Por José Luis Llovera Abreu

El término “inteligencia artificial” evoca, de entrada, una suerte de contrasentido, casi una paradoja, si relacionamos la inteligencia con una cualidad propia del ser humano, resultado de nuestra evolución y de nuestra capacidad para razonar, imaginar, crear y resolver problemas. Bajo esa lógica, la inteligencia no debiera ser artificial, dado que como animales racionales somos producto de un proceso natural de reproducción biológica y no el resultado de un artificio tecnológico. Sin embargo, más allá de las múltiples discusiones que podrían desprenderse del significado intrínseco del término, conviene concentrarnos en el resultado práctico de esta extraordinaria invención del hombre y, particularmente, en su utilización dentro de los procesos creativos de arquitectos, diseñadores y urbanistas. 

La inteligencia artificial es una poderosa herramienta que, paradójicamente, utiliza muy bien la palabra “artificial” para recordarnos que detrás de ella existe un complejo proceso tecnológico integrado por hardware, microchips, computadoras, algoritmos y una intensa programación desarrollada durante años, hasta conseguir algo que hoy se nos presenta, en términos prácticos, como una especie de cerebro alterno capaz de “pensar y resolver por nosotros”. Algo semejante, aunque evidentemente en una escala mucho menor, ocurrió con la calculadora, que desde su comercialización masiva durante la segunda mitad del siglo XX comenzó a resolver operaciones que antes requerían lápiz, papel, conocimiento y tiempo, sintetizando en el toque de algunos botones largos procesos matemáticos para ofrecernos de manera casi inmediata la solución en una pequeña pantalla digital. 

Pero centrémonos en lo medular. El proceso creativo de cualquier artista, diseñador, arquitecto o ser humano que crea parte originalmente de su cerebro y se materializa después en un dibujo, un trazo, una forma o una idea concebida por nosotros mismos. En arquitectura, el partido arquitectónico emana de ese aparentemente sencillo, pero extraordinariamente complejo, proceso cerebral en el que intervienen millones de neuronas, experiencias acumuladas, conocimientos, intuiciones y un sinfín de procesos bioquímicos que terminan produciendo esa chispa que llamamos idea. Es ahí donde algo que únicamente existía en nuestra mente comienza a convertirse en croquis, espacio, volumen y finalmente proyecto. 

Lo que ocurre después corresponde al desarrollo y perfeccionamiento de esa concepción inicial: planos, modelos, perspectivas, renders, cálculos, programas de diseño y toda una miscelánea de herramientas gráficas y tecnológicas que ayudan al entendimiento y evolución del trabajo. La inteligencia artificial se incorpora ahora a ese universo con una capacidad y una velocidad que ninguna herramienta anterior había alcanzado, pues no solamente calcula: redacta, dibuja, interpreta, combina, transforma, genera alternativas y produce en segundos resultados que anteriormente podían requerir horas, días o incluso semanas. 

Es precisamente ahí donde aparece la disyuntiva: la IA podría ser el atajo para las mentes obtusas o el medio para engrandecer el genio de muchos. Entre menos se piense, más atractiva resulta. No es tampoco un fenómeno completamente nuevo. Desde la aparición del cine, el libro ha tenido que sobrevivir frente a una característica muy humana: nuestra inclinación hacia lo inmediato. La imagen nos entrega rápidamente aquello que la lectura obliga a imaginar; leer exige construir mentalmente personajes, espacios, colores, atmósferas y situaciones, mientras que una pantalla puede presentárnoslos ya resueltos. Algo parecido puede comenzar a ocurrir con la inteligencia artificial: ¿para qué recorrer el sinuoso camino de pensar, imaginar, dibujar, equivocarse, corregir y volver a comenzar si una computadora puede entregarnos, en cuestión de segundos, decenas de propuestas visualmente sorprendentes? 

Para quienes nos dedicamos a crear y proyectar espacios habitables y contextos aptos para la vida en la ciudad, la inteligencia artificial debiera constituir un medio de apoyo extraordinariamente poderoso, capaz de proporcionarnos rapidez, diversidad de alternativas y una capacidad de procesamiento que sería absurdo desaprovechar. Pero debiera intervenir cuando la idea esté concebida y requiramos la ayuda de ese “cerebro artificial” —entendido como un sofisticado programa creado por el propio ser humano— para explorar soluciones, comparar posibilidades, desarrollar alternativas y perfeccionar el proyecto hasta alcanzar resultados que anteriormente habrían exigido muchísimo más tiempo y recursos. 

Existe, por tanto, una diferencia profunda entre utilizar la inteligencia artificial para desarrollar una idea y pedirle a la inteligencia artificial que tenga la idea por nosotros: en el primer caso amplifica nuestra capacidad; en el segundo, corremos el riesgo de sustituirla. La concepción original tendría que seguir siendo nuestra, porque una cosa es utilizar una poderosa herramienta para evolucionar aquello que hemos imaginado y otra muy distinta delegarle el acto mismo de imaginar. 

Paradójicamente, la inteligencia artificial no tiene nada de ajeno al ser humano, porque fue creada precisamente por nosotros. Es producto de nuestra inteligencia, de nuestra curiosidad y de esa permanente búsqueda por construir instrumentos capaces de ampliar nuestras posibilidades. Por ello tampoco tendría sentido anonadarnos ante sus encantos: debemos utilizarla, aprovecharla e incorporarla plenamente a nuestras profesiones, pero hacerlo sin sucumbir ante la comodidad de lo fácil ni permitir que una herramienta concebida para ampliar nuestras capacidades termine sustituyendo el ejercicio mismo de pensar, imaginar y crear. 

Si nos excedemos en su utilización, quizá no terminemos convertidos en seres robotizados rodeados de resultados artificiales; algo mucho más sencillo podría ocurrir: podríamos convertirnos en perezosos usuarios de una inteligencia adquirida y efímera, en lugar de ejercitar nuestra propia y constante inteligencia. Ahí reside quizá una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: disponer de una herramienta creada por la inteligencia humana para potenciar nuestras capacidades y, al mismo tiempo, correr el riesgo de utilizarla para dejar de ejercitarlas. 

La inteligencia artificial representa uno de los mayores logros de nuestro género en esa incansable búsqueda por construir un cerebro alterno que resuelva nuestros problemas. La llamamos “artificial” como si se tratara de algo externo, casi autónomo, ajeno y hasta misterioso, cuando detrás de ella continúa estando el ser humano y, sobre todo, delante de ella también debería seguir estando. En nuestra fascinación por ese nuevo cerebro capaz de responder preguntas, producir imágenes, desarrollar alternativas y entregar soluciones con el simple toque de unos cuantos botones, podemos olvidar algo elemental: el cerebro que inventó la inteligencia artificial sigue siendo, hasta ahora, la más extraordinaria de todas nuestras herramientas

Quizá el verdadero peligro de la inteligencia artificial no sea que algún día pueda pensar como nosotros, sino que nosotros, seducidos por la rapidez, la comodidad y la aparente perfección de sus respuestas, terminemos decidiendo dejar de hacerlo.

Es Presidente de la Representación Estatal Campeche de la Asociación Mexicana de Urbanistas.

Contacto@amu.org.mx

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