A Elder Carrazana lo sigo hace cosa de un año en su Instagram y Facebook, cuando me enteré de su restaurante “Loccopizza”, como él es también conocido en el ambiente culinario de Madrid, España, y en el expansivo universo digital donde le siguen la pista foodies de todo el mundo.
Elder, su mujer y su equipo preparan un promedio de 250 bocadillos de lechón al día, además de las pizzas cubanas que dan nombre al negocio. El éxito está en la piel dorada y crujiente que obtiene del proceso de asado de las paletas, cuya demanda se multiplicó a partir de que comenzó a publicar videos de sus preparaciones, que invariablemente culminan con el hipnótico troceo de ese chicharrón cristalino, que las vuelve aún más irresistibles.
Pero este chef cubano que hoy aparece en periódicos y reels, no la tuvo fácil. Al igual que Norberto, su padre, y Blanca Rosa, su hija, Elder nació con una malformación hereditaria en las manos. Sus dedos, más cortos y rígidos que los de cualquiera, le dificultaban jugar de niño al deporte de sus amores: El beisbol.
No obstante, sus pequeños amigos siempre lo incluían en el equipo y, por si fuera poco, le pedían al pitcher contrario que le lanzara un poco más suave y al centro.
“Al principio, me costaba sujetar la pelota y el bat; tuve que aprender a desarrollar músculo y hacer fuertes los dedos. En casa, no teníamos para terapias y mi remedio fue no darme por vencido”, me cuenta en la videoentrevista que me concedió, mientras despacha con magistral destreza otro bocadillo. “En la anatomía, hay una ley que dice que el órgano que no se utiliza se atrofia, y al revés: Si tú lo utilizas bastante, coge vida”, agrega, sin parar de trabajar, al tiempo que llama a su socio José para que salude a la cámara.
Elder no sobresalió en ningún deporte, pero sí en el ajedrez. Desde su primera clase, venció a adultos de amplia experiencia. En el tablero, a diferencia de en el diamante, se sentía capaz de todo e identificó que su don era pensar. Al poco tiempo, enseñó a jugar a sus amigos de la escuela y a los del beisbol, incluido el lanzador rival.
Cuando mira las largas filas que a diario crecen en su establecimiento, da gracias en silencio y piensa ya sólo en dos pendientes: Ir a un partido de Grandes Ligas de sus Astros de Houston y, el más importante, la cirugía de su hija, porque su sueño es que ella sí pueda tener pronto sus manos normales.
El deporte, el amor por los hijos y la voluntad, curan.
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