Eso es lo que hemos visto y seguiremos viendo. Es la normalidad del populismo.

La deuda se acerca peligrosa -y velozmente- al 60% del PIB.

El gasto sigue, y seguirá, incontenible.

La repartidera de dinero en efectivo sin tener a cambio una retribución, más otros rubros, devora ya la mitad del presupuesto. No se puede mover, a menos que Morena pierda su base electoral.

Imposible.

Entre los programas sociales, pago de intereses de la deuda y Pemex, el presupuesto se restringe a la mitad, que es mucho: más de 10 billones de pesos.

Pero eso es solo una parte de la ecuación: a eso hay que agregarle erogaciones que no se pueden mover: pago de nóminas, aportaciones a los estados, obligaciones contractuales.

Al gobierno le queda algo más de un peso de cada diez para invertir en todo lo demás.

Como en toda economía, es fácil entender qué se tiene que hacer: bajar los gastos o aumentar los ingresos.

Apretarse el cinturón no está en la lógica de la nueva burocracia. O sí. El gasto bajará en educación, salud y campo. Quizá algo en infraestructura y, cosa suicida, en seguridad. Se seguirán limitando recursos a los estados, como si ahí no vivieran mexicanos.

Seguiremos con la espiral de gasto incontrolado y apretando a los estados, que es lo mismo que limitar los servicios públicos a la gente.

Como es año electoral, no se recortará nada a los llamados apoyos sociales, que son apoyos, sí, pero sobre todo son votos.

La otra alternativa es incrementar los ingresos.

Pero eso no se ve posible. El país destruye empresas: ahí están los datos del IMSS: 23 mil patrones menos de noviembre a la fecha. No se genera empleo (se han perdido 77,614 de noviembre a julio). La informalidad está imparable. La economía no crece. En los dos últimos meses, el crecimiento ha sido cero. Rozamos la recesión. La recaudación se contrae.

Sin crecimiento económico, la única alternativa es hacer una reforma fiscal.

Impensable.

Por lo mismo, y a reserva de analizar el presupuesto que se envió ayer por la noche, el gobierno seguirá jugando a la irresponsabilidad. Contratando deuda. Manteniendo déficits altos y, por tanto, insostenibles: 4.8% el año pasado y, en teoría, 4.1% este año. El FMI demanda bajarlo a 2.5%.

Sabemos cómo acaba esta película.

Y el final es de terror.

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