Parasite, o la revisión de los objetos

Alonso Díaz de la Vega

Aunque suelo preferir el cine menos dramático, más semiótico en su necesidad de encontrar un vocabulario de imágenes y sonidos, no hay razón para excluir de mis intereses el cine que, como el teatro, se expresa más a partir de los eventos en una historia. Mucho menos en el caso de un autor como Bong Joon-ho. Su estilo es fascinante por la forma en que crea caricaturas cuya artificialidad prohibe entenderlas como rimas de la realidad. Con esto quiero decir que el tono humorístico de El huésped (Gwoemul, 2006) o la interpretación como de anime que dan los protagonistas de Madre (Madeo, 2009), nos impiden concebir el mundo de Bong como verosímil, pero, además, le dan un sentido fascinante a los recurrentes ecos en sus tramas.

Tomemos un ejemplo de Mother para esclarecer esto último: al comienzo de la película uno de los protagonistas es golpeado por el auto de un ricachón prepotente. De inmediato, el atropellado y su amigo encuentran al villano en un club deportivo y usan un palo de golf para vengarse. Tanto el palo como las pelotas que recoge el protagonista en una charca —¡apenas noto la imaginería fálica!— volverán más adelante como una posible arma asesina y como las evidencias para inculpar a un supuesto homicida. En la realidad nuestras cosas no son siempre tan trascendentes, pero para el director surcoreano un teléfono celular, la salsa de la pizza, unos duraznos, existen todos por un propósito más allá de lo evidente: son ondas en el agua de sus historias que se expanden y repercuten en las demás.

Parasite (Gisaengchung, 2019), por supuesto, no es una excepción en el estilo de Bong, aunque no estoy de acuerdo con quienes la ubican al nivel de la que me parece su mejor película: Memorias de un asesino (Salinui chueok, 2003). Si el triunfo de aquella era balancear el tono de caricatura con un evento real y desesperanzador, en Parasite —aunque intenta algo similar— tiende a triunfar lo artificioso hasta que se amontona en una manipulación muy obvia. Sin embargo no estoy queriendo decir que el último filme de Bong me parezca inconsecuente. De hecho resalta como su trabajo más político al incluir, entre sus objetos trascendentes, una acción que nos habla del inherente desprecio de la clase dominante hacia quienes le sirven.

En un momento aparentemente trivial, el hijo menor de una pareja adinerada huele al chofer de la familia y, después, al ama de llaves. Desconcertado, el niño explica a sus padres que el olor de ambos es idéntico. A espaldas de los patrones, estos dos personajes están casados y son los padres de los carísimos tutores de los niños. La familia entera se ha inventado identidades falsas para introducir a todos sus miembros en la lujosa casa y garantizarse una vida económica un poco más tolerable. Con este peculiar gesto del niño, Bong busca emocionar a la audiencia, que tal vez piense: “¡Él sabe!”. Sin embargo esta decisión, al igual que muchas otras, resulta ser más que un artefacto emotivo: es una sutil observación social. Más adelante, Dong-ik (Lee Sun-kyun), el jefe de la familia rica, sugiere con desdén que los usuarios del metro comparten todos un olor distintivo. En respuesta, Ki-taek (Song Kang-ho), el padre en la familia pobre, se huele a sí mismo con melancolía.

Hasta este punto, el tono de la película es ligero, la música sugiere un ambiente de travesura en la infiltración de los pobres, pero a partir de una extraña noche donde se enciman las coincidencias, Bong demuestra lo que ya nos venía señalando sutilmente: su película es, ante todo, una melancólica sátira de la desigualdad.

Al principio nos encontramos con un plano que observa la calle desde la casa Kim. El sol ilumina la fealdad del barrio, pero en vez de exponerla, pareciera, más bien, que la cobija. Fiel al mecanismo de recurrencia que mencionaba antes, este plano volverá durante una noche funesta cerca del final, pero mucho antes de eso nos encontramos con una familia pobre y alegre. Rápidamente nos enteramos del pasado atlético de Moon-gwang (Lee Jeong-eun) con una fotografía de ella en pleno lanzamiento de bala, y en ello hay una reflexión inherente: ¿por qué es miserable una mujer que enorgulleció al país? La ausencia de wifi en la casa y el trabajo de todos doblando cajas de pizza completan este cuadro tierno, aunque inquietante, que conforme avance el metraje se irá deteriorando.

Para lograr insertarse en la casa Park, los Kim comienzan a deshacerse de los trabajadores que ya están ahí para abrir plazas a los suyos. Aunque Bong no lo resalta durante buena parte del metraje, nos está mostrando cómo el capitalismo envilece a los más oprimidos. Una sorpresa al final esclarece todo, pero prefiero no revelar mucho de la trama porque su efecto emocional es importante. A lo que me quiero referir es al ingenio de Bong para hacernos ver cosas de manera acrítica, como si fueran triviales, para después castigarnos en cierto modo por no haber notado sus implicaciones. Puede que su filmografía parezca accesible, pero jamás es superficial o simplona. En sincronía con los objetos recurrentes en la trama, la narración es una constante revisión de lo visto que concluye: ni simpática ni divertida, la pobreza es un enojo incansable.

Twitter:@diazdelavega1
 

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