Hay un momento del verano en el que la luz cambia. Anochece un poco antes, las sobremesas empiezan a acortarse y las maletas que abrimos con la sensación de tener tiempo por delante vuelven a estar encima la cama. El final del verano tiene una melancolía particular: la conciencia de estar viviendo algo que, mientras sucede, ya empezamos a extrañar.
El cine siempre ha reconocido esos momentos porque las buenas historias y esta época del año comparten algo esencial: ambas intentan detener el tiempo.
Aunque nuestra vida moderna intente convencernos de lo contrario, seguimos siendo seres estacionales. La luz influye en nuestro sueño, hormonas, energía y estado de ánimo. Por muchas pantallas y luces artificiales con las que vivamos, nuestro cuerpo todavía reconoce las estaciones y el verano continúa siendo una especie de regreso a la naturaleza. También, con suerte, a nosotros mismos.
No es casual que tantas películas hayan elegido esta estación como territorio de transformación.
Para el cine es un paréntesis, un lugar fuera del tiempo donde podemos convertirnos en alguien diferente. Call Me by Your Name lo retrata con maestría. El tiempo parece infinito entre bicicletas, libros, baños y tardes eternas. Pero todo importa porque sabemos que es efímero.
En Aftersun contemplamos las vacaciones desde la memoria: un lugar o un gesto cotidiano que se convierten en piezas con las que intentamos comprendernos a nosotros mismos y a quienes amamos años después.
La psicología lleva años estudiando cómo esa emoción agridulce llamada nostalgia puede ayudarnos a conectar pasado y presente para reforzar nuestra sensación de pertenencia. Mirar atrás no siempre significa querer regresar. A veces lo necesitamos para seguir adelante.
Y pocas cosas son tan cinematográficas como recordar. Elegimos quedarnos con ciertas escenas. Borramos otras. Decidimos cuáles repetir hasta convertirlas en símbolos de una época. Y es que en la memoria una canción puede contener un estado de ánimo o un olor nos puede hacer sentir cerca de alguien a quien dijimos adiós.
Por eso las películas que se centran en estas pausas nos recuerdan que los veranos importantes no son siempre en los que sucedieron cosas extraordinarias sino aquellos después de los cuales ya no fuimos los mismos. No sólo nos pesa que terminen las vacaciones. Nos despedimos también de una versión de nosotros: la que tenía tiempo, caminaba descalza, hablaba durante horas.
Después regresan los horarios, los colegios, las reuniones, los correos, el tráfico. Con suerte habremos podido alejarnos un poco para recordar a quién echábamos de menos, qué conversaciones dejamos pendientes y qué parte de nosotros olvidamos entre tantas obligaciones.
Que la vida nos permita muchos finales de verano que no solo ocurran en agosto. Momentos para regresar a lo esencial y contemplar nuestra vida como quien observa la última escena de una película. Con un poco de nostalgia, sí. Pero también con la certeza de que, después de los créditos finales, podemos comenzar otras historias.
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