A los jesuitas, profesores y padres de familia que se opusieron al cierre. A los alumnos del colegio
“Nobles tercios de Cristo en batalla, con el pecho vibrante de amor, entonad entre el fuego que estalla, un gigante y solemne clamor. Juveniles espíritus fuertes, que soñáis con sublime ideal, envolved vuestras épicas suertes, en gloriosa epopeya triunfal…” Éstas son un par de estrofas del himno de nuestro colegio, que el último viernes del mes de julio de cada año, entonamos a todo pulmón los exalumnos al concluir la misa en la iglesia de San Ignacio de Loyola, en Polanco (colonia que, por cierto, toma su nombre del apellido de Juan Alfonso, secretario particular de San Ignacio, Diego Laínez y Francisco de Borja).
Ayer, de hecho, los “sobrevivientes” de tan inmerecida e injusta expulsión nos congregamos para la celebración eucarística en cuestión, en honor a nuestro santo patrono y a nuestro colegio. Expulsión que ‘mutatis mutandis’ y guardadas las proporciones, me remite a la sufrida por la Compañía en 1767 por parte del rey Carlos III (sobre la que Juan de Tavira dirigió una magistral obra teatral, en 2011), misma que obedeció a “la voluntad de control centralizado que manifestaron algunos Estados nacionales de corte absolutista como los borbónicos, que entraba en conflicto con una instancia de vocación universal: la Sede Apostólica” (Alfonso Alfaro, La educación: los nudos en la trama, en “Colegios Jesuitas”, Artes de México, No. 58, 2001, p. 11).
Por virtud de la decisión que tanto nos agravió, sus promotores nos dejaron en la orfandad intelectual y espiritual a miles de alumnos de ésa y posteriores generaciones, al abdicar de su misión —en términos ignacianos— por cuanto a ese “deber de inteligencia” que desde su fundación asumieron como signo de identidad, mismo que Alfonso Alfaro puntualiza en estos términos: “la labor docente de los jesuitas está marcada por una singularidad: la orden formuló un proyecto pedagógico original inspirado en el humanismo renacentista (la ‘Ratio Studiorum’) y transformó por completo la estructura de una antigua institución (el colegio). A través de estos dos canales contribuyó de manera decisiva al desarrollo de la ciencia, la formación de las élites y la instrucción pública, tanto en Europa como en los otros territorios donde estuvo presente su influjo” (Ibidem, p. 12).
Todavía recuerdo el día del anuncio de la noticia, en 1970, como el primer trauma consciente de mi infancia: fue en el gimnasio, en las instalaciones de Molière, un sábado soleado. De regreso a casa con mis padres, sumido en el asiento posterior del auto, no daba crédito de semejante barbaridad: mi expulsión, nuestra expulsión, sin deberla ni temerla. El lema de nuestro colegio, en abismal contradicción con lo vivido: “Quo melius illac” o “Buscad siempre lo mejor”. ¿Qué el cierre del Patria era la mejor solución que la Compañía de Jesús en México podía dar a sus planteamientos y retos a la luz del Concilio Vaticano II, en el último cuarto del siglo XX? ¿Qué acaso destruyendo una noble institución formativa y educativa se podía dar respuesta a unos y otros?
N.B. Recomiendo la lectura de los muy informados editoriales escritos por mi amigo Don Antonio M. Prida Peón del Valle en “Voces México” (2020), a quien le agradezco haberlos puesto a mi alcance.

