Una de las capacidades más extraordinarias del ser humano es también de las que más miedo me da: podemos acostumbrarnos prácticamente a todo. A una guerra que dura años y a otra que vemos desarrollarse casi en directo. A que un científico ponga su inteligencia al servicio de un arma capaz de destruirlo todo o a que una mujer tenga que cargar durante el resto de su vida con las consecuencias de una guerra que oficialmente ya terminó, pero cuyos estigmas permanecen. Incluso a que alguien pueda acumular un poder que antes solamente imaginábamos en manos de un Estado.
Todas esas reflexiones están en las películas de la última Mostra de Venecia. Y lo que más me impresionó al terminar el festival no fue descubrir algo que no supiera, sino cuántas cosas que hace poco nos habrían parecido infernales han terminado formando parte de nuestra cotidianeidad.
La ganadora del León de Oro, Woman Unknown, de May el-Toukhy, ocurre justo después de que la Segunda Guerra Mundial haya terminado. Pero para Marie el horror continúa porque su relación con un soldado alemán durante la ocupación nazi amenaza la nueva vida que intenta construir en Dinamarca. Hay una fecha para declarar terminada una guerra, pero no para evitar sus consecuencias. En DAU, Ilya Khrzhanovsky vuelve al personaje de Lev Landau y a un mundo en el que la ciencia y el poder terminan mezclados.
No cuesta entender por qué una historia del mundo soviético puede resultar tan cercana en 2026. El conocimiento siempre ha dado poder, pero lo que ha cambiado son las herramientas y, sobre todo, la velocidad con la que podemos utilizarlas. Hacia ahí apunta NAZA, la película de Yuval Abraham y Rachel Szor que muestra los sistemas que hay detrás de las operaciones israelíes en Gaza y recoge testimonios anónimos dentro de esa maquinaria.
Pero hubo algo que dijeron sus directores en Venecia que se me quedó grabado. Mientras todo ese espanto ocurre, a pocos kilómetros la gente sigue trabajando, saliendo a cenar, llevando a sus hijos al colegio, yendo al cine. La vida continúa. Y eso me parece mucho más inquietante que pensar en el horror como algo excepcional y lejano. Nos gusta creer que sabríamos reconocer los momentos en los que algo ha ido demasiado lejos. Que habría un punto claro en el que diríamos ¡basta! Pero no suele ocurrir así. Las cosas se van incorporando a la vida diaria hasta que un día aquello que parecía imposible ya es parte de lo cotidiano.
Nosotros tampoco estamos fuera de esa lógica. Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de acontecimientos que hace poco habrían detenido una conversación durante días y que ahora apenas consiguen hacerlo durante unas horas. Nadie puede vivir en permanente estado de alarma, pero ahí está el peligro porque, aunque la capacidad de adaptación nos permite seguir adelante, también hace que dejemos de preguntarnos cuándo empezamos a aceptar las cosas. Ahí es cuando el horror se instala: cuando lo hemos permitido sin darnos cuenta.
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