Para Narda y Matiana
Un día recorrí con Fernando González Gortázar su casa. Vivía rodeado de pinturas, miles de discos, fotografías, libreros y libros que crecían como hiedras vivas hasta alcanzar todos los muros, el suelo, el barandal de la escalera, su cama… Y las plantas. Había un patio lleno de ellas, y, además, jardines e invernaderos miniatura. Plantas vivas depositarias del amor cotidiano del artista.
Arquitecto, escultor, ecologista, viajero, escritor, melómano, científico, luchador social y poeta, este creador mexicano con espíritu renacentista y de una integridad ejemplar, a quien Monsiváis nombró “el último de los románticos”, decía que uno de sus sueños o proyectos inalcanzables consistía en hacer un jardín, un jardín que llenara sus días, todos sus sentidos y su tiempo, un jardín que le permitiera el contacto permanente con sus dos pasiones fundamentales, la naturaleza y el arte; un jardín que fuera una obra de arte y un paraíso terrenal.
González Gortázar era en el fondo un jardinero que iba por la vida sembrando arquitectura y escultura, ideas, conocimiento, memoria, identidad, urbanismo, defensa del patrimonio cultural y natural, libros, música, poesía, sueños, inquietudes, afectos y pasiones que tomaron la forma de un gran jardín vivo.
En ese jardín sus obras son eco de la naturaleza, memoria del fuego, voz del agua, huellas del viento y espíritu de la tierra. Pero también expresión poética de la geometría. La Fuente de la Hermana Agua y La gran puerta en Guadalajara; La Gran Espiga, El Cubo del Herrumbe, la Espiga Hendida y el Homenaje al Corazón en la Ciudad de México; El Ciprés y la Palmera, en Madrid y la Fuente de las Escaleras en Fuenlabrada o La columna dislocada en Japón son algunos ejemplos de su escultura. Detrás de cada obra, ya sea una pieza o conjunto escultórico, un espacio museográfico, un proyecto arquitectónico o un parque, hay una puerta secreta a la idea de que “la naturaleza sigue siendo la gran maestra de la vida, la cultura y el arte”. Así, Emblema de San Pedro en San Pedro Garza García reúne arquitectura, escultura monumental, rescate ecológico y paisaje. Y junto con el Centro Universitario de los Altos de Jalisco, constituye una obra viva.
Las enseñanzas de Díaz Morales, Barragán, Goeritz, Frank Lloyd Wright y Gaudí abonaron su jardín. Freud y Buñuel, Tamayo y Orozco, también. Apasionado de África, descubrió la naturaleza en el cine con King Kong y Las Minas del Rey Salomon que, de niño; “me dieron una idea clara de la naturaleza como maravilla y de la vida como aventura”, contaba.
El jardinero sembró amistades profundas, libros como Arquitectura, pensamiento y creación; Cancioncitas, la antología de música popular mexicana que grabó con Radio UNAM; la idea de que “todo lo que vale la pena comienza con un sueño” o de que “la más espléndida de las utopías es la felicidad (la de todos, incluidos animales, plantas, paisajes y piedras). La belleza como artículo de primera necesidad y la urgencia de que se revaloren la imaginación, el sueño, el ocio y la inspiración. “Algo debe ocurrir en el alma cuando se entra a un edificio o se recorre una ciudad (…) La arquitectura es nuestra segunda piel”, decía.
Este artista erudito se llevaba muy bien con las palabras y la conversación. Tuve el privilegio de su amistad y de una larga plática con él días antes del infarto cerebral que se lo llevó, quizá, a ese jardín inalcanzable que imaginaba. Quiero pensar que en el trayecto soñó que moría como hubiese deseado: perseguido por búfalos, huyendo de leones o bajo las aguas de las Cataratas del Niágara…
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