Nuestra Monstruociudad, como la llamaba el poeta Juan Carbajal, se habita siempre con dolor y en medio de una confusión de desconocidos. Sin embargo, algunos barrios, colonias, escasos parques y lugares propios de la gigantesca urbe pueden tejer o tramar varias ciudades alternativas más habitables. “Pues bien —comencé yo— la ciudad nace, en mi opinión de que ninguno de nosotros se basta a sí mismo, sino que necesita de muchas cosas”, escribe Platón en La República. Es evidente que ni las ciudades que conocieron los griegos, ni la ciudad renacentista de Pico della Mirandola o las ciudades cosmopolitas del siglo XIX se parecen a la metástasis que crece a nuestros pies y se antoja interminable.
La ciudad renacentista, escribió Eugenio Trías, era consecuencia del pensamiento y la producción del artista. A través de la sensibilidad de este la ciudad se hacía a sí misma y se tornaba habitable. ¿Cómo se ha dado lugar a las mega urbes o ciudades de millones de habitantes? ¿A esta proliferación de humanos-cosas que buscan un lugar y una vida entre tanta confusión de hábitos, economía, cultura, educación y proyectos disímiles? Yo vivo todos los días como si fuera el último, pero no soy un caso común.
Lo común de una ciudad sería alargar el vientre materno, proteger a sus ciudadanos de los depredadores y trazar un plan que incluya la vida en paz. Cuando alguien dice, viviendo en una ciudad, “yo sólo quiero que me dejen en paz”, está cometiendo un acto de ingenuidad y al mismo tiempo expresa un deseo legítimo de soledad. ¿Es posible vivir tranquilamente en estas catedrales de la agitación, el movimiento y la comunicación enloquecida? Lo dudo, sin embargo algunos intentamos cultivar o procurar la paz de los otros.
Últimamente he sabido del acoso gubernamental a espacios que aun siendo cafés o bares dan lugar a actos culturales, a voces artísticas y a conversación entre ciudadanos que buscan respuestas en la producción estética del ser humano. Celebro que varios puestos de periódicos ya en desuso o en decadencia económica sean rentados por jóvenes para vender libros (como es el caso de Diógenes, proyecto de Miguel Aguilar en la colonia Doctores), revistas, fanzines y promuevan el arte desde tan modestos lugares.
Uno de ellos fue Compañero Café, que también tuvo lugar en un antiguo puesto de periódicos entre las calles de San Luis Potosí y Medellín (obra de Gabriela Quezada, y Leonardo Velázquez). Una mañana al llegar a abrir su puesto descubrieron que había desaparecido y al informarse se enteraron de que se lo había llevado una grúa por órdenes de las autoridades.
Limpiaban las calles ya que pronto abrirá sus puertas alguna cadena de comercios impersonales junto a su antiguo puesto. Los constantes ataques a la Juanita —espacio en Insurgentes donde nosotros vendemos los libros de nuestra pequeña editorial— no tienen cordura ya que en este bar-café de Insurgentes se propician charlas, coinciden innumerables artistas y, como dije, se exponen y venden proyectos editoriales.
Han limitado sus horas de venta, les prohíben vender bebidas y los torturan a través de las visitas autoritarias del INVEA. Hay que tener conciencia y sabiduría civil para diferenciar lo que son antros y negocios propiamente comerciales y cuáles todavía reflejan la sabia o la sangre de la ciudad, su circulación benévola y su dar lugar a las ciudades alternativas de las que hablaba líneas atrás.
Por fortuna parece que han echado atrás —a partir de la movilización de artistas y ciudadanos— el proyecto de hacer un cabaret en las instalaciones de la Casa del Poeta Ramón López Velarde, espacio que albergaba la redacción Charles Bukowski, en donde se realizaba la revista Generación, editada por el ya célebre Carlos Martínez Rentería. Espero que las instancias culturales y gobierno de la ciudad propicie el buen entendimiento y no cierren los caminos de la cultura, quizás el único sendero en el que la utopía humana tiene sentido.
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