Por IVÁN CARRILLO

En un manglar degradado, la ausencia más importante no siempre es la de los árboles. A veces, lo que falta es el agua.

Una carretera levantada sin considerar el movimiento de las mareas, un canal obstruido por sedimentos o un río desviado para ampliar un cultivo pueden interrumpir el pulso hidrológico del humedal. El bosque comienza entonces a morir lentamente. Sus raíces permanecen, pero ya no respiran. Los peces se marchan. Las aves encuentran menos alimento. La costa pierde una de sus defensas naturales.

Durante años, la respuesta más visible consistió en plantar mangles. Era una solución atractiva: movilizaba voluntarios, producía fotografías y permitía anunciar miles de árboles sembrados. Pero la naturaleza no funciona como una campaña de relaciones públicas. Si la causa de la degradación permanece, las plantas también mueren.

La lección parece elemental: antes de sembrar un árbol hay que entender por qué desapareció el bosque.

En el marco del Día Internacional de la Conservación del Ecosistema de Manglares, esta imagen muestra la huella de su degradación: árboles derribados, suelo expuesto y la pérdida de una barrera natural esencial para la biodiversidad, la pesca y la protección de las costas. Foto: Envato.
En el marco del Día Internacional de la Conservación del Ecosistema de Manglares, esta imagen muestra la huella de su degradación: árboles derribados, suelo expuesto y la pérdida de una barrera natural esencial para la biodiversidad, la pesca y la protección de las costas. Foto: Envato.

Esa idea debería acompañar las deliberaciones que comenzaron este 27 de julio en Nairobi. Durante dos semanas, representantes de los países miembros del Convenio sobre la Diversidad Biológica revisarán el primer balance mundial de los avances del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal. Ese acuerdo, adoptado en 2022, estableció 23 metas para detener y revertir la pérdida de naturaleza antes de 2030.

Estamos prácticamente a la mitad del plazo. El diagnóstico preliminar es diplomático, pero difícil de maquillar: el marco ha generado una movilización mundial sin precedentes, aunque las acciones actuales todavía no tienen la velocidad ni la escala necesarias para cumplir sus objetivos. El reporte que se discute en Nairobi servirá de base para la revisión global que tendrá lugar en octubre, durante la COP17 de biodiversidad en Ereván, Armenia.

En otras palabras: el mundo aprobó una ruta, pero no está avanzando lo suficientemente rápido.

Entre los compromisos internacionales está lograr que, para 2030, al menos 30% de los ecosistemas degradados se encuentre bajo procesos efectivos de restauración. También se pretende conservar y gestionar eficazmente 30% de las superficies terrestres, aguas continentales, zonas costeras y océanos.

La palabra decisiva no es “30%”. Es “efectivamente”.

Proteger un ecosistema no consiste en colorear una superficie sobre un mapa. Restaurarlo tampoco equivale a sembrar árboles y contabilizarlos. La pregunta es si recuperó sus funciones: si el agua volvió a circular, si regresaron las especies, si disminuyó la erosión y si las comunidades que viven alrededor pueden conservarlo sin condenarse a la pobreza.

Los manglares son una buena prueba para medir la distancia entre las declaraciones internacionales y la realidad. El 26 de julio, un día antes del inicio de las reuniones de Nairobi, la UNESCO conmemoró el Día Internacional de Conservación del Ecosistema de Manglares. La institución recuerda que estos bosques están desapareciendo entre tres y cinco veces más rápido que el conjunto de los bosques del planeta y estima que su cobertura mundial se ha reducido a la mitad durante las últimas cuatro décadas.

Y, sin embargo, pocas infraestructuras naturales realizan tantas tareas simultáneamente.

Los manglares funcionan como criaderos de peces, moluscos y crustáceos. Almacenan enormes cantidades de carbono, filtran contaminantes, reducen la erosión y amortiguan la fuerza del oleaje. Protegen comunidades costeras y sostienen pesquerías de las que dependen miles de familias. Son bosques, barreras contra tormentas, reservorios de carbono y fábricas de alimento al mismo tiempo.

Pero seguimos tratándolos como terrenos disponibles.

La expansión agrícola, la urbanización costera, el turismo mal planificado, la extracción de madera, la contaminación y el aumento del nivel del mar continúan presionándolos. En varios países centroamericanos, por ejemplo, la expansión de la caña de azúcar ha reducido la cobertura de manglar y alterado su conectividad hídrica mediante el desvío de ríos.

Frente a esa realidad, hay historias que ofrecen algo más útil que el optimismo: muestran qué funciona y también dónde puede fracasar.

El 26 de julio publicamos Dulce salitre, un reportaje de los periodistas Jorge Rodríguez y Michelle Soto, que tuve el privilegio de editar junto con Lynne Walker. La investigación recorre comunidades de El Salvador y Costa Rica donde la restauración de manglares ha permitido desarrollar apiarios y producir una miel vinculada al bosque salado.

La historia puede parecer una curiosidad gastronómica. No lo es.

En estas comunidades, las abejas representan la posibilidad de construir una economía que dependa de que el manglar permanezca vivo, no de que sea talado. La recuperación de la vegetación produce flores; las flores alimentan a las abejas; las colmenas generan miel y la miel puede ofrecer ingresos a familias que ya no consiguen vivir únicamente de la pesca.

Pero el reportaje también deja claro que no existen soluciones mágicas.

La restauración comenzó a funcionar cuando dejó de concentrarse solamente en plantar árboles y se orientó a recuperar la hidrología. Había que identificar por dónde entraba antes la marea, qué barreras habían interrumpido su circulación y cuáles canales debían reabrirse. Según las experiencias documentadas, en más de 70% de los casos, cuando se corrige el flujo del agua, el manglar puede regenerarse sin necesidad de plantaciones masivas.

Eso significa que la naturaleza conserva una extraordinaria capacidad de recuperación, siempre que dejemos de reproducir la causa que la enfermó.

La otra enseñanza es más incómoda. Buena parte de la restauración depende del trabajo voluntario de las comunidades y de proyectos financiados temporalmente por la cooperación internacional. Cuando los recursos terminan, las familias deben encontrar compradores, mejorar la comercialización y competir en mercados que rara vez reconocen el valor ambiental de sus productos.

El desafío ya no es demostrar que el manglar puede volver. Es conseguir que quienes lo restauran puedan vivir dignamente de conservarlo. En El Salvador y Costa Rica, el futuro de estas iniciativas depende ahora de construir mercados locales justos que sustituyan los apoyos externos sin convertir la conservación en un lujo.

Ahí se encuentra una de las grandes contradicciones de la política ambiental contemporánea. La sociedad recibe los beneficios del manglar —protección costera, pesca, carbono, biodiversidad—, pero espera que unas cuantas comunidades paguen el costo de mantenerlo.

En Nairobi se discutirá ciencia, financiamiento, áreas protegidas, biodiversidad marina, incentivos económicos y mecanismos de implementación. Todo es necesario. Pero ningún acuerdo será suficiente mientras midamos el éxito por el número de documentos aprobados, hectáreas anunciadas o plantas colocadas en el lodo.

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Editor general de Celsius Media.

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