La historia del asesinato de Jonathan Samuel Meléndez ha recorrido el mundo. Jonathan tenía 38 años, era mexicano, tecladista y fundador de la banda Camilo Séptimo. Fue asesinado junto con su esposa embarazada, su hija de 3 años, la cuidadora de los niños (de 21 años) y el perro. Según reportes, las víctimas (incluido el perro) fueron encontradas en el domicilio amordazados con cinta adhesiva. La esposa y la niña murieron por disparo a la cabeza, a corta distancia; la cuidadora, por los disparos que recibió en la espalda. Su hijo, de 6 años, sobrevivió a la masacre escondiéndose debajo de la cama.
Las redes sociales en México se inundaron con mensajes de indignación, horror y tristeza. Miembros de la banda y otros músicos compartieron mensajes de condolencias, pesar y desconsuelo. Sin embargo, también surgió un debate álgido a raíz de un reportaje que publicó el diario El País. El texto fue escrito por Pablo Ferri, usando un estilo más literario en algunas partes. Ferri es un periodista que lleva años cubriendo temas de seguridad, criminalidad, justicia, derechos humanos, militarización y migración. Sus textos suelen ser sensibles y serios. (Recomiendo el podcast La Lista, en el que visibiliza la violencia que se vive dentro de las Fuerzas Armadas.)
Ferri comienza su último reportaje narrando la escena desde la perspectiva del niño que sobrevivió la masacre y que estuvo al menos tres horas solo en casa con los cadáveres de su familia. El texto —específicamente esa parte inicial—, sin embargo, generó indignación y fuertes críticas. Para el sábado, las redes sociales parecían más interesadas en criticar el escrito de Ferri, a El País y el reportaje publicado que en hacer una reflexión sobre el horrendo asesinato. Desapareció de la mira el menor de edad y la sociedad que permite que un niño viva lo que nadie tendría que vivir. Estaba ausente también una reflexión sobre el país que presume una reducción de homicidios, pero en el que continúan desapareciendo personas, y puede suceder (y sucede) el asesinato de toda una familia. Desapareció la brutalidad de la violencia a la que estamos expuestos en México, como posibilidad (y como información) cotidiana. En su lugar surgió el tribunal de X, que enjuicia masiva y velozmente sin matices.
Estoy en contra del enjuiciamiento público y la cultura de la cancelación porque reducen la discusión pública, silencian voces y rara vez permiten grados o tonalidades. (Y sí, alguna vez participé de la cancelación de otros.) Si bien en muchos casos estas respuestas han servido para que grupos en desventaja denuncien públicamente conductas o personas abusivas, también se ha convertido en una forma de castigo sin sentido de proporción. Las más de las veces terminan por ser punitivistas, y tienen como resultado el aislar al individuo y reducirlo a un evento o idea.
En este caso, llama además la atención cómo el enojo por un reportaje desvió la mirada del horrendo episodio. Quizás frente a la monstruosidad resulta más fácil poner la atención en cómo se escribe un reportaje, en qué debe o no hacer el periodismo, que ponerla en lo que reporta. Es más fácil tirarle a un blanco tangible que a algo difuso como nuestra tragedia sistémica. Ningún periodismo es neutral. Puede exigirse verdad y rigor sobre los hechos, pero el escrache no promueve mejor periodismo sino menos voces e información.
Doctora en derecho. @cataperezcorrea
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