insignificancia no tiene parangón. La glotonería del poderoso, además de ordinaria, es finita. Veamos: en este tiempo en el que casi todas las personas se comunican vía un intermediario tecnológico, o deben estar al tanto de “lo que pasa” en el mundo, tardarían varios meses, incluso años, en leer Cumbres borrascosas, de Emily Brontë o Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno.
No intento ser un hipócrita: yo también soy asiduo a series de televisión así como mi madre fue fanática de las telenovelas. La cuestión es que se trata de experiencias diferentes. La vista es de entrada primitiva (aunque en las series existan diálogos, literatura e imaginación), y también adictiva. Estas adicciones nos hacen, obviamente, más humanos, pero hay que saber elegir nuestros vicios. O administrarlos. Les ruego me disculpen porque me estoy contradiciendo y ahora voy a recuperar el camino. Si no te gusta tu mundo (el único que existe y puedes, como individuo, certificar), pues ya sabes qué alternativas se hallan a la mano para hacer la vida menos penosa. Sólo los pesimistas tienen la capacidad de dar lugar a un optimismo legítimo. Prometo no volver a citar a Schopenhauer cuando nos dice que la resignación es el sendero moral que debemos transitar quienes vivimos en sociedad. Sí, estoy de acuerdo, mas quisiera añadir que aquellos cuyo deseo es reparar el estado de cosas, o el estadio común, son verdaderos héroes puesto que su preocupación proviene de la certeza de que comparten el mundo con otros. No; y tal es el sentido de esta columna (a partir de la próxima colaboración seré más simpático y menos pesado): todos los juicios que damos acerca de nuestro entorno vital no tienen que ver con nada sino solamente con nosotros mismos. No provienen de una verdad trascendental y sí de nuestra soledad intrínseca. Si digo: “uno es el principio y fin del mundo”, estaré repitiendo a varios griegos, franceses, alemanes, zapateros, choferes de Uber o a mi abuela. Algo está cambiando en mí, es decir en el mundo. Soy el único testigo.

