Santiago Giménez vuelve a empezar. Su llegada al Porto no debe entenderse como un retroceso, ni envolverse en el discurso complaciente de “una nueva aventura”. Es una oportunidad, sí, pero también un examen definitivo para un delantero que pasó de ser una de las grandes promesas del futbol mexicano a perder protagonismo en el Milan.
En Feyenoord, Giménez conquistó Europa a fuerza de goles.
En Italia, descubrió que el prestigio se evapora con rapidez cuando el balón deja de entrar.
Las lesiones, la competencia y una adaptación complicada frenaron su ascenso, pero tampoco conviene convertirlo únicamente en víctima de las circunstancias.
En la élite, no basta con tener condiciones. Hay que responder bajo presión, sostener el nivel y aprovechar minutos, que pocas veces sobran.
El Porto parece el escenario adecuado para reconstruirse. Es un club exigente, acostumbrado a competir y con una notable capacidad para recuperar futbolistas y devolverlos al escaparate internacional.
La Liga portuguesa, además, puede ofrecerle continuidad y un contexto más favorable para reencontrarse con el área.
Santiago llega al campeón de la Primeira Liga sin el beneficio de ser una promesa.
Ya demostró que puede marcar goles; ahora, debe probar que sabe levantarse, después de momentos complejos.
El Porto no es un refugio, ni un premio de consolación. Es la hora de la verdad para Giménez.
El cambio llega en buen momento, para demostrar que sigue vigente y puede escribir una nueva historia de éxitos.
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