El país se cae a pedazos. Son los restos carbonizados de instituciones que procuraban la seguridad, la gobernabilidad y, más pronto que tarde, también la estabilidad económica.

Hoy requerimos una oposición imaginativa. Audaz. Generosa y, sobre todo, pragmática.

La elección del 2027 no será una elección más: nos jugamos todo.

El dilema de esos comicios —todos tienen uno— será vital: seguir por el camino de la podredumbre o, con todas las limitantes y pecados de la clase opositora, forzar un cambio.

Hay que ser claros: perder la elección del 2027 es perderlo todo. Ya no habrá margen, en el corto plazo, para una recuperación opositora, tampoco la densidad ni la fuerza necesaria para detener al autoritarismo.

Por ello, esta no será una elección de gubernaturas y diputados: será una elección país.

Las oposiciones juegan un papel central en doblar a la fuerza destructiva que recorre la geografía y está matando a la Republica.

Para ello se requiere, primero, entender la dimensión histórica del reto. Asumir su responsabilidad frente al porvenir y asumir una política de pragmatismo que permita sacrificar parte de las ganancias a cambio de ganar elecciones y comenzar el salvamento del país.

Los más grandes estadistas han sido estrategas y pragmáticos.

Richelieu era Cardenal. Pese a ello, forzó la separación del estado y la iglesia en la Francia de Luis XIII. Más: apoyó y financió a los protestantes suecos y alemanes en contra del catolicismo del imperio español en la Guerra de los Treinta Años porque eso era lo que le convenía a su país. Él fundó un concepto clave hasta hoy: la razón de estado.

Churchill pactó con Stalin, acérrimo enemigo, para enfrentar juntos a Hitler, ganar la Segunda Guerra Mundial e impedir que el mundo fuera un gigantesco campo de concentración.

Richard Nixon fue un ferviente anticomunista toda su carrera. Así forjó su ascenso. Pero, al llegar a la presidencia, viajó a China, a donde nunca había ido un presidente norteamericano, pactó con Mao y dividió al bloque comunista, confrontando a sus dos mayores potencias.

El pragmatismo implica un complejo rompecabezas que debe armarse con paciencia y generosidad.

Hay muchos estados que requerirán alianzas opositoras totales para derrotar el oficialismo. Pongo solo dos ejemplos: Sinaloa y Michoacán.

Hay muchos otros estados que son ganables por unos u otros, pero que la victoria sería segura con alianzas parciales. En otros, no harán falta alianzas. En otros más, son políticamente imposibles.

Está bien. El juego de todo o nada a menudo no alcanza para salvar a una nación.

Se puede acordar y disentir. Unirse en unos casos y en otros no. Pero ahora la prioridad es otra. Hay que ganar y, después, repartir lo que le toque a cada quien.

Así es la política. Caso por caso debemos descifrar como desmontar la desastrosa maquinaria que nos está matando y tiene un nombre preciso:

Barredora.

@fvazquezrig

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