Miguel de Unamuno sugería que una vida cuerda es aquella en la que se holgazanea o se trabaja poco y se viven muchos años. Yo trabajo como insecto (no kafkiano), pero las consecuencias productivas de mi labor —siempre intangibles— son mínimas. Estar tirado en la cama leyendo es signo de fiaca majadera. Sentarse en un sillón durante horas a reflexionar en el más allá es motivo de desconfianza y rechazo. Caminar sin sentido o dirección por las calles es síntoma de sonambulismo hipócrita. Dormir en el día y despertar en las noches es señal de horario travestido. Aquel que menosprecia la luz del Sol prefiriendo el vientre de la noche acumula juicios, denuestos y desconfianza (ruego a mis vecinos que me disculpen, aunque he tenido en ellos la fortuna de la tolerancia). Chesterton, el gordo más sutil de los católicos ingleses llegó a escribir acerca de la Revolución Francesa: “¡Tanta sangre, para imponer lo que dicta el sentido común!” Es así y no habrá marcha atrás. La sangre desaparece bajo los rascacielos. ¿Qué puede a usted molestarle que me tire en un sillón?, lo que hago es cerrar los ojos, y mis ensoñaciones me llevan a ciertas conclusiones que considero parte de mi trabajo. Se sufre y mucho: descartar conceptos; distorsionar la memoria; reconciliar las palabras. ¿Qué va usted a saber si en cuanto se recuesta pone a reposar sus carnes y a pensar en sus primas?; y yo no lo hostigo o desprecio.
“Se necesita ser muy vulgar para definir la vulgaridad”. Lo dice Chesterton a propósito de Charles Dickens. Y se me ocurre que también debe uno ser muy vulgar para definir la elegancia o la finura. Estas se reciben, se palpan, se presentan, pero no se definen. En el mundial que acontece he visto varios juegos ordinarios, aunque no sabría definir en qué consiste su bajeza. Los veo, o, de lo contrario, me regreso a leer algo al sillón (me apena —y claro que no— decir que George Steiner pensaba que la educación requería convertirse en un taxi intelectual). Me complace que en esta revolución posmoderna la sangre no brote de los manantiales del odio (fuera del campo la masa siempre ha tenido la palabra y héroes a su altura). El dinero mana a los bolsillos de los organizadores, pero tal es una historia vieja y predecible. Escribe Rüdiger Safranski en ¿Cuánta globalización podemos soportar? Y especula en su libro al respecto: “Detrás de un poder que se desarrolle en la acción como si representara un humanismo, se esconderá siempre un poder particular en que esa humanidad intentará obtener sus propias ventajas a través de la competencia.”
Lo siento, y quizás por ello soy algo misántropo y antipático —aunque siempre gentil—, pero no me voy a abrazar con un desconocido o una extraña sólo porque “nuestro” equipo anotó un gol. ¡Que extraña muestra de gozo! En contrasentido intercambio sutiles carantoñas cuando esa entidad denominada país obtiene la victoria. En mi infancia no comprendía que los yucatecos, michoacanos y los sinaloenses eran tan diferentes. Sólo gritaba exultante el gol de México, como si se tratara de una divinidad, y salía a gritar a las calles henchido de mocos y acompañaba a mis padres al zócalo para celebrar. Los notaba tan felices que ese amor me impregnaba e intentaba disfrutarlo al máximo, aunque en 1970, tal muestra de júbilo y amor había sucedido apenas en solo cuatro ocasiones. Hasta el perro brincaba más de un metro cuando los observaba abrazarse luego de la gesta triunfante. Éramos una familia común y sólo necesitábamos la televisión para ver futbol (hoy es más complicado y oneroso: ya lo anticipaba Darwin). Y todos nosotros alrededor de la pantalla Philco; en una modesta sala; cervezas y refrescos para los críos; y por supuesto botana (somos un pueblo glotón, le gustaba indicar a Salvador Novo).
¿Quién no desea ver a sus padres amarse? Ahora, donde quiera que se encuentren, deben seguir peleando, como era su costumbre cuando no había algún acontecimiento impuesto por la masa y sus dirigentes. Me alegra, ya que no existen largas relaciones sin fricciones o resentimientos. Padres míos, hoy es lunes; si ganó Inglaterra ayer deben seguir en la batalla exhibiendo del otro sus trapitos al Sol. Si no, dense un abrazo efímero, que me lo deben, carajo.
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