Desde la conferencia mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum llamó a iniciar un debate nacional informado que resulta inaplazable sobre el uso y abuso de las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial y sus efectos en a salud mental de niñas, niños y adolescentes, con miras a promover reformas legislativas que contribuyan a su regulación, con énfasis en la protección de las infancias. Este llamado resulta oportuno y pertinente porque ha abierto la discusión pública sobre un fenómeno en el que hace tiempo estamos ya inmersos, no obstante que hayamos podido apenas comprender sus alcances, sus límites, sus riesgos o sus bondades.

En efecto, la transformación digital ha modificado profundamente la manera en la que las personas aprenden, socializan y construyen conocimiento; pero el debate que en torno al tema se ha entablado trasciende sin duda la discusión entre quienes celebran o rechazan los avances tecnológicos. El reto implica comprender cómo el entorno digital redefine las formas de socialización, la construcción de la identidad y los procesos de aprendizaje. Desde esta perspectiva, Deleuze planteó hace tiempo la transición desde la noción de individuo tradicional del pensamiento cartesiano, hacia la del "dividuo", una entidad cuya experiencia se encuentra fragmentada por múltiples flujos de información y relaciones mediadas por la tecnología. Esta idea, tan atractiva como desafiante, trae a la mente la reflexión que años más tarde hiciera Bernard Stiegler, quien definió a la tecnología como pharmakon —concepto que en la antigua Grecia representaba la dualidad simultánea entre remedio y veneno— alertando sobre el modo en el que los dispositivos digitales amplían el acceso al conocimiento, pero también favorecen una producción acelerada de información fragmentada y superficial que debilita la construcción de saberes profundos cuando la mente humana delega sus funciones al soporte tecnológico. El problema, por tanto, no radica en los dispositivos en sí, sino en la ausencia de una mediación crítica que permita a los usuarios transformar la conectividad en auténticos procesos de formación intelectual y colectiva.

Y es que, tal como ha advertido el filósofo coreano Byung-Chul Han la necesidad de estar permanentemente en línea ha hecho de la conectividad un imperativo que sustituye la atención profunda por una hiperatención dispersa. Bajo esta lógica, las redes sociales incentivan la búsqueda constante de estímulos, validación y reconocimiento mediante mecanismos como el scroll y los "me gusta", afectando la capacidad de concentración y de reflexión de sus usuarios. Cuando ello ocurre dentro de lo que Bauman denomina "cámaras de eco" —espacios digitales donde los algoritmos refuerzan únicamente las opiniones afines, reduciendo la exposición al disenso y limitando el debate informado— se cancela toda posibilidad de comunicación diálogica, se promueve el pensamiento único, se anula la crítica y la realidad se fragmenta. Una vida que desde la temprana infancia está ligada a la pantalla y a contenidos fragmentados y acríticos dificulta, como lo ha señalado Jhontan Heidt, el desarrollo de las capacidades necesarias para elaborar una lectura profunda, para la concentración y la atención sostenida.

Si este nuevo entorno de “socialización digital” no es acometido con seriedad en el seno de un sistema educativo que de suyo está transformándose merced a los efectos que la tecnología está ya produciendo en nuestras juventudes, quedaremos inermes frente a un estudiantado desintegrado, confundido, expuesto a la ignorancia, vulnerable a las fatuas certezas y con muy pocos recursos para enfrentar la frustración y desencanto que dicha situación pueda producirle cuando el mundo físico y de relaciones sociales reales se le pongan enfrente.

Por ello, tales procesos de transformación no pueden correr anómicamente; es importante que sean las propias comunidades escolares, desde los niveles básicos hasta el superior, las que encabecen esa transformación y la encaucen por el camino de la creatividad, la colaboración y la democratización del conocimiento, hacia la recuperación del mundo común que las redes sociales han venido desintegrando y dispersando. La tarea de las universidades no consiste, por tanto, en aislar a los jóvenes de la tecnología, sino en formar ciudadanos capaces de utilizarla con autonomía, criterio y responsabilidad. Debemos reconocer que hoy día, la universidad ha dejado de ser el único lugar en el que se genera y comparte conocimiento y que, en razón de ello, debe ahora convertirse en el espacio donde éste puede ser comprendido, debatido y orientado hacia la construcción de una realidad común, que sea la base del desarrollo de todo lo que es humano.

Secretario General Ejecutivo de la ANUIES

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