A Alain un buen carnal.

Nadie nace queriendo desaparecer; la infancia no busca la sombra ni el silencio. Al principio todos queremos habitar el mundo, ser vistos, nombrar las cosas, jugar y sentir que nuestra presencia realmente importa. En el origen de cada vida hay una necesidad natural de conectar con los demás y formar parte de una comunidad. Ese impulso de estar vivos es nuestra fuerza original, pero se quiebra y se apaga cuando choca, una y otra vez, contra el desprecio de un entorno que no deja lugar para el afecto ni para la escucha.

El tránsito de querer ser a querer desaparecer no es un salto repentino; es un desgaste lento, una erosión cotidiana. Ocurre cuando el mundo adulto convierte la existencia en un trámite de rendimiento, cuando el afecto se condiciona a la productividad y cuando la belleza de estar vivo se subordina a la exigencia de encajar. En ese proceso, la vitalidad no se apaga sola: se la asfixia.

Se le cierran las salidas a la indignación, se le arrebatan los espacios de encuentro y se le enseña a la juventud que su dolor es un defecto de fábrica. Nada tenemos que reclamarle a una generación a la que se han atrevido a etiquetar superficialmente como «de cristal», cuando en realidad ha visto, vivido y resistido durante 20 años las peores atrocidades derivadas de una fallida estrategia contra el crimen organizado. Señalar su dolor como una debilidad individual que debe ocultarse tras una sonrisa funcional no solo es una injusticia, sino una profunda cobardía adulta; hoy la urgencia real no es juzgarles, sino posibilitar su sentido de propósito y devolverles la certeza de un futuro.

Las cifras en nuestro país le ponen dimensión a este desgarro: con más de 8,800 muertes anuales por lesiones autoinfligidas, el suicidio se ha consolidado como la tercera causa de muerte entre las juventudes mexicanas de 15 a 29 años. En las ciudades y periferias urbanas, donde la presión laboral, el aislamiento y la precarización sofocan los vínculos, esta tragedia cobra su cuota más alta. Detrás de una tasa nacional de 6.8 por cada 100 mil habitantes se esconde la verdadera dimensión del desamparo. Los hombres concentran 79.9 % de los casos y los jóvenes de 15 a 29 años presentan la tasa más alta del país.

«Para obligarme a obedecer no hace falta crueldad. Solo quítenme el espacio para convivir y organizarme con otros, y seré un cuerpo sin voluntad hasta que el dolor me lleve a quitarme la vida».

En mi experiencia muchas personas jóvenes, en diversos momentos pedían a gritos que el día que despertaban fuera el último; la desesperanza y el cansancio de vivir en una violencia cotidiana dibujaban un futuro incierto donde dejar de existir era una probabilidad diaria, organizar juntos la resistencia, el proceso de cambio y recuperar el aliento una urgencia colectiva que transformo miles de vidas.

Esa reflexión expone la entraña del problema. Cuando el fenómeno del suicidio cruza a las juventudes de esta manera, deja de ser una cifra estadística para mostrarse como lo que realmente es: una crisis pedagógica y política del dolor.

A veces el riesgo no se anuncia con el aislamiento o el llanto visible; a menudo se esconde detrás de un silencio corporal, una hiperactividad incesante o una alegría gestual desbordante que en el fondo maquilla el deseo urgente de desaparecer. Cuando el mundo adulto asfixia la capacidad de creativa y crítica, la protesta y los afectos comunitarios, la única vía de escape que parece quedarles a las juventudes es la autodestrucción.

Al Estado le corresponde saldar su histórico déficit en salud mental: se trata de abrir más comunidades terapéuticas, de garantizar infraestructura presupuestal y comunitaria en los territorios.

Pero a la sociedad en su conjunto nos toca asumir una tarea inmediata: romper la parálisis de querer resolver la descomposición entera al mismo tiempo y tomar la decisión conjunta de atender una sola cosa con urgencia radical.

Nuestra prioridad debe ser la escucha activa y la contención del riesgo. Frente a la angustia acumulada, el primer acto: consiste en atrevernos a nombrar lo que duele hoy, segundo acto: partir el problema en piezas manejables, tercer acto: dar un paso pequeño a la vez y revisar juntas las soluciones posibles. ¿Cómo se llamó la obra? Sostener al otro sin juzgar, sin ofrecer optimismo barato y sin prescribir salidas mágicas es la forma más directa de demostrarle que no tiene que atravesar el infierno en soledad.

Si logramos tejer redes de escucha donde un joven pueda quitarse la máscara, soltar la carga y encontrar una trinchera afectiva, le estaremos ganando tiempo a la desesperanza. Rescatar la vida, una persona a la vez, es la prueba más contundente de que la crueldad no es un destino inevitable.

La moraleja es clara y urgente: hagamos que la permanencia en este mundo sea humana, alegre, amorosa y, sobre todo, profundamente digna.

Presidente fundador de Cauce Ciudadano A.C.

@carloscauce

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