Guillermo Fabela Quiñones

Por fin una película que viene a rescatar la brillantez de la época de oro del cine mexicano, sin alardes publicitarios ni autopromoción para ganar audiencia previa al estreno. La Captura es un thriller que se va contando con una naturalidad que lo hace atractivo para el espectador que espera ver acción con un sentido de causa y efecto, características que llevaron al cine negro estadunidense a ganar un sitio entrañable entre los cinéfilos del mundo, en una sana competencia con el western, género que identificó a la cultura del país que materializó el sueño de millones de emigrados en las dos primeras décadas del siglo veinte.

Con un ritmo que mantiene la atención del público en ascenso, gracias a la madurez adquirida por el director y guionista Chava Cartas; aun cuando sabemos su desenlace, nos percatamos que las circunstancias son decisivas en la narración; pero más aún el carácter de los protagonistas, dos policías que se acaban de conocer, quienes aparentemente son antagónicos hasta que los propios acontecimientos los van acercando de un modo inexpugnable, al darse cuenta que no pueden escapar de un destino común. Alfonso Herrera, el actor que lleva el rol principal, convence por su naturalidad y presencia, y Noé Hernández de igual modo, para acentuar el lado opuesto al del galán, como era proverbial en los filmes de antaño.

Son dos miembros de la extinta Policía Federal en lucha contra un sistema tan peligroso como las mafias que enfrentan cotidianamente, del cual deben cuidarse para no caer en trampas imprevisibles, con la sombra de la corrupción siempre presente. En su primer día de trabajo, recelando uno del otro, están en su patrulla en espera de instrucciones cuando ven pasar el carro rojo que minutos antes escucharon en su radio como robado. Lo siguen hasta darle alcance y para su sorpresa se topan con el prófugo más buscado por las autoridades de Estados Unidos. A partir de ese momento toman conciencia de que sus vidas cambiarán radicalmente.

Al detenerse el vehículo robado, el chofer desciende con las dos manos en alto; carga pistolas sin la pretensión de usarlas, sino con la actitud del que se sabe impune por la importancia del pasajero que lleva en el asiento del copiloto. Al identificarlo, los policías enfrentan el dilema que los acompañará hasta el desenlace final. Como apenas se están conociendo, ninguno quiere tomar la iniciativa a la que los conmina el gañán del notorio criminal: dejarlos seguir su fuga a fin de evitarse problemas que les pueden costar la vida.

Ambos policías están en una etapa crucial de su vida, uno con deudas fuertes para brindar un buen nivel de vida a su familia, con el agravante de que su esposa le acaba de anunciar que está encinta; el otro, a un año de lograr su jubilación, soñando con un retiro que le permita seguir su vida dedicado a su principal afición: las mujeres. Ahora se les presenta la grandiosa oportunidad de poner fin a sus vicisitudes; la tentación es mucha pero ninguno quiere tomar la iniciativa de aceptar los diez millones a cada uno que les ofrece de soborno el más importante capo del mundo.

El contraste no podía ser más rotundo: éste en paños menores, oliendo al albañal del que salió con su compinche para escapar de sus perseguidores, un grupo de élite de la Secretaría de Marina, evidenciando su catadura moral escabrosa y ruin. Los dos uniformados luchando a brazo partido con su conciencia, en firme competencia uno y otro para no ceder a la tentación abrumadora, no obstante los riesgos aún más terribles que deberán enfrentar para llevar a sus prisioneros a la Comandancia, atravesando una zona sembrada de “halcones” atentos a resguardar los pasos del “patrón”.

La tensión dentro de la patrulla entre los cuatro personajes crece a medida que los policías se dan cuenta de su vulnerabilidad, la cual es un rival inmaterial que los obliga a mostrar su carácter, en competencia silenciosa que dice más que las palabras. Aunque sabemos que lograrán su cometido, eso no obsta para que sigamos el curso de la historia con avidez, como en las mejores películas del cine negro de Hollywood, en la etapa dorada, de 1930 a 1960, cuando se conjuntaron grandes directores, actores y escritores, de la talla de Howard Hawks, James Cagney, Raymond Chandler, que hicieron posibles obras maestras del género, entre las que sobresale: Scarface, de 1932, con Paul Muni en el rol protagónico.

Aquí en México, cabría señalar el filme de Julio Bracho, Distinto Amanecer, de 1943, como el que marca un nuevo camino al cine mexicano, con guion de él mismo y diálogos del poeta Xavier Villaurrutia. Cuando el cine de charros era el dominante, irrumpe Bracho con esta obra maestra del cine negro, con la Ciudad de México como coprotagonista y Pedro Armendáriz y Andrea Palma como habitantes de la urbe viviendo un triángulo sentimental y una cacería humana por un problema sindical.

En La Captura la tensión va en aumento, según los cánones del género, hasta el desenlace final, con diálogos estrujantes que patentizan la enorme distancia que hay entre el capo y su medio ambiente, y el policía que lleva el peso de la hazaña, que lo es porque el traslado del criminal y su principal pistolero por un territorio dramáticamente hostil, culmina con éxito contra toda serie de imponderables. Quedará para la historia, las escenas en el motel al que fueron a refugiarse, con el policía y “El Chapo” enfrentados en un intercambio de diálogos que los desnudan en su investidura moral, el capo justificando su actividad criminal y el uniformado despojándolo de la careta filantrópica.

Ni que decir que parte fundamental de la redondez del filme está en la crónica de Héctor de Mauleón y un excelente guion literario y diálogos de Bernardo Esquinca, y cerrando el círculo virtuoso, la fotografía de Beto Casillas que apuntala el dramatismo de cada escena. El lenguaje cinematográfico está en todo momento por encima de lucubraciones sociales y políticas, que hubieran echado a perder la fluidez narrativa. Es una buena señal para esperar que el cine mexicano se convierta en el paliativo que necesitan las clases medias, en particular, para ver el país que somos a pesar de la demagogia, la hipocresía, la estulticia de la clase política que emergió bajo una supuesta transformación que, a final de cuentas, se ha quedado en una regresión reaccionaria cada vez más lamentable.