Tiempo atrás solía decir que si querías hacer interesante una mala novela solo tenías que añadir una muerte a la trama. Era yo muy joven y no había leído suficientes novelas policiales, como prefería llamarlas Alfonso Reyes, en vez de novelas, relatos de misterio, de crimen, detectivescas o policiacas. Si bien, la mía se trataba de una provocación o de un ardid retórico, esta se marchó al pasar el tiempo y adentrarme en las honduras de un género que no solo ya es tradicional (para Reyes era artificial y adictivo), sino que además ha contado en este siglo con escritores de gran altura. Borges ponderaba, esta especie, en sus jóvenes tiempos, de novela o relato artificial. Quizás su escritor favorito fue Ellery Queen, en realidad eran dos escritores utilizando un seudónimo, (autor de El misterio de la cruz egipcia y de El misterio de la naranja china). Borges escribe que los principales requisitos del género policial son: “declaración de todos los términos del problema; economía de personajes y de recursos; primacía del cómo sobre el quién; solución necesaria y maravillosa, pero no sobrenatural (creo que Borges aceptaría intercambiar “inesperada” por “maravillosa”). Los elíxires, los brujos y las brujas, la magia son una verdadera estafa, afirmaba el escritor argentino”. Borges dice que el género policiaco fue inventado por Edgar Allan Poe y además se arraigó en Inglaterra, una comunidad legalista y empírica, como la cuna del relato policial (“En Inglaterra el género policial es como un ajedrez gobernado por leyes inevitables”, escribió Borges), pero de Ellery Queen afirmó que todos sus personajes son desagradables, esto escrito en 1939), quizás para provocar la atención de los lectores (hoy se sabe que detrás de Queen escribían dos primos nacidos en 1905, Frederic Dannay y Manfred B. Lee, como autores reales que utilizaron el seudónimo durante incontables años). Añade Borges: “En los cuentos policiales honestos el criminal es uno de los personajes que figuran desde el principio.” Recuerdo que a Jean-Paul Sartre lo seducían al extremo las novelas policiacas, tanto que a ojos de su compañera Castor, Simone de Beauvoir, le hacían perder el tiempo que debía dedicar a libros importantes.

Alfonso Reyes decía que las novelas policiacas le interesaban sin conmoverlo y que toda muerte es bienvenida en la narración; pues además se pone a trabajar la cabeza por encima del corazón. Lo anterior lo escribió en 1945, afirmando que el género que nosotros llamamos negro, era el género preferido de su época. Es de necesidad primera expresar que la calidad del género se mide por la capacidad creativa y literaria de la historia y de su escritor. El género se disuelve en el talento. El filósofo y poeta francés Roger Caillois lo considera un juego lúcido y avocado ala razón. Creo que lo hace descender de Joseph Fouché y sus espías en la Revolución Francesa y el imperio de Napoleón. Creo, que si miramos más allá el canon en que se sostiene un género, encontramos que si un relato (novela, cuento, crónica) se torna una adicción, entonces los juicios literarios están de más. Me sucedió así al leer las novelas de Chester Himes, Patricia Highsmith o Walter Mosley y su ya mítico personaje, Easy Rawlins. Sin olvidarme de, por supuesto, Gilbert Keith Chesterton (Teoría del asesinato moderado), Thomas de Quincey (El asesinato considerado como una de las bellas artes; El escándalo del padre Brown), Robert Louis Stevenson (El club del suicidio), Edgar Allan Poe, por todos conocido, Conan Doyle, o después Dashiell Hammett (autor de El Halcón Maltés), Raymond Chandler (La ventana alta) acompañado por su mítico personaje Philip Marlow e interpretado en varias películas por Humphrey Bogart, o el irlandés Ken Bruen (Head Stone), London Boulevard, Galway confidential, Galways Edge y su ya mítico personaje, Jack Taylor), etc... Hoy este género oscila entre el cine y el periodismo. Las noticias más notables y que despiertan la atención, casi siempre se inclinan por los asesinatos y los complots de las mafias y criminales. Sin embargo, la diferencia es que la realidad lo ensucia todo y no nos permite ver el rostro de la muerte con mayor alivio, prudencia y sabiduría. En el relato policiaco o propio del género negro, no es el acecho metafísico, constante y consciente de la muerte lo que más importa (como en Dostoiewski o Kafka), sino el crimen, la cruel inteligencia y la razón que, unidas, crean una mentira que nos incita bastante más que nos repele. Todo lo anterior escrito a raíz de la edición de Los farsantes, en Editorial Moho; editorial que, por cierto, resulta en sí ya un crimen.

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