Por Carlos Corral Serrano
La primera parte de esta reflexión planteó una pregunta fundamental: ¿cómo convertir los grandes objetivos hídricos del PGD y del POZMVM en acciones técnica, jurídica y financieramente viables?
Una posible respuesta comienza con un concepto que debemos incorporar cada vez más a nuestra cultura urbana: Ciudad Esponja.
Una Ciudad Esponja recupera progresivamente la capacidad del territorio para captar, retener, almacenar, infiltrar y reutilizar el agua. Humedales urbanos, parques inundables, jardines de lluvia, pavimentos permeables, biofiltros, cauces restaurados y zonas de infiltración forman parte de esta estrategia.
El concepto implica un cambio profundo en nuestra relación con la lluvia. Para una metrópoli sometida a estrés hídrico, cada metro cúbico de agua que cae sobre la cuenca constituye un recurso que debemos aprender a gestionar.
Y podemos comenzar con infraestructura que ya existe.
54 oportunidades
La Zona Metropolitana cuenta con aproximadamente 54 vasos reguladores, concebidos principalmente para recibir escurrimientos, disminuir su velocidad y reducir riesgos de inundación. Muchos ocupan superficies estratégicas dentro de las microcuencas y cuentan con infraestructura hidráulica y derechos de vía que podrían aprovecharse dentro de una red metropolitana verde y azul.
La primera tarea sería conocerlos con precisión.
Necesitamos un inventario actualizado que determine su propiedad y régimen jurídico, autoridad responsable, capacidad hidráulica, estado físico, cuenca tributaria, calidad del agua, condiciones hidrogeológicas y posibilidades de intervención.
Después, clasificarlos.
Algunos podrán conservar fundamentalmente funciones de regulación y almacenamiento. Otros podrían favorecer la infiltración donde las condiciones del subsuelo lo permitan. Algunos podrían evolucionar hacia humedales, parques inundables, corredores ambientales o espacios públicos capaces de combinar funciones hidráulicas, ecológicas y sociales.
La Ciudad Esponja requiere soluciones distintas para territorios distintos.
Existe además una condición indispensable: sanear antes de infiltrar. Muchos vasos reciben descargas irregulares, aguas residuales, basura, sedimentos y escurrimientos contaminados. La recuperación debe comenzar aguas arriba mediante saneamiento de ríos y barrancas, control de descargas, tratamiento y mejor manejo de residuos. Infiltrar agua contaminada simplemente trasladaría el problema hacia el acuífero.
Empezar, medir y escalar
En lugar de pretender transformar simultáneamente toda la metrópoli, podríamos comenzar con tres o cinco proyectos piloto seleccionados por su factibilidad y potencial hídrico.
Cada uno debería contar desde el inicio con estudios técnicos, proyecto ejecutivo, régimen jurídico definido, autorizaciones correspondientes, inversión requerida, porcentajes de participación de las autoridades involucradas, presupuesto de mantenimiento y una estimación verificable de su beneficio.
Y entonces medir.
¿Cuántos metros cúbicos retuvo? ¿Cuántos almacenó? ¿Cuántos pudieron reutilizarse? ¿Cuántos se infiltraron de manera segura? ¿Cuánto disminuyó el riesgo de inundación? ¿Cuánto costó cada metro cúbico recuperado?
Los proyectos que demuestren buenos resultados podrían replicarse progresivamente en otros puntos de la metrópoli.
Esta metodología tiene una ventaja fundamental: permite aprender antes de gastar a gran escala y aprovechar infraestructura existente antes de asumir que todas las soluciones requieren nuevas y costosas obras.
Un Programa Hídrico Metropolitano
El POZMVM puede proporcionar el marco territorial y la visión de largo plazo. La complejidad del problema requiere además una instrumentación especializada capaz de convertir esa visión en proyectos ejecutables.
Un Programa Hídrico Metropolitano del Valle de México, articulado con el POZMVM y desarrollado conjuntamente con CONAGUA, las autoridades hídricas de las entidades y los gobiernos locales, podría cumplir esa función.
Su contenido tendría que ser eminentemente práctico: balance hídrico por cuenca y acuífero; metas de reducción de extracción; cartera priorizada de proyectos; recuperación de ríos y cuerpos reguladores; protección de zonas de recarga; atribuciones y autorizaciones; inversión necesaria; porcentajes de aportación; fuentes de financiamiento; programación plurianual; operación y mantenimiento.
Y debería incorporar un tablero público de seguimiento.
La ciudadanía tendría que poder conocer, año con año, cinco datos básicos: cuánta agua extraemos, cuánta perdemos, cuánta reutilizamos, cuánta captamos y cuánta logramos recargar de manera segura.
Así podremos saber si avanzamos o retrocedemos.
Una Ciudad Esponja también necesita ciudadanos
Existe finalmente una dimensión que ningún proyecto hidráulico puede sustituir: la participación social.
La crisis hídrica debe socializarse. Necesitamos comprender de dónde proviene nuestra agua, cuánto cuesta obtenerla, por qué se hunde la ciudad, qué ocurre cuando impermeabilizamos las zonas de recarga y por qué resulta absurdo expulsar sistemáticamente la lluvia mientras profundizamos pozos para obtener agua del subsuelo.
Gobierno, empresas, desarrolladores inmobiliarios, universidades, comunidades y ciudadanos tenemos responsabilidades diferentes, pero complementarias.
La Ciudad Esponja comienza en la escala metropolitana y llega hasta la vivienda, la calle y el barrio.
Por ello necesitamos una política permanente de cultura hídrica vinculada con resultados concretos, para que cada persona pueda comprender cómo sus decisiones forman parte del funcionamiento de la cuenca.
Del concepto a una política de largo plazo
Transformar el Valle de México requerirá décadas. Los horizontes 2045 y 2050 deben entenderse como etapas dentro de una política mucho más larga, capaz de trascender administraciones, partidos y coyunturas presupuestales.
Podemos comenzar ahora: sanear cuencas y ríos, proteger definitivamente las zonas estratégicas de recarga, aprovechar la infraestructura existente, recuperar los vasos reguladores viables, desarrollar proyectos piloto y medir sus resultados antes de escalarlos.
Ciudad Esponja puede convertirse en una verdadera política metropolitana si cada intervención demuestra su factibilidad, cuenta con financiamiento y responsabilidades definidas y contribuye de manera cuantificable a recuperar el equilibrio hídrico.
El reto consiste en pasar de administrar permanentemente la crisis a reconstruir, gradualmente, la relación entre la ciudad y su cuenca.
En materia hídrica, planear el futuro significa demostrar, desde hoy y metro cúbico por metro cúbico, cómo vamos a recuperar el equilibrio. Porque, al final, se trata de supervivencia.
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