“Una debe ser pensadora, antes de ser observadora. Quien no reflexiona es como un muerto en vida”, expresó, contundente Marianne Ehrmann (escritora suiza del siglo XVIII). Bueno, es una frase lapidaria, pero las conversaciones se encuentran llenas de paredones de fusilamiento. Recuerdo que en La caída, Albert Camus escribió que el hombre moderno se halla tan dispuesto a dar juicios como al placer de la fornicación. Así es; ya que para algunos dar un juicio representa un placer que por nada del mundo se perderían. A la ligera estoy de acuerdo con Ehrmann, aunque no la conocí. A mí se me ocurre que es inteligente observar y pensar, sea al mismo tiempo o en el momento preciso. Capote dijo de un personaje de las letras estadounidenses que si lo atropellaran no se detendría a recoger sus pedazos; en el tiempo que leí sus conversaciones con Lawrence Grobel, sentía yo por Capote una especie de veneración, curiosidad y también complicidad de lector. Perdonaba e incluso celebraba sus dislates. ¿Alguien acaso se imagina una conversación que carezca de juicios absurdos o contundentes? Yo me declaro incapaz de mostrar precisión en mis juicios, como cualquiera de nosotros, a excepción de los estudiosos de la ciencia que, como sabemos, requieren de cierta eficacia positivista. Por cierto, Vladimir Nabokov en su libro Opiniones contundentes, tachó a Camus, a quien acabo de citar, de ser un escritor de obras secundarias y efímeras (lo mismo expresó de D. H. Lawrence y Thomas Mann). ¿Quién puede escandalizarse de tal tontería? Nadie, puesto que en la vida cotidiana procedemos así regularmente. Nadie se encuentra a salvo; yo le quitaría la mitad de las páginas a Lolita, y no por ello dejé de disfrutar la novela con tranquilidad y algo de paciencia.

Hace unos días un buen amigo citó a Thomas Pynchon y me preguntó mi opinión acerca de sus libros. En vez de entrar en una charla sobre su obra simplemente dije la verdad: “Lo detesto. Y sólo escuchar su nombre me pone de mal humor”. Por supuesto no es del todo cierto, más tampoco diría, como Harold Bloom, que es uno de los más grandes escritores estadounidenses (qué bravuconada). Y si expresé tal cosa fue para desviar el rumbo de nuestras palabras y concentrarme en hablar de Meche Carreño. Cuando fui joven casi todos los escritores me deslumbraban; al leer Esclavos de Nueva York, de Tama Janowitz, o Aborto en la escuela, o Mal comportamiento, de Mary Gaitskill, o La historia de mi vida de Jay McInerney me sentía yo un privilegiado, un aventurero de la literatura de vanguardia. Y andaba por allí recitando frases o pasajes de sus libros como si en verdad supiera algo. Tan sólo recordarlo me avergüenza. Me calzaba yo el disfraz de lector voraz y lanzaba al aire juicios tajantes. Ahora prefiero, leer, pensar, conmoverme y callarme, todo esto en absoluto estricto orden. El sólo hecho de cerciorarme de la celebración que se hace de tantos escritores que ni siendo joven me entusiasmarían, creo que pertenezco al ataúd de las emociones, alguien que trata de solapar y ocultar su exaltación. Lo anterior me ha llevado a ser aburrido o demasiado cauto en la mesa, que no escribiendo. “Quien no reflexiona es un muerto en vida”, como afirmaba Ehrmann. Así es; pero uno se acostumbra a los muertos en vida e incluso desea convertirse en uno de ellos o ellas. Por lo menos están seguros de lo que quieren y piensan, en ese orden, claro. La lengua va siempre por delante cuando uno habla.

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